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Opinión

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Yayoi Kusama: una mirada psiquiátrica

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

El 26 de agosto murió Yayoi Kusama, a los 97 años. Lo escribo con un dejo personal que pocas veces me permito en esta columna. Fue una de mis artistas favoritas, de esas cuya obra uno reconoce con solo ver un punto, un lunar, un reflejo multiplicado hasta el infinito. Pero, además de la admiración estética, Kusama siempre me pareció un caso único en la intersección de la psiquiatría y el arte: una mujer que convivió toda su vida con alucinaciones y con lo que ella misma describió como una enfermedad, pero que, en lugar de dejar que esa enfermedad la consumiera, la convirtió en el lenguaje visual más reconocible del arte contemporáneo.

Kusama nació en Matsumoto, una ciudad de la región montañosa de Nagano, en el seno de una familia japonesa acomodada dedicada al negocio de las semillas y los viveros. Su infancia estuvo lejos de ser idílica: ella misma escribió que su madre lamentó su nacimiento y que creció al borde del colapso emocional en un hogar marcado por la violencia física y verbal de su madre y la infidelidad sistemática de su padre. Su madre, de hecho, la enviaba repetidamente a espiar los encuentros de su padre con otras mujeres, una experiencia que Kusama relacionó después con una aversión al sexo que la acompañó toda su vida.

Fue justamente en ese contexto de violencia doméstica donde, alrededor de los diez años, comenzaron sus alucinaciones: veía el estampado floral de un mantel extenderse por el techo, las ventanas y las columnas de la habitación, hasta cubrir su propio cuerpo. En lugar de esconder esas experiencias, empezó a dibujarlas. El arte, desde niña, fue su manera de poner en orden lo que el resto del mundo no podía ver.

A los 27 años, dejó Japón y se instaló en Nueva York cosiendo billetes dentro del forro de su kimono, porque en ese momento estaba prohibido sacar divisas de Japón, no sin antes escribirle a Georgia O'Keeffe para pedirle consejo. Durante los años sesenta se convirtió en una figura central aunque muchas veces invisibilizada de la vanguardia neoyorquina: organizó happenings con cuerpos desnudos pintados de lunares, exploró la escultura blanda antes que Claes Oldenburg y trabajó con formas repetitivas antes que buena parte del minimalismo, que después se llevaría el crédito. Fueron años de reconocimiento parcial, dificultades económicas y al menos un intento de suicidio.

En 1973 regresó a Japón, donde la recepción tampoco fue sencilla, y en 1977 tomó una decisión que mantendría durante el resto de su vida: se internó voluntariamente en el Hospital Seiwa, en Tokio, y estableció su estudio justo enfrente. Desde ahí, cada día, cruzaba la calle para pintar. Nunca dejó de hacerlo. En sus propias palabras: Peleo con el dolor, la ansiedad y el miedo todos los días, y el único método que he encontrado para aliviar mi enfermedad es seguir haciendo arte.

El reconocimiento le llegó tarde, pero en grande: el Premio Praemium Imperiale en 2006, retrospectivas en los museos más importantes del mundo y el título, otorgado por The Art Newspaper en 2014, de la artista más popular del planeta. Murió siendo, según distintos rankings, la artista viva más exitosa comercialmente y la artista mujer más cotizada de la historia. Pero, más que el éxito comercial, Kusama fue una mujer que pasó casi cincuenta años viviendo por elección propia en un hospital psiquiátrico y que terminó siendo una de las voces artísticas más influyentes de su tiempo.

Los puntos, las redes y el infinito

Lo que hace a Kusama distinta de casi cualquier otra artista es que sus lunares nacieron directamente de sus alucinaciones infantiles. Los puntos que cubrían su cuerpo y su cuarto en aquellas visiones se convirtieron, décadas después, en su firma: los Infinity Nets, esas telas cubiertas de redes y puntos repetidos hasta el agotamiento, y las célebres Infinity Mirror Rooms, instalaciones de espejos y luces donde el espectador se ve multiplicado hasta perder la noción de dónde termina su propio cuerpo y empieza el reflejo.

Kusama llamó a este proceso autoobliteración (self-obliteration): la idea de disolver el yo dentro del patrón repetido hasta que la identidad individual se funde con el todo. Pongo puntos por todo mi cuerpo y hago que todo el ambiente tenga ese patrón, dijo. Al crear lo mismo una y otra vez, mi propia existencia queda sepultada en el arte. Es una frase que, leída desde la psiquiatría, resulta casi clínica, pues es la repetición compulsiva como forma de contener una angustia que de otro modo sería inmanejable. A lo largo de los años, distintos especialistas han discutido cómo nombrar clínicamente lo que ella vivió —algunos han hablado de neurosis obsesiva, otros de fenómenos del espectro disociativo, sin que exista un diagnóstico único confirmado por ella misma.

Pero no todo en su obra nació del miedo. Las calabazas, ese otro símbolo inseparable de su nombre, tienen un origen distinto y tierno. De niña, en un viaje con su abuelo a un campo de cultivo de semillas, se topó con una calabaza del tamaño de una cabeza humana que, según contó, de inmediato comenzó a hablarme. A diferencia de los lunares y las flores que la asustaban, las calabazas la reconfortaron. Le gustaba su forma un poco cómica, su calidez, su aire casi humano. Empezó a pintarlas a los 17 años y nunca dejó de hacerlo. Sus enormes esculturas de calabazas con lunares, instaladas en museos y jardines de medio mundo, son hoy de las imágenes más fotografiadas del arte contemporáneo y quizás la parte más amable y luminosa de todo su universo visual.

Diagnóstico, tratamiento y una pregunta que sigue abierta

¿Sabemos realmente qué tuvo Kusama? En 1952, el psiquiatra japonés Shiho Nishimaru la valoró y describió, en el lenguaje diagnóstico de la época, una tendencia esquizofrénica. Veinticinco años después, cuando decidió internarse por voluntad propia, distintas fuentes hablan de un diagnóstico de neurosis obsesivo-compulsiva, mucho más cercano al espectro ansioso que al psicótico. Dos psiquiatrías distintas, separadas por un cuarto de siglo, la ubicaron en polos casi opuestos, lo que dice tanto de la complejidad real de su caso como de las limitaciones que la especialidad sigue teniendo para etiquetar experiencias que no encajan del todo en una sola categoría.

No hay registro público confiable de qué fármacos tomó ni durante cuánto tiempo; ni ella ni sus biógrafos lo documentaron con el detalle con que sí documentaron sus procesos creativos. Sabemos, porque lo dijo en entrevistas y en su autobiografía, que ella misma priorizó el arte y no la medicación. Eso no significa que no haya recibido tratamiento farmacológico casi cinco décadas dentro de un hospital psiquiátrico hacen difícil pensar que no lo haya tenido, sino que ella eligió construir su relato público alrededor de la creación y no de la receta. El arte fue, sin duda, terapéutico para ella, pero no tenemos manera de saber cuánto de su estabilidad a lo largo de cincuenta años se sostuvo también en un tratamiento del que simplemente no se habló en público.

Esta es la pregunta que más me interesa: ¿estamos ante una psicosis de inicio en la infancia, o ante una respuesta extrema, pero comprensible a un trauma infantil severo y sostenido? El trauma en la historia de Kusama está de sobra documentado, como ya conté. Las alucinaciones aparecieron alrededor de los diez años, en medio de ese ambiente. La literatura sobre su caso no logra ni yo pretendo hacerlo aquí— zanjar esta discusión. Hay quienes la leen en clave de psicosis primaria y quienes la leen en clave de trauma complejo, con síntomas disociativos y perceptuales secundarios. Lo que la evidencia actual en psiquiatría del desarrollo sugiere para muchos casos parecidos es que ambos factores probablemente se entrelazaron: una vulnerabilidad particular, expuesta a un ambiente de violencia sostenida, produjo un cuadro que ningún manual diagnóstico ni el de 1952 ni el de 1977 logró capturar del todo limpio.

Una reflexión final: lo que el privilegio también puede curar

Hay algo en la historia de Kusama que no quiero dejar pasar, porque me confronta todos los días en el consultorio. Ella creció en una familia acomodada, tuvo acceso a materiales y a cierta educación artística desde niña, logró viajar a Estados Unidos y contactar a Georgia O'Keeffe. Décadas después, cuando decidió internarse, lo hizo en un arreglo que le permitió mantener un estudio justo enfrente del hospital. Su entorno fue violento y doloroso, eso no se lo voy a negar; pero también fue un entorno con recursos, con acceso a personas influyentes del mundo del arte y, más adelante, con las condiciones para sostener un tipo de vida y de tratamiento que le permitió seguir siendo productiva en lugar de desaparecer en el sistema.

El talento de Kusama fue innegable, pero el talento por sí solo no explica que hoy hablemos de ella como la artista viva más exitosa comercialmente de la historia. En cualquier consultorio de psiquiatría del mundo, incluido el mío, hay pacientes con procesos psicóticos, con historias de trauma tan o más severas que la suya, con una creatividad y una necesidad de expresión igual de genuinas, que jamás van a tener un estudio frente a su hospital, ni una fundación que resguarde su obra, ni una industria dispuesta a coleccionarla. Muchos de ellos, sencillamente, no tienen dinero para el tratamiento continuo, ni para el espacio, ni para el tiempo que no está ocupado en sobrevivir. Se quedan sin nombre, sin retrospectiva y, a veces, sin diagnóstico siquiera, mientras el dinero el suyo o su ausencia termina siendo, sin que nadie lo diga en voz alta, una variable tan determinante del pronóstico como cualquier medicamento que podamos recetar.

No cuento esto para restarle mérito a Kusama, sino para ampliar la lectura que solemos hacer de historias como la suya, que casi siempre se narran como un triunfo puramente individual de la voluntad sobre la enfermedad. Lo fue, sin duda. Pero fue también el triunfo de una mujer con recursos, en un momento y un lugar que le permitieron convertir el dolor en algo visible y celebrado. Ojalá esta despedida también sirva para pensar en los Kusama anónimos que no tuvieron esa suerte y para preguntarnos, desde la psiquiatría integrativa, qué nos toca hacer en política pública, en acceso al tratamiento, en apoyo a la creación para que el talento y el sufrimiento de alguien dependan un poco menos de la cuenta bancaria de su familia.

Gracias, Yayoi Kusama, por convertir el infinito en algo que se podía visitar. Y gracias también por dejarnos, sin proponértelo, esta pregunta incómoda y necesaria.

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Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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