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El juego de morir sin desparecer: Sam Shepard y Espía de la primera persona
Cuando un autor inquietante se despide con el alma en paz no queda sino contener la respiración y arrojarse al vacío con él.
Opinión
No es fácil decir qué faceta de la obra de Sam Shepard (Estados Unidos, 1943-2017) es más única: si su teatro, lleno de frases cortas y personajes crudos, sus cuentos sin final explícito o esas novelas hechas de fragmentos que son como rompecabezas extraños que el lector tiene que completar sin instrucciones.
Todos los esfuerzos de Shepard son tristes y hermosos retratos de perdedores. En eso se parece al cuentista Raymond Carver, su contemporáneo: los dos son narradores del Estados Unidos de las pequeñas ciudades en las que las vidas de hombres y mujeres corrientes conforman tragedias cuyo desenlace no necesita ser grandilocuente para ser igual de glorioso.
No soy una persona de teatro. Me gusta lo suficiente para ir a algunas obras al año, pero me cuesta apreciar la mayor parte del teatro que leo o veo en escena. Algunas obras me parecen predecibles, y los dramaturgos y directores, fanfarrones que piensan que están descubriendo el hilo negro en las medias blancas del público. Y está de moda este teatro llamado posdramático en el que no hay un desarrollo principio-medio-fin discernible y eso me aleja. En general, paso.
Pero el teatro de Sam Shepard, aunque se podría decir que tiene rasgos que preceden al teatro posdramático, me parece otra cosa. Es divertido y emocionante. True West, la primera obra de Shepard que leí y luego vi en escena, me resultó totalmente excitante, memorable. La historia de dos hermanos que tratan de crear algo juntos pero que no dejan de ser rivales que se odian de espalda a espalda resulta una gran definición de las familias posmodernas y, he de decir, una experiencia muy cercana a la mía como la hermana escritora tarambana en una familia de abogados. Al final de la función me temblaban las manos.
Así que mi propio acercamiento a Shepard empezó por su teatro, pero al final no fue ese el rostro de su obra el que me enamoró. Cayó en mis manos de rebote Crónicas de motel (como casi toda su obra en español, disponible en Anagrama). Primer texto: una escena de una madre y su hijo pequeño en un auto. Están en alguna carretera del Medio Oeste estadounidense y se detienen a descansar en una de esas atracciones de carretera absolutamente norteamericanas. Es un pequeño parque con dinosaurios de cemento en el que el niño juega. La madre observa y piensa. Ahí acaba.
¿Qué piensa la madre? ¿Qué está esperando, por qué lleva a un niño tan chico a un viaje en carretera que se sugiere largo y cansado? El texto, por supuesto, no explica nada, pero deja sensaciones. A mí me parece que la madre está huyendo y se lleva a su hijo sin otra esperanza que la de no ser alcanzada. La huida como único modo de sobrevivir.
¿Crónicas de motel es un libro de cuentos? Son textos breves que invitan a completar historias. Una colección de fragmentos y trazos. Me pareció bellísimo y al terminarlo ya sentía nostalgia de él. Ese extrañar de lo que acaba de pasar porque se sabe que uno no volverá a tener la misma experiencia de conocer por primera vez. Por supuesto que leí Crónicas de motel varias veces, primero como lectora y otras veces como escritora carnívora para ver qué me podía robar. No le pude robar nada a Shepard porque ni de chiste soy tan buena, pero sí aprendí que la brevedad debería ser meta de los buenos autores.
Mi asombro con Shepard continuó con cada libro suyo. Su vida es igual de emocionante: vaquero nómada, actor, cronista de la contracultura, amigo de Bob Dylan y Patti Smith. Él mismo músico, fue baterista varios años de una banda de rock con la que hizo giras y grabó álbumes. Encontró su lugar en la literatura pero no dejó de actuar en cine y teatro. En muchos de sus textos escribe sobre la grandeza del territorio de su país (como resulta en mucha de la literatura estadounidense, en Shepard panorama es destino) y cruzarlo en carro es como surcar el firmamento. El Estados Unidos de Shepard se antoja inmenso: para entenderlo hay que tomar notas y narrarlo. Sobre la carretera, al estilo Steinbeck, y de preferencia a bordo de un Cadillac Eldorado.
Me dolió mucho cuando se publicó que Shepard se estaba muriendo de una enfermedad degenerativa. Su cuerpo, poco a poco, lo iba a devorar sin tregua. ¿Seguir escribiendo, imposible? Jamás. Shepard, siempre un mustang indomable, escribió hasta que sus manos no pudieron sostener la pluma, y todavía entonces siguió, grabando y dictando textos a sus hijos.
De esa aventura definitiva (la enfermedad, la literatura que no lo dejó nunca) nació Espía de la primera persona, su libro final. Son apenas cien páginas en las que se despide narrando fragmentos de su vida con la enfermedad. Nada de lloros: escenas e historias. Hay una trama sugerida. La voz que narra—puede ser Shepard o cualquier persona solitaria y enferma que cuenta lo que ve desde su ventana—observa a alguien cuya edad e identidad es borrosa. Lo que sabemos del personaje es que siempre está en un porche y que el vecino narrador lo ve desde arriba: un cuerpo frágil en una silla de ruedas, a su lado una mesita con un libro de barcos de guerra abierto siempre en la misma página. Como Shepard (digamos que el narrador es Shepard), el personaje depende casi por entero de quien lo cuida.
La mirada del autor hace espejos. Soy yo el que está en este cuarto, soy también el que está allá abajo en el porche. Soy el que mira con binoculares por mi ventana, soy al que miran con binoculares desde otra ventana: veo el brillo de las lentes apuntándome. Hay cierta paranoia, pero no hay miedo, más bien curiosidad: ¿quién está tan atento a mi soledad? En esa distancia entre ventanas hay una forma de compañía. ¿No es siempre la amistad un modo de espiarnos unos a otros?
Espía de la primera persona es tan bello como toda la obra de Shepard pero resulta todavía más entrañable porque es una despedida de guerrero. Sus hijos agregan una nota en la que admiran a su padre por su tenacidad: no dejó de escribir ni siquiera en sus días finales. Las guerras siempre se pierden de un modo u otro (cataclismos nacionales, hasta las guerras más triunfales dejan más combatientes muertos y heridos que vivos e indemnes), pero siempre hay resquicios en los que la voluntad sobrevive.
Shepard fue un autor inquietante que murió en paz porque nunca dejó de pertenecerse a sí mismo aunque su cuerpo le contradijera. Siempre él, siempre suyo. Siempre el vaquero insólito al volante de un Cadillac cruzando el paraíso.