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El imposible sistema de salud (1)
Miguel González Compeán | Columna invitada
Hay pocas cosas tan personales como una experiencia hospitalaria. Durante más de una semana la he vivido intensamente en el hospital San Ángel Inn del Sur, que está en San Ángel. Hay sucursales entiendo, pero ya había ido ahí, hace unos años, a que me cerraran una hernia. Mi historia no es personal, sin embargo, está inscrita en el fracaso generalizado del sistema de salud en general y de como la población mayoritaria, y en particular la clase media, se ha ido quedando sin servicios médicos de toda índole.
En México hasta hace poco, la salud sólo podía ser privada o pública. Las dos empezaron a hacer agua, desde hace 15 años más o menos.
La privada por su esquema de negocio, se volvió impagable para sectores de clase media y media alta. Mala inversión hicieron los inversionistas en hospitales de alta gama y adláteres al comprar hospitales caros, que los obligaban a recuperar rápido y sin criterio de medicina sus servicios y a volver impagables dichos servicios. Pongo un ejemplo: alguien un día sugirió que dado el costo de estancia sería deseable no cobrar el estacionamiento en algún estacionamiento de un hospital del sur. El financiero del grupo escandalizado, respondió: pues si me consiguen los 300 millones de pesos al año que representan de ingreso los estacionamientos, con mucho gusto.
El detalle sólo ilustra los márgenes acotados en los que la recuperación de la inversión está resultando para los dos o tres consorcios de hospitales de alta gama -llamémoslos- que viven de un esquema singular.
El esquema es simple, antes los doctores, no eran precisamente socios del hospital, pero hacían de él su casa y así eran tratados, ellos y los pacientes ahora, son puramente proveedores de usuarios del hospital, lo que aumenta los costos del doctor con su cliente y, el hospital, sólo da el servicio sin otro criterio que el de servir a cambio de una contraprestación. Resultado los costos se han elevado y se han vuelto impagables para alguien que no tenga ingresos de arriba de 150 mil pesos mensuales o más y que tenga seguro, cuyos costos se han casi duplicado en 5 años. Es decir, todo aquel que no tenga ingresos suficientes o un seguro asequible está fuera de este sistema. Habida cuenta de que la transparencia en costos es nula: ¿por qué una diálisis debe costar lo que cuesta y no menos o más, por ejemplo?, ¿quién define el precio?, ¿qué pueden hacer las aseguradoras con esa opacidad?
Al sistema de salud pública su problema es radicalmente distinto. En el pasado había tres fondos que dotaban de salud, de manera deficiente, no cabe duda, pero no desastrosa como ahora. Estaba el Seguro Social (vea que dice Seguro) es decir, que con aportaciones del los trabajadores se cubrían los gastos de los propios trabajadores y las enfermedades que atendía eran acordadas por una comisión tripartita. Lo mismo hacía el ISSSTE, la idea es que todos tuvieran atención médica siempre, como fuera y con estándares mínimos de calidad. Algunas veces se logró mejor que en otras, pero iba razonablemente bien.
En cambio la SSA tenía fondos de contingencia, pero lo mayoritario estaba cubierto en todo el país, por centros de salud y clínicas estatales que proveían servicio a la población que no tenía “seguro”, con recursos presupuestarios.
En la época de Fox y Calderón (les guste o no les guste) se atendían en clínicas de primer piso a todos aquellos, que no tenían seguro o atención estatal, con lo que se llamó el seguro popular. Fue un éxito. 50 millones de mexicanos no tenían servicios de salud, lo tuvieron y se comenzó a formar un fondo para enfermedades graves. Entre los tres sistemas, la población tenía un servicio razonable, aunque no perfecto. Nada más, pero nada menos también. (En la próxima entrega termino la reflexión sobre el sistema público y la alternativa).