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México en medio de la guerra comercial del norte

OpiniónEl Economista

Escribo estas líneas desde Vancouver, Columbia Británica, donde la disputa comercial entre Estados Unidos y Canadá se observa con una perspectiva cotidiana. Lo que hasta hace unas semanas podía parecer otra amenaza arancelaria de Donald Trump se ha convertido en un conflicto abierto entre los dos mayores socios de México. Y nuestro país está justo en medio.

Estados Unidos impuso aranceles de 50% sobre unos 20 mil millones de dólares de importaciones canadienses, que respondió con gravámenes de entre 15% y 50% sobre productos estadounidenses, bajo una lógica de represalia “dólar por dólar”. No hace falta revisar producto por producto para advertir el problema: cuando dos economías integradas durante décadas comienzan a encarecer deliberadamente su comercio, se altera la lógica económica de América del Norte.

Una nota reciente de Jeff Lagerquist para CBC me llevó a mirar el conflicto desde la perspectiva canadiense. El gobernador del Banco de Canadá, Tiff Macklem, decidió mantener la tasa de referencia en 2.25% por séptima ocasión consecutiva. La economía recuperó dinamismo en el segundo trimestre, con un crecimiento de 0.8% respecto al trimestre anterior —equivalente a 3.3% a tasa anualizada—, aunque las perspectivas para el conjunto del año siguen siendo modestas. La inflación anual alcanzó 3% en julio y los riesgos volvieron a aumentar. A los mayores precios del petróleo se suma el efecto de los aranceles y las represalias comerciales. Canadá enfrenta así una combinación difícil: recuperación todavía frágil, presiones inflacionarias y un choque comercial con su principal socio.

Para México el riesgo puede ser mayor. Cerca de cuatro quintas partes de nuestras exportaciones se dirigen a Estados Unidos y la industria manufacturera funciona mediante cadenas regionales construidas durante décadas. Si Washington y Ottawa mantienen su escalada, las empresas enfrentarán mayores costos y podrían posponer inversiones mientras esperan saber qué reglas sobrevivirán a la revisión del T-MEC.

Además, el encarecimiento del petróleo complica el panorama mexicano: puede mejorar temporalmente los ingresos petroleros, pero también elevar combustibles, transporte y costos industriales. El margen fiscal es reducido: los requerimientos financieros del sector público pasaron de 5.7% del PIB en 2024 a 4.3% en 2025 y se estiman en 4.1% este año. Un nuevo choque terminaría trasladándose, directa o indirectamente, a precios y actividad económica y reduciría el margen de Banxico para seguir bajando la tasa de interés.

México debería evitar una reacción automática. Si Canadá responde dólar por dólar, no significa que México deba hacer lo mismo. Nuestra posición económica es diferente y una guerra arancelaria con Estados Unidos tendría costos desproporcionados. La mejor estrategia, por ahora, puede resumirse en una expresión poco heroica pero útil: wait and see.

Eso no significa pasividad. México debe negociar intensamente con Washington y recordar algo elemental: a Estados Unidos también le conviene mantener estable al menos uno de sus dos grandes socios norteamericanos. Abrir simultáneamente frentes comerciales con Canadá y México elevaría costos para sus empresas, afectaría cadenas automotrices, energéticas y manufactureras y debilitaría la competitividad regional frente a China.

Trump parece estar jugando, parcialmente, el conocido juego de la gallina: elevar la amenaza esperando que el adversario ceda primero. La estrategia puede funcionar cuando la otra parte considera demasiado costoso resistir. Canadá, sin embargo, ha decidido demostrar que también está dispuesto a soportar costos. Cuando ninguno gira el volante, el problema deja de ser quién gana la negociación y pasa a ser cuánto daño ocurre antes del choque.

Para México hay tres escenarios. Una desescalada entre Washington y Ottawa permitiría preservar la integración regional y llegar a la revisión del T-MEC con daños limitados. Una confrontación prolongada frenaría inversión, complicaría el nearshoring y añadiría presión sobre inflación, tipo de cambio y crecimiento. El peor escenario sería que Estados Unidos extendiera la misma lógica de confrontación hacia México y nuestro gobierno respondiera simétricamente.

Por eso conviene no entrar al fuego cruzado. México debe defender sus intereses, negociar excepciones y reglas claras y presentarse como el socio estable de América del Norte. Canadá puede resistir una guerra comercial con enormes costos. Estados Unidos puede absorberlos mejor. Para México, convertir una negociación difícil en una guerra de represalias sería mucho más peligroso.

Desde Vancouver, esa diferencia se aprecia con mayor nitidez: cuando dos colosos deciden medir fuerzas, al país que está en medio le conviene no demostrar quién golpea más fuerte, sino quién sabe mantenerse fuera de la pelea.

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