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Flávio Bolsonaro, el nuevo rey latinoamericano
Opinión
Lo que acaba de suceder en Brasil cambia absolutamente todo el ajedrez político regional.
Lo primero que hay que decir es que Bolsonaro ya ganó, porque es un hecho técnico irreversible, salvo que ocurra un improbable cisne negro.
Desde una perspectiva de análisis técnico, la posibilidad de que el oficialismo revierta este escenario en el balotaje del 25 de octubre es inexistente.
Una remontada carece de sustento en la mecánica electoral brasileña por dos justificaciones técnicas fundamentales.
En la historia democrática contemporánea de Brasil, ningún candidato que haya quedado en segundo lugar en la primera vuelta ha logrado remontar en el balotaje.
El vector de tracción inicial determina, de forma matemática, el comportamiento de los indecisos.
Flávio Bolsonaro ha capturado con éxito la totalidad del electorado conservador y periférico, mientras que el remanente de terceras fuerzas, Augusto Cury, con 2.89%, o Ronaldo Caiado, con 2.18%, se compone de espectros de centro y centroderecha cuyos flujos migrarán, por gravedad, hacia el Partido Liberal.
Lula da Silva no tiene canteras de votos disponibles de donde extraer el crecimiento necesario. Su única reserva teórica está en el ausentismo: más de 33.4 millones de brasileños, el 21.08% del padrón, no fueron a votar, un universo casi 15 veces mayor que la ventaja de Flávio. Pero se trata de un electorado desmovilizado por el mismo desgaste económico que castigó al oficialismo. Por eso es la variable que el comando de Flávio debe vigilar, y no una cantera de la que Lula pueda disponer con facilidad.
En el estado de San Pablo, motor económico del país, la victoria de la derecha fue aplastante: 51.93% frente al 38.20% de Lula. Esto demuestra que las clases productivas han rechazado el modelo fiscal del oficialismo ante el persistente encarecimiento del costo de vida y el endeudamiento de los hogares. Allí reside, además, el principal desafío para el balotaje: San Pablo estuvo entre los estados con mayor ausentismo del país, con un 22.54%, por lo que movilizar a ese votante será la tarea central de Flávio el 25 de octubre.
En este contexto se desarrolla un nuevo ecosistema de poder.
A nivel externo existe una sincronía geopolítica, porque el resultado en Brasil no ocurre en el vacío, sino que es la pieza maestra de un realineamiento regional en el que las economías más dinámicas del continente reniegan del asistencialismo de izquierda.
Brasil se suma a la corriente de modernización económica, ortodoxia fiscal y combate decidido contra la criminalidad transnacional que ya avanza con fuerza en América del Sur.
Con este resultado, los modelos basados en el déficit público y el arbitrio estatal quedan aislados, fortaleciendo el eje de democracias occidentales alineadas con el libre mercado y la seguridad jurídica.
Para comprender por qué Brasil vuelve a ocupar el centro del tablero hay que mirar hacia atrás.
La victoria de Jair Bolsonaro en octubre de 2018 fue la primera gran fractura de la hegemonía progresista en la región y el antecedente directo de la ola que vino después. Antes que Milei, Kast, Noboa, Rodrigo Paz, Keiko Fujimori o Abelardo de la Espriella, fue Bolsonaro quien demostró que un candidato ajeno al consenso tradicional, con un discurso de orden, rechazo frontal a la izquierda y un uso intensivo de las redes, podía conquistar la presidencia de la mayor economía latinoamericana.
La arquitectura del próximo gobierno se funda en la modernización y la gestión.
Su victoria debilita las estructuras multilaterales de corte ideológico y prioriza un pragmatismo comercial que resulta indispensable en el actual tablero global.