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Menopausia: la variable invisible que le resta productividad a la economía mexicana
En la cúspide de su carrera, millones de mujeres reducen horas, rinden menos o salen del empleo formal por falta de flexibilidad y de una política pública acorde. El costo no solo lo pagan ellas, sino toda la sociedad y la economía nacional. En la Cumbre Sin Reglas 2026 diferentes actores profundizaron sobre ello.
En la Cumbre Sin Reglas el mensaje para las empresas fue directo: La menopausia no es un tema de “apoyo emocional” desconectado de la operación. Afecta retención de talento, liderazgo, ausentismo y presentismo.
La menopausia coincide, para millones de mexicanas, con el tramo en el que suelen acumular más experiencia, mayores ingresos y mayor capacidad de decisión. Sin embargo, esa etapa se sigue tratando como un asunto privado. El resultado no es solo malestar individual: es una pérdida de productividad, de talento y de competitividad cuyo impacto para el país aún nos falta medir bien.
Las cifras sobre cuántas mujeres viven en esta etapa de menopausia cada vez se van dejando en claro. En la Cumbre Sin Reglas 2026 a la que tuvimos el gusto de asistir hace unos días, organizada por la plataforma fundada por Gabriela Rojas, su directora general, y Mamen Díaz, su directora operativa, se mencionó que son unas 24 millones de mujeres en México que viven alguna fase de la transición a la menopausia, y así como vamos la cifra podría acercarse a 27 millones hacia 2030.
Solo para tener una idea de lo que esto representa, simplemente considérese que cerca de la mitad (46%) de la fuerza laboral experimenta o experimentará esta etapa durante su vida de trabajo. El estudio de SinReglas y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) sobre los efectos de la transición en la participación económica de las mujeres documenta el costo cotidiano: 67% de las participantes reportaron que los síntomas de la menopausia sí afectaba su desempeño laboral y sus actividades diarias. Y algo importante: 7 de cada 10 nunca lo comentan en el trabajo, en buena medida por temor a ser vistas como menos capaces.
El daño no se queda en el presentismo. Las mujeres con síntomas graves o debilitantes tienen una probabilidad 43% mayor de reducir sus horas de trabajo, según datos del UNFPA presentados en la Cumbre SinReglas 2026. Esa reducción empuja hacia jornadas más cortas, esquemas informales o, en el extremo, la salida del empleo formal, justo cuando la seguridad social resulta más necesaria. En términos estructurales, el mismo análisis señala que hasta 30% de la brecha salarial entre hombres y mujeres de 40 a 60 años no se explica por educación, experiencia u otras variables observadas, y coincide con la transición menopáusica. El punto es que los ingresos de las mujeres pueden caer hasta 20% a partir de esa etapa de menopausia a partir de los síntomas que implica la caída de hormonas por el término de la etapa reproductiva de la mujer.
Y algo que revela el abandono en que el sistema de salud deja a las mujeres en esta etapa, es que 57% de las mujeres en menopausia cubre de su bolsillo la atención de los síntomas. Ello se debe a que no hay ninguna política pública alguna para ver hacia este segmento de la población, después de que ya cumplió su rol de la reproducción de la sociedad.
"Lo importante es que haya políticas y deriven en cambios concretos en la vida de las mujeres”, señaló Mamen Díaz, cofundadora y directora operativa de SinReglas.
No se trata de atribuir toda la brecha a la biología.
El dato exige investigar qué estamos dejando fuera cuando medimos la participación económica femenina: estigma, discriminación por edad, rigidez laboral y falta de atención oportuna. Gabriela Rojas, fundadora de SinReglas, lo ha resumido con claridad: cuando millones de mujeres pierden oportunidades en su etapa de mayor experiencia profesional, no solo pierden ellas; pierde la productividad y la competitividad de la economía mexicana.
Ello se expuso con claridad en diferentes paneles durante la Cumbre SinReglas realizada el 28 de septiembre donde participaron representantes de los sectores público, privado, social y del sistema de salud. Se planteó precisamente pasar de la conversación a la acción. Porque una cosa es innegable: lo que no se mide no se ve, y lo que no se ve difícilmente se convierte en prioridad.
Ahí se impulsó, junto con el UNFPA, una Agenda Nacional de Menopausia con prioridades concretas: indicadores mínimos, hoja de ruta legislativa, un modelo mexicano de menopausia en el trabajo, mejor acceso y calidad de la atención, y educación basada en evidencia.
Para las empresas el mensaje es directo. La menopausia no es un tema de “apoyo emocional” desconectado de la operación. Si no se atiende en forma adecuada, las repercusiones se dan en diferentes rubros: retención de talento, liderazgo, ausentismo y presentismo.
Durante la pandemia todos vimos y vivimos cómo fue posible ajustar horarios de trabajo y ver que no era imprescindible estar presente (presencialidad) para continuar produciendo; con esa experiencia, puede entenderse que la flexibilidad es posible ante otras necesidades como es la fase de menopausia de las mujeres; no hay razón estructural para descartar flexibilidad ahora. Que una colaboradora no pueda estar dos días en la oficina no significa que no pueda aportar. El costo de no acompañar se paga en rotación y en el desperdicio de capital humano que ya está formado.
No se trata de forzar, pero sí de abrirse a otras posibilidades
En este marco, también conviene no generalizar y sí considerar la enorme gama socioeconómica, cultural y de realidades que vivimos las mujeres. En el panel sobre menopausia y productividad moderado por Karla Iberia Sánchez, Luis Miguel González, director general editorial de El Economista, advirtió que México no avanza a una sola velocidad. Lo que en ciertos entornos se celebra como ruptura del silencio puede leerse, en otras regiones o generaciones, como derecho a no hablar del tema.
El punto no es forzar la conversación, sino que cada mujer decida qué quiere decir y qué no. También señaló que “salvar la experiencia” opera con claridad de mandos medios hacia arriba, pero no se traslada de forma automática a labores físicas; es diferente para quienes trabajan como obreras o en labores domésticas. Los síntomas de la menopausia son transversales pero no los viven igual una directora en un corporativo en Polanco que una trabajadora en una planta automotriz en Guanajuato, aunque compartan la misma edad. A veces la productividad no puede ser la máxima prioridad si no se logra conciliar con una situación de salud delicada.
Teniendo claro ese matiz, hay que decir que el argumento económico es preciso: Una política pública y empresarial útil tiene que reconocer diferencias de región, ocupación y poder de decisión, y al mismo tiempo dejar de tratar la menopausia como si fuera un asunto exclusivo de salud femenina. Hoy no es plenamente de la salud, ni del trabajo, ni de la igualdad, ni del envejecimiento. Justo hay que sacar el tema de un solo rubro y abordarlo como es: multifactorial, multisectorial y multidisciplinario. Ello, para dejar de invisibilizarlo.
El desconocimiento, los tabúes y los prejuicios no son solo un problema cultural. Derivan en falta de atención y en ausencia de reglas claras, y eso resta productividad a la economía. Las empresas que quieran retener talento en la cúspide de la carrera de sus colaboradoras tendrán que implantar programas de flexibilidad, información y no estigmatización. El país, si quiere medir en serio su potencial, tendrá que incluir esta variable en la agenda económica. Y más temprano que tarde la menopausia tiene que incluirse en forma transversal en cualquier programa que involucre mujeres. Lo que no se nombra sigue costando.