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La peligrosa laxitud de un banco sumiso
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Entre las muchas cosas que Donald Trump seguramente le envidia a un régimen como el mexicano –además del control de los poderes Legislativo y Judicial– está la sumisión de la autoridad monetaria.
El Presidente de Estados Unidos buscó colocar al frente de la Reserva Federal (Fed) a perfiles afines para cumplir su sueño de bajar las tasas de interés e impulsar el crecimiento económico, sin importar las presiones inflacionarias. Sin embargo, la institucionalidad se impuso: tanto Jerome Powell como su relevo al frente del banco central, Kevin Warsh, han demostrado profesionalismo en su labor y, a un costo alto, han hecho lo correcto para la política monetaria estadounidense.
La actual composición de la Junta de Gobierno del Banco de México camina como pato al momento de obviar las presiones inflacionarias, nada como pato con los adelantos de una mayoría empeñada en seguir bajando la tasa de interés de referencia, y grazna como pato cuando sus integrantes salen a sus medios favoritos a anunciar una actitud laxa con el costo del dinero; a pesar de ello, no se les puede calificar de ser el pato obediente de la política fiscal del gobierno federal.
Una de las autonomías que no puede dar la más mínima impresión de falla es la del Banco de México. No puede quedar la impresión de que la autoridad hacendaria “apoya” la baja inflacionaria con subsidios, mientras que esa mayoría de banqueros centrales “respalda” un menor costo financiero del servicio de la deuda pública y, de paso, impulsa el poder de compra de las remesas y la rentabilidad de las exportaciones.
Cuando convergen en el mercado el dato inflacionario de septiembre –con evidencias de que la estabilidad aparente se sostiene en el frágil pedestal de los precios no subyacentes– y la Minuta 127 –con una mayoría que actúa desde una perspectiva fiscal y no monetaria–, resulta evidente que los mercados reaccionan ante el contrasentido técnico del mandato único del Banco de México, el cual ordena la estabilidad de precios y no el pretendido premio de bajar las tasas para contrarrestar la desaceleración económica.
El error de cálculo de esa mayoría, liderada por la gobernadora Victoria Rodríguez Ceja, adquiere tintes de negligencia cuando se observa el frente cambiario. Minimizar la depreciación del peso mexicano bajo el argumento simplista de que responde a factores globales o al acomodo de las tasas internacionales es una ceguera voluntaria. La divisa mexicana ya experimenta una presión idiosincrásica y directa en los mercados financieros internacionales. Vamos, el blanco de especulación desde el jueves ya es el peso mexicano.
La prisa por recortar el costo del dinero rompe la red de protección cambiaria. Y no se trata de defender un “súper peso” o un nivel específico de un dólar barato que beneficie a los más ricos que viajan al extranjero –como dicen sus voceros–; se trata de no exponer a la economía a un rebote inflacionario por la velocidad de la depreciación y la exposición a ser un blanco especulativo. Esto implica elevar los costos de los bienes importados, que en la economía mexicana son muchos.
Cuando la autoridad monetaria pierde la firmeza en su mandato constitucional de estabilidad de precios, diluye la única ancla que sostiene su credibilidad en los mercados: la confianza.
Minimizar la depreciación del peso mexicano bajo el argumento simplista de que responde a factores globales o al acomodo de las tasas internacionales es una ceguera voluntaria.