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El Nobel que Milei presume (I)
Opinión
El Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina informó que la inflación de septiembre fue de 1.9% mensual, lejos del 25.5% de diciembre de 2023, el mes en el que Javier Milei asumió la presidencia. La estabilización es su bandera y el Nobel de Economía de este año le vino bien. El lunes 12 de octubre, la Real Academia Sueca de Ciencias premió a Robert E. Hall, de la Universidad de Stanford, y a Michael Woodford, de la Universidad de Columbia, por sus contribuciones a los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica. Dicho en palabras sencillas, explicaron cómo las decisiones de familias y empresas determinan los vaivenes de la economía y qué pueden hacer bancos centrales y gobiernos para suavizarlos. Hall mostró en 1978 que las familias deciden cuánto gastar según el ingreso que esperan a lo largo de su vida, no según el sueldo del mes. Woodford integró esa y otras piezas en el llamado modelo nuevo keynesiano, expuesto en su libro Interest and Prices, de 2003, y que hoy es la principal herramienta de los bancos centrales. Su idea clave es que, como los precios tardan en ajustarse, cuando el banco central mueve la tasa de interés cambia el gasto, la producción y el empleo, no sólo la inflación.
Milei dijo en una entrevista de radio que su equipo económico se apoyó en ese libro. Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación y Transformación del Estado, celebró en X que dos de los principales modelos para explicar cómo se fijan los precios son de argentinos. Uno es el de Guillermo Calvo, de la Universidad de Columbia. El otro, de Julio Rotemberg, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts y de la Escuela de Negocios de Harvard, fallecido en 2017.
Ese guiño al Nobel tiene sustento. El documento con el que el Comité Nobel explica el premio afirma que la mayoría de quienes buscaron un nuevo marco para la macroeconomía siguió los pasos de Rotemberg. Identifica que el primer artículo que llevó la rigidez de precios a modelos dinámicos fue “Monopolistic Price Adjustment and Aggregate Output”, publicado en octubre de 1982 en la Review of Economic Studies. En diciembre de ese año, Rotemberg lo contrastó con datos de Estados Unidos en “Sticky Prices in the United States”, en la Journal of Political Economy. ¿Qué dicen esos modelos? En el de Rotemberg, que cambiar precios le cuesta a la empresa, sobre todo en reputación ante sus clientes y ese costo crece con el cuadrado del aumento. Así, subir 10% de golpe cuesta 25 veces lo que subir 2%, no sólo cinco veces. Por eso conviene subir poco a poco. Calvo llegó a algo parecido por otra vía. En un artículo de 1983 encontró que cada empresa sólo puede cambiar su precio de vez en cuando, como si cada mes se rifara quién puede hacerlo. El modelo básico de Woodford usa esta segunda versión. En ambos casos, la lentitud de los precios es lo que permite que la política monetaria mueva la producción y el empleo.
El gobierno acierta en que el régimen que lo precedió era una máquina de destrucción de valor porque el banco central imprimía pesos para cubrir el déficit. Rotemberg sugirió, en una nota al pie, que el costo de cambiar precios cae cuando la inflación es alta, porque los consumidores dejan de frenar sus compras ante cada aumento. Así puede leerse la Argentina de 2023. Con aumentos constantes, la lentitud de los precios casi desapareció y cada peso impreso se iba directo a la inflación. Dejar de imprimir y llegar al déficit cero eran ineludibles.
Hasta aquí, el gobierno y los autores que cita caminan juntos. El problema empieza cuando el oficialismo explica por qué cedió la inflación y cuánto costó. Ahí aparece la parte del Nobel que Milei no cuenta. De ella nos ocuparemos en la próxima entrega.
*Profesor de la Facultad de Economía, UNAM.