Si las tendencias siguen su curso actual, en unos años, ya no habrá más mujeres y hombres que quieran especializarse en Psiquiatría. ¿Esto significa que por fin se habrá resuelto el sufrimiento de millones de personas con alguna enfermedad mental?

Por supuesto que no. Al contrario, lo más probable es que el número de personas deprimidas y suicidas, delirantes y alucinadas, de viajeros involuntarios en la montaña rusa de sus emociones -genéticamente determinados y a merced de costosas e impredecibles conductas- continuará aumentando de manera exponencial. Lo mismo podemos vaticinar sobre la prevalencia de autistas, demenciados y aquellos que viven angustiados por el desempleo y la desesperanza prefabricadas, la pobreza estratégica y, desde luego también, por sus hermanas gemelas: violencia, criminalidad y adicciones.

Sin embargo, la noticia (¡ojo, dianéticos y demás mercaderes!) es que los especialistas médicos de las alteraciones de la mente serán exterminados de las universidades, los hospitales y las clínicas comunitarias. Y lo más notable de esta solución final es que, aun cuando resulte paradójico y un poco idiota, desde hace cuatro décadas los propios psiquiatras hemos intervenido activamente.

Piensen, por favor, que hubo un tiempo (no hace tanto) en que la psiquiatría se distinguía porque cultivaba un interés privilegiado por los aspectos más humanistas de la relación médico-paciente.

Cuando a mediados del siglo pasado aparecieron los primeros medicamentos eficaces para mitigar algunos síntomas de la enfermedad mental, la investigación farmacológica avanzó enormemente afianzada en parte por el éxito preliminar, pero sobre todo por el inmenso mercado potencial que se veía en el horizonte. Efectivamente, aparecieron una variedad de medicamentos antidepresivos, antipsicóticos y antiangustiantes, y las ganacias financieras de la industria se elevaron como nunca, antes del Viagra.

El atraso científico de la psiquiatría seguía siendo un obstáculo ante la codicia empresarial. Se crearon entonces clasificaciones de enfermedades mentales abarcativas, estadísticamente orientadas y nada reflexivas. La subjetividad individual y la realidad socio-económica fueron difuminadas. El argumento implacable era: la homologación de criterios diagnósticos permitirá tratamientos más eficaces.

Lo cierto es que medio siglo después algunos nuevos medicamentos son muy costosos y cargados de efectos negativos. Por ejemplo, los antipsicóticos recientes pueden desencadenar diabetes, obesidad y aumentar el riesgo cardiovascular.

Hasta la fecha, nadie sabe el origen de ninguna enfermedad mental, aun cuando abunden hipótesis ingeniosas. Tampoco se ha descubierto tratamiento alguno, farmacológico o técnico que prevenga o cure ninguna enfermedad mental. No obstante, las mejorías sintomáticas en algunos casos son ostensibles y muy benéficas.

La psiquiatría, como el resto de la medicina, lamentablemente se desenvuelve en el terreno de la mecanización. Los pacientes ahora son rehenes de los criterios administrativos de las superburocracias. Enfermos y médicos estamos confrontados, enajenados y rebasados. El reconocimiento de la subjetividad individual de nuestros pacientes y la confianza de ellos hacia nuestros conocimientos y ética profesional se han vuelto cosa del pasado.

Sin embargo, sin psiquiatría puede desaparecer el arte del cuidado y tratamiento de quienes sufren por enfermedad. A quién le importa.

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