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Opinión

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Premio Nobel al berrinche

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

Donald Trump volvió a quedarse sin el Premio Nobel de la Paz. La noticia provocó una tragedia internacional: el presidente de Estados Unidos sufrió un ataque de modestia que, afortunadamente, no pasó a mayores. En cuanto recuperó su habitual ego –más grande que la deuda externa de Estados Unidos- y su acostumbrada arrogancia, declaró la guerra verbal a Noruega. Todo por la paz, naturalmente.

El Comité Noruego del Nobel tuvo la imperdonable ocurrencia de conceder el galardón a Navi Pillay, jurista sudafricana de 85 años, cuya trayectoria incluye combatir el apartheid, defender los derechos humanos y perseguir crímenes contra la humanidad. Una auténtica provocación. ¿Cómo premiar a alguien que lleva décadas trabajando por la justicia cuando existe un señor que lleva décadas hablando maravillas de sí mismo?

Trump declaró que jamás había oído hablar de la ganadora. Argumento contundente. Si Donald desconoce a alguien, ese alguien sencillamente no existe. Según semejante razonamiento, antes de que Trump conociera China, los chinos vivían clandestinamente.

En un mitin celebrado en Siracusa, Nueva York, el mandatario denunció que el Nobel había quedado desacreditado para siempre y llamó enemigos de la civilización a los integrantes del comité. La civilización, por supuesto, es él. Los demás somos extras de una película donde el protagonista también vende las palomitas.

El magnate calificó la decisión como una mancha imborrable para Noruega y advirtió que no olvidaría semejante afrenta. Los noruegos deben estar temblando. Quizá Trump les imponga aranceles al salmón, les confisque los yacimientos de petróleo o hasta les mande unos asesinos para que suba su bajo índice de criminalidad. Lo más conmovedor es su concepción del pacifismo: si no me entregan el premio por promover la paz, habrá consecuencias.

Es una doctrina diplomática revolucionaria: la paz mediante amenazas, la concordia mediante insultos y la fraternidad mediante chantajes. Gandhi, desde donde se encuentre, seguramente está buscando una orden de restricción.

El problema de Donald no es que quiera el Nobel. Es que considera que el Nobel lo quiere a él, pero todavía no se atreve a declarárselo.

Asegura haber terminado ocho guerras. Con semejante productividad, cualquier día anuncia que también resolvió la Guerra de los Cien Años, pacificó Troya y consiguió que Caín y Abel se reconciliaran, aunque este último no pudiera asistir a la ceremonia.

Mientras tanto, Navi Pillay, que ha dedicado su vida a defender víctimas de atrocidades, recibió la noticia con una ironía deliciosa: si los asistentes aplaudían más fuerte, quizá compartiría el premio con Trump. ¡Cuidado, señora Pillay! No haga bromas con un hombre que podría exigirle la mitad del diploma, la medalla completa y los intereses acumulados desde su primera nominación imaginaria.

Recordemos que el año pasado María Corina Machado obtuvo el Nobel y, posteriormente, entregó su medalla a Trump. Fue un gesto extraordinario: como regalarle a un niño berrinchudo la bicicleta del vecino para que deje de patear los muebles.

Sin embargo, el Comité Nobel aclaró que el reconocimiento es intransferible. Terrible noticia para alguien acostumbrado a considerar que todo tiene precio, dueño o escritura a su nombre.

Quizá sus asesores deberían organizar una ceremonia alternativa en la Casa Blanca. Podrían instituir el Premio Donald Trump de la Paz, entregado por Donald Trump al extraordinario pacifista Donald Trump. La estatuilla sería de oro, naturalmente, con su rostro en ambas caras, porque hasta las monedas merecen disfrutar de su perfil.

El discurso de aceptación duraría cuatro horas. Después, Trump anunciaría que nadie había recibido jamás un premio tan importante, que millones de personas lloraban de emoción y que Alfred Nobel, de seguir vivo, votaría republicano.

Por ahora, el verdadero ganador es el humor involuntario. Trump consiguió algo que parecía imposible: convertir el Premio Nobel de la Paz en motivo de una declaración de hostilidades. Y demostró que, cuando se trata de su ego, no existe tratado de paz que aguante.

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Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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