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El Vaticano y la chispa que un algoritmo no tiene
Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
Una frase que dio la vuelta
El pasado 2 de octubre, León XIV recibió en el Vaticano a artistas y curadores reunidos en el encuentro El arte de la posibilidad: tejer juntos, promovido por el Dicasterio para la Cultura y la Educación. De todo lo que dijo esa mañana, una frase terminó circulando por redes: "A los algoritmos les falta la chispa de lo humano."
Es una frase efectiva, pero me interesa más lo que hay detrás.
El Papa habló de una época en la que los buscadores nos dan miles de respuestas en segundos. Y marcó una diferencia sencilla: ellos indexan lo que ya existe, mientras que el arte interroga. No acumula información, hace preguntas. Y cuando funciona, logra algo muy difícil hoy: detenernos.
Muchas imágenes, poco tiempo
Nunca habíamos tenido acceso a tantas imágenes y probablemente nunca les habíamos dedicado tan poco tiempo. Las vemos, las deslizamos, las olvidamos. Ahora, además, una máquina puede producir en segundos una fotografía que nunca existió, un texto, una voz o cien variaciones de una misma idea.
Producir dejó de ser el problema. La pregunta ahora es qué hay detrás de lo que estamos viendo.
¿Humano vs máquina?
León XIV fue más lejos y habló de una "diferencia ontológica" entre el arte creado por una persona y lo que una máquina genera con cálculos estadísticos a partir de millones de imágenes ajenas. Para él, el arte auténtico conserva algo esencialmente humano.
No estoy segura de que la discusión se resuelva separando lo humano de lo artificial. El arte contemporáneo lleva décadas cuestionando quién hace una obra y qué significa hacerla. Un artista puede trabajar con asistentes, cámaras, archivos, instrucciones, talleres industriales, programas digitales o inteligencia artificial y seguir siendo autor.
Por eso, para mí, la pregunta importante no es si se usó una máquina. Es quién hizo la pregunta, quién tomó las decisiones y quién responde por el resultado.
Esta discusión no empezó con la inteligencia artificial. Duchamp firmó un mingitorio y Sol LeWitt dejó instrucciones para que otros pintaran sus murales. Rubens y Rembrandt tenían talleres enteros, y Sherrie Levine rehízo fotos ajenas. Obvious, Refik Anadol, Holly Herndon y Mat Dryhurst ya trabajan con algoritmos, mientras que The Next Rembrandt entrenó a una máquina con toda la obra de un maestro. Cattelan y Manzoni mostraron que lo que se compra es la firma. Y en toda esta historia, lo que se repite es lo mismo: Kahlo, Miguel Ángel, Rauschenberg, Abramović, Picasso y Galindo, igual que quienes hoy trabajan con IA, dudan, corrigen y se exponen. Todos tienen algo que perder.
Arte contemporáneo
Un Vaticano que dialoga con el arte de hoy
Hay algo que pesa en esta audiencia: el Papa no hablaba del arte contemporáneo desde fuera. El encuentro reunió a artistas, arquitectos y curadores que han colaborado en los últimos años con el Dicasterio en las Bienales de Arte y Arquitectura de Venecia y en otros proyectos de la Santa Sede.
Cristiana Perrella, directora artística del MACRO de Roma, estuvo entre los curadores recibidos ese día y, después, destacó el valor de la duda, el error y la fragilidad como rasgos de la creación humana frente a la tecnología.
La red que rodea estos proyectos es mucho más interesante de lo que se podría imaginar. Incluye a Hans Ulrich Obrist y Ben Vickers, responsables del actual Pabellón de la Santa Sede en la Bienal de Venecia. A Chiara Parisi y Bruno Racine, que hicieron el extraordinario pabellón de 2024 dentro de la cárcel de mujeres de la Giudecca. A Marina Otero Verzier y Giovanna Zabotti, curadoras del Pabellón de Arquitectura de 2025. A Roberto Cremascoli, responsable del proyecto de 2023. Y a Cristiana Perrella y Jonathas de Andrade, vinculados a los proyectos de arte contemporáneo del Dicasterio.
Alrededor de ellos aparecen nombres que difícilmente se pueden llamar periféricos: Patti Smith, Brian Eno, Jim Jarmusch, FKA twigs, Meredith Monk, Holly Herndon y Mat Dryhurst, Otobong Nkanga, Precious Okoyomon, Raúl Zurita, Suzanne Ciani, Tatiana Bilbao y Soundwalk Collective, todos relacionados con el Pabellón de la Santa Sede de este año. No todos estuvieron en aquella audiencia, pero sí forman parte del ecosistema cultural con el que el Vaticano decidió dialogar.
Eso cambia la lectura. Sobre todo porque Holly Herndon y Mat Dryhurst llevan años trabajando con inteligencia artificial, datos, autoría y las nuevas relaciones entre artistas y sistemas tecnológicos. La contradicción me parece productiva: la Iglesia cuestiona lo que una máquina puede producir y, al mismo tiempo, abre sus proyectos a artistas que usan y examinan esas mismas tecnologías.
Ese Vaticano convive con otro que sigue pintando con pincel. Raúl Berzosa, pintor malagueño de arte sacro, ha hecho retratos de papas, sellos para la Filatelia Vaticana y la imagen de Peter To Rot para su canonización. Berzosa y Holly Herndon usan herramientas muy distintas, pero los dos ponen las preguntas, las decisiones y la responsabilidad. Y eso es lo que importa.
Obras de Raúl Berzosa (Málaga, 1979), pintor de arte sacro.
Hay una imagen que resume la discusión. Théâtre D'opéra Spatial, de Jason Allen, hecha con Midjourney, ganó en 2022 un concurso de arte digital en la Feria Estatal de Colorado. El escándalo no fue por cómo se ve, sino por la pregunta que dejó abierta: ¿quién es el autor, el que escribió las instrucciones o la máquina que las ejecutó? Allen defendió su trabajo y las decisiones detrás de él; sus críticos, que el resultado se apoyaba en millones de imágenes ajenas. Esa pregunta es justo la que nos toca responder.
Théâtre D'opéra Spatial, de Jason Allen
Pincel y algoritmo pueden convivir
No se trata de organizar una batalla entre el pincel y el algoritmo. Sería, además, una batalla absurda.
Mi postura es sencilla: creo en la mente y el corazón humanos, y creo en la inteligencia artificial como herramienta. La herramienta puede ser un pincel, una cámara o un algoritmo. Lo que no se delega es la intención, la sensibilidad y la responsabilidad de lo que se firma.
La inteligencia artificial ya es parte de nuestras herramientas. Lo que falta decidir es qué hacemos con ella y cuánto estamos dispuestos a cederle. Una cosa es usarla para ampliar un proceso creativo y otra muy distinta es sustituir la experiencia, la mirada o el trabajo de alguien y llamar equivalente al resultado.
¿Dónde queda el valor económico?
También hay una dimensión económica que no podemos ignorar. Cuando una tecnología permite producir imágenes casi infinitas a un costo cada vez menor, el valor deja de estar en la abundancia. Se mueve hacia lo que no se multiplica con la misma facilidad: la autoría, la procedencia, la intención, la experiencia y la historia detrás de una obra.
En ese sentido, la inteligencia artificial quizá no debilite la importancia del artista. Puede terminar haciéndola todavía más evidente.
La reacción de Bernie Sanders al discurso del Papa llevó el asunto un paso más allá. El senador estadounidense escribió que el arte no es un lujo que se pueda quitar de nuestras vidas y advirtió sobre el poder que las grandes tecnológicas están ganando en este terreno. Que coincidan un Papa y Sanders puede parecer curioso, pero ambos señalan algo que merece atención: cuando la cultura se vuelve materia prima de sistemas controlados por unas cuantas corporaciones, la discusión deja de ser solo estética.
También es económica, laboral y política.
Resistirse al aplanamiento
Hay una frase de León XIV que me parece todavía más importante que su advertencia sobre los algoritmos: el arte debe resistirse al aplanamiento.
Un algoritmo está diseñado para reconocer patrones. El artista puede romperlos. Puede dudar, equivocarse, contradecirse, perder el tiempo, cambiar de opinión, abandonar una pieza o empezar de cero. Puede hacer algo que nadie le pidió y que, hasta ese momento, nadie sabía que necesitaba.
Una máquina puede aprender cómo se ve el dolor. Puede aprender su iconografía, sus colores, sus palabras y hasta nuestras formas de representarlo.
Pero no tiene nada que perder.
El artista sí.
Yo interpreto que esa es la chispa de lo humano de la que habla León XIV.