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El mes en el que el mundo se detuvo
José Manuel Valiñas | Columna Invitada
Pocos eventos quedan indelebles en la memoria de la gente y se vuelven efemérides. Uno sabe exactamente dónde estaba y con quién cuando cayó el muro de Berlín, cuando el hombre llegó a la Luna, o después de haber vivido una final, cuando termina una Copa del Mundo.
Tiene razón Jorge Valdano cuando recuerda que el futbol es lo más importante de lo menos importante. Por supuesto que lo es, y la forma más fácil de constatarlo es lo que provoca. Por el futbol salieron un millón de personas en México a festejar, y millones en todos los países, y se espera que el evento supere los 5,000 millones de personas de audiencia que tuvo Catar 2022. Por eso sociólogos y psicólogos aseguran que genera un sentido de identidad en las naciones. El deporte siempre ha tenido ese nivel de trascendencia, desde la antigua Grecia, cuando un campeón olímpico recibía pensión vitalicia y honores públicos, porque su victoria demostraba la excelencia (areté) de toda la polis y otorgaba prestigio en todo el mundo helénico.
España no sólo ganó la final: la monopolizó. Remató 20 veces, 12 entre los tres palos, mientras que Argentina terminó los 90 minutos sin un solo disparo y sin generar un solo gol esperado (un índice de 0.00 xG), una anomalía inédita en una final. La belleza del juego argentino, al remontar heroicamente en sus partidos previos gracias al deslumbrante juego de Messi, estuvo por completo ausente. Antes de esta selección campeona, como apunta el periodista Santiago Segurola, el mandar muchos pases se consideraba “arriesgar”, y el futbol había entrado en una dinámica “de potencia atlética y esfuerzos físicos casi violentos”, pero España “ganó con sutileza, a través de control del juego y de una creatividad que hace ver como sencilla, pero que nadie es capaz de emular”. Y, citando a Pep Guardiola, recuerda que “el pase nunca morirá”.
España llegó a la final con 38 partidos sin derrota. Posee un estilo que de nuevo hará época, como aquél de la generación de 2010 de la cual abreva. Con un Rodri que es el nuevo Busquets, un Yamal que adquiere los tamaños de Xabi y un Cubarsí que a su corta edad se monta en los tacos de Ramos. El gol de Ferrán, tirando de botepronto, nada-de-que-primero-me-voy-a-acomodar-el-balón (que es como responden los jugadores medianeros), sino así, como venía, se quedará en la memoria colectiva como aquel mítico de Iniesta o el testarazo de Pujol en Sudáfrica.
Viví aquellos goles en 2010 con mi padre, cuando gracias al futbol me acerqué de una manera especial a él, que llegó setentaytantos años atrás a México con lo puesto, sin exageración alguna, a hacerse una vida; quien conoció el trabajo infantil para llevar algo de pan a su casa y a quien nunca he visto quejarse de nada. Pero en aquel Mundial vi su rostro de alegría cuando ganó el equipo de su país natal. Ahora he vivido este torneo con mi hija y sé que ella lo va a rememorar. La abracé mil veces en la Plaza de la Cibeles, en una verbena llena de familias, de cantos, castañuelas y alguna bota de vino. La vida da vueltas y nos regresa a donde partimos, y esa es otra de las cosas que debemos agradecer al futbol.
Este mundial nos trajo un seleccionado de México que nos dejó orgullosos a los mexicanos; nos heredó estampas como el heroico equipo de Cabo Verde y su portero Vozinha; o el recuerdo de ese momento en que un Messi de 20 años bañó a un Lamin Yamal de seis meses, en una campaña de la UNICEF en favor de la infancia y de la masculinidad sana (contrario a la masculinidad tóxica que hoy se promueve desde la misma Casa Blanca) y que, por una inverosímil casualidad fue el presagio de lo que vendría 19 años después. Un Mundial que nos dejó indeleble la imagen de ese “niño soñador” de 17 años, el más joven de todos, un Morita que tiene madera de crack y todo un futuro por delante. Que nos hizo conocer las facetas humanas de un Erling Haaland que antes del evento adquirió una rara edición de 1594 de las Sagas de los Reyes de Noruega, un texto fundamental de la identidad histórica de su país, para que no cayera en manos privadas, y lo donó a la biblioteca de su pueblo.
El Mundial más grande de la historia dejará recuerdos que cada quién atesorará, a pesar de la indecencia de Trump al pedir que le retiraran la tarjeta roja a Balogun; a pesar de la privatización del deporte más bello del mundo por parte de Infantino (sé que llegará un día, con un liderazgo futuro en la FIFA, en que el futbol vuelva a ser de todos y para todos); a pesar del grosero comentario racista de Rajoy; a pesar de la deshonra para sí mismos de los mentecatos que quisieron golpear a los jugadores españoles al terminar el partido. Más allá de todo eso, el futbol siempre nos vuelve a reunir y consolar, aunque sea momentáneamente.
Por eso nunca olvidaré este torneo ni con quienes lo compartí, todo esto mientras vuelven los ataques en el Golfo Pérsico y mientras hay intentos de desmantelar la democracia en Estados Unidos; mientras aquí hay acusaciones gravísimas a ex gobernadores pero sólo a los de oposición se les indicia; todo mientras las fuerzas de ultraderecha se quieren apoderar de tantos países. Siempre tendremos que volver a todos estos temas, pues no podemos mirar hacia otro lado… pero durante un mes el futbol nos regaló algo que tanto necesitan nuestras sociedades polarizadas: los tan necesarios momentos de unión y de alegría.