Conocí a Alberto Isaac bailando tango en casa de Abel Quezada el mismo año en que su documental sobre los Juegos Olímpicos fue nominado a los Oscar. Lucero Rueda -su esposa en aquel entonces- y él deslumbraron al pequeño grupo de invitados con sinuosos desplantes arrabaleros.

Todos los admirábamos y yo, con la mirada atontada de un adolescente advenedizo, no alcanzaba a distinguir los límites entre la histeria y el erotismo de aquel momento.

Puedes leer cualquier libro excepto ese , claramente me advirtió mi padre apuntando el índice derecho hacia una esquina de su muy modesta biblioteca . Al preguntarle: ¿Por qué? , su respuesta desconcertante fue: Porque todavía no estás en edad . Sin embargo, el libro indiciado -por fortuna- resultó ser Lolita, en una discreta edición argentina asépticamente empastada en color verde matapasiones.

Varios años después de aquella memorable sesión de tango en casa de los Quezada y con un claro recuerdo turbador de la novela prohibida de Nabokov, volví a encontrarme con Alberto Isaac pero ahora en la ciudad de Colima.

Harto del caos, decepcionado y melancólico, él había decidido salir del Distrito Federal para volver al lugar idílico donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia después de morir su padre.

Fue ahí donde comencé a conocer a cuentagotas al personaje que en su juventud fue nadador excepcional y campeón imbatible por cerca de una década. Posteriormente, se volvió destacado periodista, caricaturista, cineasta, funcionario público y pintor.

Una noche húmeda y calurosa en su casa de Comala, después de atacar sin piedad unos suculentos callos a la madrileña, preparados por Juli Sanjuan -su compañera de entonces- y mientras el tempranillo aún mantenía sus generosos efectos, Alberto se levantó de la mesa silencioso.

Pronto regresó a la mesa con un libro de Vladimir Nabokov, celosamente sostenido entre las falanges que le quedaban en la mano accidentada años atrás.

Debido a su talante reservado y distante, el cual a veces se acentuaba con un tono de suficiencia intelectual, me pareció en ese momento como una celebridad precozmente jubilada. Le preocupaba mucho la salud de su hijo Claudio y, aunque poco hablaba del tema, era evidente que el distanciamento entre ambos era un asunto bastante delicado para él.

Se quedó viendo brevemente hacia un punto indefinido y en seguida me entregó el libro que había ido a buscar unos minutos antes. Es para ti, no es necesario que me lo devuelvas. Luego se disculpó, se veía cansado y necesitaba dormir.

Este mes se han cumplido 14 años desde su muerte y apenas la semana pasada, el libro Pale Fire de Nabokov salió nuevamente a mi encuentro sin que yo lo haya buscado. Resulta extraño leer los subrayados y anotaciones de un lector que ya no está. Parece una conversación inconclusa en la que el suicidio es el único pecado que da fin a todos los demás o la muerte se carcajea mientras nosotros bailamos tango, como en una pintura de Alberto Isaac.