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IA, informalidad y dignidad: del atajo algorítmico al emprendimiento con sentido humano
Jorge Alberto Hidalgo Toledo | Columna invitada
La inteligencia artificial no inventó nuestra tentación por el atajo. La volvió visible. La puso frente a nosotros con la limpieza inquietante de una interfaz que obedece sin preguntar por el sentido de aquello que ejecuta. Donde había improvisación, ahora puede haber automatización. Donde había precariedad, ahora puede haber una operación más veloz de la misma fragilidad. Donde había economía de sombras, ahora puede haber arquitectura algorítmica para vender, simular, persuadir, cobrar, evadir y desaparecer. La IA no nos absuelve de la pregunta moral; la hace más punzante. Su eficiencia no decide por nosotros qué clase de sociedad queremos construir. Sólo amplifica la orientación ética desde la cual ya estábamos actuando.
México conoce demasiado bien la frontera porosa entre sobrevivir y formalizarse. En abril de 2026, la población ocupada en informalidad laboral alcanzó 33.4 millones de personas y la tasa de informalidad se ubicó en 55.2% de la población ocupada. Esa cifra no es un dato frío: es una cartografía de vidas que producen sin plena protección, trabajan sin garantías suficientes, venden sin estabilidad y resisten en un país donde demasiadas biografías económicas se escriben con recibos incompletos, jornadas sin contrato y promesas de movilidad que no siempre llegan. La informalidad no es únicamente una categoría estadística. Es una forma de estar expuesto.
La IA entra en esa herida con una ambivalencia profunda. Puede ayudar a una microempresa a ordenar inventarios, traducir catálogos, diseñar campañas, estimar demanda, redactar contratos, atender clientes, comparar precios y entender mercados que antes parecían inaccesibles. Puede hacer que una persona excluida de las viejas estructuras productivas encuentre una vía de autonomía. Pero también puede sofisticar el simulacro: cursos sin sustancia, tiendas sin responsabilidad, consultorías fabricadas con plantillas, identidades profesionales infladas, servicios que prometen capacidades inexistentes, negocios que desaparecen después del pago. La herramienta no distingue entre creación de valor y captura oportunista. Esa distinción sigue siendo humana.
La fascinación contemporánea por emprender ha confundido libertad con desarraigo institucional. Se celebró durante años al individuo que se desprendía de la oficina, del horario, del jefe y del organigrama, como si toda desvinculación fuera emancipadora. En muchos casos lo fue. Pero una cultura económica que convierte cada necesidad en “oportunidad” corre el riesgo de romantizar la intemperie. Trabajar desde cualquier lugar no significa pertenecer a una comunidad productiva más justa. Vender por plataformas no equivale a construir empresa. Automatizar procesos no garantiza formalización. Facturar más no siempre significa vivir mejor.
La economía digital ha producido nuevos “haigas” simbólicos: vitrinas de prosperidad donde el emprendimiento se exhibe antes de consolidarse. El éxito se vuelve narrativa visual, promesa de escalabilidad, estética de abundancia. Thorstein Veblen comprendió que el consumo conspicuo no buscaba sólo satisfacer necesidades, sino comunicar posición social. En la cultura algorítmica, esa lógica se desplaza al terreno del emprendimiento performativo: no basta vender, hay que parecer próspero; no basta aprender, hay que mostrar dominio; no basta iniciar, hay que simular que ya se llegó. La IA puede producir esa fachada con una facilidad desconcertante. Diseña el logo, redacta el manifiesto, genera la fotografía del equipo que no existe, automatiza el tono experto, crea autoridad sin trayectoria. Allí aparece el primer riesgo moral: confundir representación con responsabilidad.
El mundo empresarial tampoco está exento de esta ilusión. La adopción de IA se ha acelerado con fuerza. El AI Index 2025 reportó que 78% de las organizaciones usaban IA en 2024, frente a 55% el año anterior. Microsoft estimó que, en la segunda mitad de 2025, 16.3% de la población mundial ya utilizaba herramientas de IA generativa. Sin embargo, la apropiación tecnológica no equivale a madurez organizacional. McKinsey encontró que 64% de los encuestados considera que la IA habilita innovación, pero sólo 39% reporta impacto en EBIT a nivel empresarial. La diferencia entre uso y transformación sigue siendo enorme. Mucha IA se incorpora como barniz de modernidad, no como cambio real de capacidades, procesos y criterios de valor.
Por eso el retorno de inversión necesita una pregunta más incómoda. No basta medir horas ahorradas, campañas generadas, tickets resueltos o costos reducidos. Un ROI algorítmico sin espesor humano puede celebrar la reducción de nómina mientras destruye conocimiento tácito; puede premiar la automatización de atención mientras erosiona confianza; puede optimizar inventarios mientras precariza proveedores; puede aumentar productividad mientras vacía de sentido el trabajo. La métrica sin ética convierte la eficiencia en anestesia.
Aristóteles llamaba phrónesis a esa inteligencia práctica que permite deliberar bien sobre lo que conviene a una vida buena. No se trataba de astucia instrumental, sino de juicio situado. La IA exige recuperar esa virtud en clave institucional. Una organización prudente no pregunta sólo qué puede automatizar, sino qué no debe delegar; no sólo qué costo puede reducir, sino qué vínculo no puede romper; no sólo qué proceso puede acelerar, sino qué aprendizaje humano debe preservar. La prudencia no frena la innovación. Le devuelve dirección.
También se necesita una pedagogía económica distinta para quienes emprenden. Enseñar IA no puede reducirse a prompts, agentes, flujos y monetización. Eso sería formar operadores de herramientas sin formar ciudadanos productivos. La alfabetización algorítmica debe incorporar legalidad, fiscalidad, protección de datos, derechos laborales, trazabilidad, reputación, sostenibilidad y corresponsabilidad comunitaria. Emprender con IA no debería significar escapar de las reglas, sino participar en la construcción de mejores reglas. La formalidad no es un trámite gris: es una promesa pública. Dice que alguien responde. Dice que hay rostro detrás del servicio. Dice que la creatividad no se esconde cuando llega la obligación.
Hannah Arendt advertía que la acción humana siempre ocurre entre otros y deja consecuencias que no pueden controlarse por completo. Esa intuición resulta decisiva para pensar la IA. Todo emprendimiento algorítmico actúa sobre un mundo compartido. Sus decisiones producen confianza o sospecha, dignifican o degradan, formalizan o empujan hacia zonas grises. Incluso el negocio más pequeño participa de una arquitectura moral más amplia. Cada factura emitida, cada dato protegido, cada colaborador capacitado, cada promesa cumplida, cada impuesto pagado, cada automatización explicada, edifica o deteriora el pacto social.
La informalidad no se combate únicamente con vigilancia. También se combate haciendo habitable la formalidad. Si formalizarse se vive como castigo, laberinto burocrático o costo imposible, el atajo seguirá pareciendo racional. La IA podría ayudar a simplificar trámites, acercar asesoría fiscal, reducir fricciones administrativas, acompañar microempresas, mejorar inclusión financiera y abrir rutas de capacitación personalizada. Pero para ello se requiere una alianza más exigente entre Estado, universidades, empresas tecnológicas, cámaras empresariales y comunidades productivas. No una evangelización ingenua de herramientas, sino una política de dignificación económica.
La frontera más delicada aparece cuando la IA deja de operar en la informalidad y empieza a servir a la ilegalidad. La misma capacidad que permite automatizar atención puede automatizar engaños. La misma generación de contenido que ayuda a vender puede fabricar fraudes. La misma clonación de voz que mejora accesibilidad puede usarse para extorsión. La misma analítica que identifica clientes puede perfilar víctimas. Allí la cultura del atajo se convierte en cultura del daño. La ética digital deja entonces de ser un adorno discursivo y se vuelve infraestructura de supervivencia social.
El Foro Económico Mundial estima que, hacia 2030, la transformación laboral podría desplazar 92 millones de empleos y crear 170 millones nuevos, con una ganancia neta de 78 millones, aunque bajo una exigencia masiva de reconversión de habilidades. Ese horizonte no debe leerse como profecía tranquilizadora. Los empleos que desaparecen y los que nacen no suelen pertenecer a las mismas personas, regiones ni condiciones educativas. Sin política formativa, la IA puede abrir una nueva brecha entre quienes convierten la automatización en capital y quienes sólo padecen sus efectos como sustitución silenciosa.
La pregunta por la IA en la economía informal es, en el fondo, una pregunta por la dignidad. ¿Queremos tecnologías que enseñen a sobrevivir mejor en la precariedad o tecnologías que ayuden a salir de ella? ¿Queremos emprendedores veloces o empresarios responsables? ¿Queremos productividad sin comunidad o prosperidad con rostro? La máquina puede sugerir rutas, redactar contratos, producir imágenes y organizar datos. No puede asumir por nosotros el peso moral de construir una economía donde trabajar no sea apenas resistir, vender no sea engañar, crecer no sea abandonar y emprender no sea convertirse en experto en desaparecer.
La verdadera innovación no consiste en automatizar la responsabilidad. Consiste en volverla más inteligente, más visible, más compartida. La IA será atajo o camino según la conciencia que la convoque. Y tal vez esa sea la prueba decisiva de nuestro tiempo: dejar de preguntarnos cuánto podemos ganar con la máquina y empezar a decidir qué parte de nuestra humanidad no estamos dispuestos a perder al usarla.