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El huachicol que se robó solo
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
México acaba de dar un paso gigantesco en la modernización de la delincuencia: ya tenemos delitos que aparentemente pueden cometerse sin delincuentes.
Autoridades federales y estatales aseguraron en San José Iturbide, Guanajuato, más de 59 millones de litros de combustible almacenados en 10 tanques y cuya procedencia legal no ha sido acreditada. La Fiscalía General de la República investiga el caso para determinar origen, manejo y destino del hidrocarburo.
Lo sorprendente no es que en México aparezca huachicol. Lo extraordinario es encontrarse con 59 millones de litros de combustible presuntamente ilegal sin que aparezcan, con la misma facilidad, sus presuntos propietarios. Estamos, pues, ante un avance tecnológico formidable: el huachicol autónomo.
Hasta ahora uno suponía, con ingenuidad, que para robar combustible se necesitaban personas. Alguien perforaba el ducto, otro conseguía las pipas, alguno manejaba, uno más almacenaba el producto y finalmente aparecía el distinguido empresario encargado de venderlo. Al parecer, ya no.
El combustible mexicano ha adquirido vida propia. Sale, viaja, se almacena y aparentemente hasta hace negocios sin intervención humana. La historia comenzó el 3 de julio, cuando las autoridades detuvieron a una persona que presuntamente descargaba combustible de una pipa con capacidad para 33,000 litros de diésel en una gasolinera de San Luis de la Paz. La FGR siguió la pista y acabó llegando a unas instalaciones de San José Iturbide donde encontró los 59 millones de litros. Las autoridades aseguraron además tres unidades de carga, contenedores y documentación.
Y aquí comienza la parte verdaderamente mexicana de la historia: la documentación. Porque mientras unos hablaron de un decomiso histórico de huachicol, las empresas relacionadas con las instalaciones deberán acreditar la procedencia legal del combustible. La FGR ha señalado que todavía no cuenta con toda la documentación necesaria para comprobar de manera completa y fehaciente su licitud. De modo que tenemos 59 millones de litros en calidad de sospechosos.
Ahí están, detenidos mientras se investiga su identidad, porque a falta de huachicoleros qué bueno que por lo menos agarraron al huachicol. Ahora falta que cada litro presente sus papeles. Los que acrediten su legal estancia en el tanque podrán salir libres; los que no, permanecerán a disposición de la autoridad. Y si alguno consigue un buen abogado, hasta podría obtener un amparo.
Incluso la cifra podría terminar sometida a la tradicional dieta de las investigaciones mexicanas. Hoy son 59 millones de litros. Mañana resulta que 20 millones tienen factura; pasado mañana otros 15 pertenecían a una empresa perfectamente legal; después aparecen documentos extraviados detrás de un archivero y, cuando termine la investigación, quizá descubramos que el verdadero decomiso consistió en dos garrafones y una botella de Coca-Cola llena de Premium.
La magnitud del hallazgo merece ponerse en perspectiva: 59 millones de litros equivalen a casi 2,000 pipas de 30,000 litros. Si uno las estacionara en fila, aquello dejaría de parecer un operativo policiaco para convertirse en la peregrinación nacional de San Huachicol.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo elemental: ¿De quién son? No descartemos que la investigación concluya que aparecieron ahí por generación espontánea.
En México hemos conocido muertos que votan, políticos que se enriquecen inexplicablemente, funcionarios que ignoran lo que sucede en la oficina de al lado y servidores públicos que descubren los negocios de sus colaboradores cuando los publica la prensa.
¿Por qué no habríamos de tener gasolina silvestre? La ventaja es que, si finalmente nadie resulta responsable, el gobierno podría registrar el descubrimiento ante la comunidad científica.
Después del petróleo, el gas natural, la energía solar y la eólica, México habría descubierto una nueva fuente energética: el huachicol natural. Un combustible extraordinario que nace, crece, se reproduce y aparece almacenado por millones de litros sin que nadie sepa quién lo llevó hasta ahí. Y que posee una característica que lo convierte en un producto genuinamente nacional: cuando llegan las autoridades, nadie sabe de quién es.