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La guerra
Ezra Shabot | Línea directa
La acción terrorista que Hamás inició el 7 de octubre de 2023 asesinando en forma indiscriminada a 1,200 israelíes, generó un efecto dominó cuyos efectos se siguen percibiendo al día de hoy.
Con la reacción israelí contra este grupo armado, desaparecieron actores importantes como el expresidente sirio Bashar Assad hoy refugiado en Moscú, y los liderazgos más importantes de Hezbollah y el propio Hamás. El denominador común de todos ellos era su subordinación total al régimen del Ayatola Ali Jamenei en Irán, quien financiaba y asesoraba a estos y otros grupos en el Medio Oriente con la intención de disputar el control del mundo musulmán a los sunitas encabezados por Arabia Saudita.
La eliminación de Jamenei y la totalidad del aparato político y administrativo del régimen chiita fundamentalista, agudizó la respuesta militar indiscriminada de un ejército iraní todavía poderoso, pero fracturado en su capacidad de articular una contraofensiva frente a la tecnología norteamericana e israelí. Atacar a todos los países de la península arábiga y a Chipre, por el hecho de considerarlos aliados de los Estados Unidos, es señal de una acción carente de racionalidad política y estrategia militar. Se trata de generar un caos generalizado que le permita sobrevivir al gobierno fundamentalista.
Pero el eventual derrumbe del fundamentalismo iraní no será una tarea sencilla. A diferencia del modelo autoritario occidental donde eliminar a la cabeza de un gobierno provoca su caída o la subordinación de sus sucesores al nuevo orden, como lo vimos en Venezuela, en el Medio Oriente el entramado ideológico político constituido alrededor del Islam no desaparece con la anulación del líder.
En el Irán de los ayatolas la coerción religiosa es parte una identidad nacional que justifica cualquier acción basada en la interpretación literal del Corán, donde la violencia contra los infractores de la ley es legitimada por la voz de la autoridad teocrática. Los intentos igualmente autoritarios de erradicar estas costumbres ancestrales por parte del Shah Mohamed Reza Pahlavi, culminaron con la rebelión islámica que llevó al poder al Ayatola Jomeini y a la consolidación de una teocracia con aspiraciones hegemónicas sobre la región.
Intentar predecir cómo concluirá este conflicto es una tarea absurda. Ni los intentos de imponer la cultura occidental, ni la sumisión a una disciplina religiosa coercitiva, han resuelto el difícil enigma de esta cultura islámico persa que ha sido incapaz de hacer compatibles principios de pluralidad y diversidad con tradiciones del islam que sobrepasan los límites de la libertad individual.
El principio del fundamentalismo islámico que privilegia el concepto de muerte sagrada frente al de la santidad de la vida, es uno de los obstáculos para una coexistencia pacífica entre civilizaciones.