Lectura 6:00 min
Relato de un viaje a la eternidad
Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges, uno de los literatos más destacados del siglo XX, viajero universal del pensamiento y la palabra, nació en Buenos Aires, Argentina en 1899 y murió en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986. Es decir, justamente un día como ayer, lector querido, pero de hace 40 años. Fundamental en la literatura universal y en las cosas que serán y las que han sido, trasciende cualquier clasificación, excluye todo tipo de dogma, resiste toda crítica y provoca una adicción casi letal.
Como sucede con todos los genios, comenzó su viaje hacia la eternidad desde muy temprano. A los cuatro años ya sabía leer y escribir, a los seis compuso su primer relato, La visera fatal, inspirado en el Quijote; al año siguiente esbozó en inglés un ensayo sobre mitología griega y a los nueve, tradujo El príncipe feliz, de Oscar Wilde. Trabajo que, por cierto, resultó ganador de un concurso cuyo premio fue salir publicado en el periódico argentino El País, firmando simplemente como Jorge Luis Borges (y mire que su nombre completo, Jorge Francisco Isidoro Luis BorgesHaslam Acevedo Suárez se prestaba a múltiples opciones).
Por cuestiones de su padre, que era militar, en su adolescencia, se trasladó con toda su familia a Suiza, donde completó sus estudios y aprendió francés y alemán. No necesitaba más (muchos de sus biógrafos cuentan que aprendió a leer en ingles antes que en español para explicar que Borges no tenía barreras idiomáticas). Siempre leyendo y escribiendo, regresó a Argentina en 1921. Allí comenzó a publicar sus poemas y ensayos en revistas literarias ultraístas, fundó dos revistas literarias, se convirtió en experto de mitologías, religiones, historia de la cultura y geografía del mundo y comenzó a trabajar como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires,
Galardonado con numerosas distinciones, ganador de muchos premios y objeto de las más altas condecoraciones fue acusado de tener posturas políticas conservadoras y tal polémica, todavía vigente, le impidió obtener el Premio Nobel de Literatura al que fue candidato durante casi treinta años.
A los 55 años, por una condición genética, Borges perdió casi por completo la visión. Sin embargo, no cayó en la oscuridad de la tristeza. Comenzó a dictar sus obras a su madre y amigos y no dudó en aceptar el puesto que le ofrecieron como director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Al respecto, confesó lo siguiente:
“Poco a poco fui comprendiendo la extraña ironía de los hechos. Yo siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una biblioteca. Otras personas piensan en un jardín, otras pueden pensar en un palacio. Ahí estaba yo. Era, de algún modo, el centro de novecientos mil volúmenes en diversos idiomas. Comprobé que apenas podía descifrar las carátulas y los lomos. Entonces escribí el “Poema de los dones”, que empieza: “Nadie rebaje a lágrima o reproche / Esta declaración de la maestría / de Dios que con magnífica ironía / Me dio a la vez los libros y la noche.”
Los pretextos para justificar el desdén o la ignorancia borgiana pueden ser muchos –(“Es muy complicado”, “no me interesa la poesía”,“ odio a los argentinos”). Nos ha pasado a todos. Sin embargo, es quizá Augusto Monterroso, en su texto Maleficios y Beneficios de encontrarse con Jorge Luis Borges, quien mejor lo explica.
“El encuentro con Borges no sucede nunca sin consecuencias. He aquí algunas de las cosas que pueden ocurrir, entre benéficas y maléficas:
1. Pasar a su lado sin darse cuenta (maléfica).
2. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo durante un buen trecho para ver qué hace (benéfica)
3. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo para siempre (maléfica).
4. Descubrir que uno es tonto y que hasta ese momento no se le había ocurrido una idea que más o menos valiera la pena (benéfica)
5. Descubrir que uno es inteligente, puesto que le gusta Borges (benéfica).
6. Deslumbrarse con la fábula de Aquiles y la Tortuga y creer que por ahí va la cosa (maléfica).
7. Descubrir el infinito y la eternidad (benéfica).
8. Preocuparse por el infinito y la eternidad (benéfica).
9. Creer en el infinito y en la eternidad (maléfica).
10. Dejar de escribir (benéfica).”
No queda más que sugerir respirar hondo y una selección razonada: de sus cuentos leer:” Las ruinas circulares”, “La biblioteca de Babel” y” El Jardín de los senderos que se bifurcan”, todos en su libro Ficciones. El relato “El Aleph”, en el volumen del mismo nombre. No perderse de ninguna manera “Borges y yo” de su libro El hacedor, y en cuanto a la poesía, probar con su libro Los Conjurados para sentir dónde y cómo se nos clava la apasionada flecha de su escritura. Si le interesa el ensayo nada como Siete Noches o Historia de la Eternidad.
Apenas habrá un día –¿qué tal justamente hoy? – para conmemorar la muerte de Borges, celebrar sus libros y festejar que han pasado 40 años y no se ha ido. Y ya otro día podremos preguntarnos qué rayos quiso decir Borges cuando rescribió aquello de “Eres nube, eres mar, eres olvido. Eres también aquello que has perdido”.