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Sin sorpresas: el T-MEC gana tiempo
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
No hay sorpresa en la decisión de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) de abrir un periodo de consultas públicas de 103 días –que culmina el 12 de enero del 2027– para la revisión del T-MEC. Es la ruta delineada por Donald Trump.
Es un hecho que este anuncio descarta de manera formal cualquier posibilidad de cerrar este año la ansiada renovación del pacto comercial por otros 16 años, pero tampoco es el final del acuerdo que, con la cláusula sunset, tiene garantizada su vigencia hasta el 2036. No es un fracaso ni una crisis en la negociación; es la jugada previsible en el tablero político de Washington y su manera errática de conducir esta relación que sí se ha visto afectada por las políticas proteccionistas de la actual administración republicana.
No hay un vacío legal, pero tampoco se pudo conseguir la certeza que las inversiones y los flujos comerciales necesitan para asentar su visión de largo plazo; sin embargo, hay margen para mantenerse en la mesa sin llegar a romper los platos por una década más.
El sector privado mexicano, que padece la incertidumbre de los cambios llevados a cabo en lo local, prefiere mantener una lectura pragmática sobre este escenario comercial. El presidente del Consejo Coordinador Empresarial, José Medina Mora, ve en esos 10 años de vigencia el oxígeno necesario para trabajar sin presiones artificiales de tiempo. Una firma apresurada sirve de poco si no se destraban los puntos de desacuerdo que dañan la competitividad de la región.
Hoy, un acuerdo de libre comercio tradicional entre México, Estados Unidos y Canadá parece algo que solo pertenece a la historia; el verdadero enfoque en este momento tiene que estar en lograr matizar, o de ser posible eliminar, los castigos arancelarios que Washington impuso a México bajo la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial, los cuales afectan a sectores clave para las manufacturas mexicanas como el acero y el aluminio, y particularmente, a la industria automotriz.
Si este periodo de consultas, que se abre hasta enero del próximo año, da espacio para aliviar estas cargas impositivas a esas exportaciones mexicanas habrá valido la pena la espera, sin perder de vista el objetivo central de generar certidumbre a largo plazo para la región.
Pero esa certidumbre económica no solo tiene la cara del comercio regional. Mientras la diplomacia comercial hace su trabajo para preservar el acceso al mercado norteamericano, el gobierno mexicano debe asumir su propia responsabilidad en lo interno, en esa cancha local donde también hay muchas dudas. La protección que brinda el marco del T-MEC hasta el 2036 perderá todo su impulso si internamente persisten la fragilidad del Estado de derecho, la incertidumbre regulatoria y los desafíos en materia de infraestructura.
El futuro comercial de la región depende de las decisiones que se tomen en Washington, pero esa es solo una parte, hasta cierto punto incontrolable. Mientras tanto, México debe ofrecer condiciones claras, estables y atractivas para la inversión, de modo que dicho entorno sirva como una sólida carta de presentación para lo que resulte del T-MEC.
La protección que brinda el marco del T-MEC hasta el 2036 perderá todo su impulso si internamente persisten la fragilidad del Estado de derecho, la incertidumbre regulatoria, etc.