Buscar
Opinión

Lectura 10:00 min

En esta farmacia no piden receta

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Este verano fui unos días a la playa, y lo que más se me quedó grabado no fue el mar. Fueron los anuncios. En las calles de la zona turística, en español y en inglés, un letrero tras otro ofrecía medicamentos como si fueran chocolates o papitas: pastillas para dormir, para la ansiedad, para bajar de peso. Vi ofrecerse Ozempic y Wegovy —los inyectables de moda contra la obesidad y la diabetes— junto a productos que en cualquier país serían de estricta prescripción médica. No hablo del mercado negro escondido en un callejón. Hablo de pósteres y vitrinas iluminadas, a plena luz del día, sobre la avenida principal.

Cuando entré a una de esas farmacias por curiosidad profesional, frente a mí, una persona pidió en el mostrador un medicamento controlado. Nadie preguntó nada. No hubo receta ni diagnóstico. Hubo una caja, un ticket y un amable “buen día”. Salí pensando en algo que llevo años viendo en el consultorio: en México, la farmacia funciona, para millones de personas, como una despensa de psicofármacos. Esa costumbre tan cotidiana es precisamente la que ayuda a explicar los resultados de un estudio que acaba de ponerle nombre y apellido a lo que los mexicanos usamos mal.

El trabajo apareció este verano en Salud Pública de México, dentro del número dedicado a la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (Encodat) 2025. Su objetivo era pasar de las categorías generales —“opioides”, “tranquilizantes”— a los fármacos concretos detrás del uso indebido de medicamentos psicoactivos. El estudio estimó que 2.5% de la población de 12 a 65 años usó indebidamente algún medicamento psicoactivo alguna vez en la vida —unos 2.35 millones de personas—. Cuando la pregunta se acota al último año, la cifra baja a 0.9%. No es adicción: un solo episodio sin receta, o distinto de la indicación médica, bastaba para entrar en el conteo. Y “uso indebido” tiene una definición clara: tomar un medicamento de prescripción sin receta, en dosis o frecuencia distinta de la indicada, o buscando su efecto y no su finalidad clínica. Es, en otras palabras, un retrato de la autoprescripción, no de la enfermedad.

Dentro de ese retrato, el dato que me detiene es que el medicamento más reportado es un opioide, el tramadol. Entre quienes mencionaron opioides, casi nueve de cada diez nombraron tramadol. Ese porcentaje no es “de todo el uso indebido”, sino de quienes mencionaron opioides —una precisión que importa, porque de otro modo se infla la alarma—. Pero el fondo se sostiene sin necesidad de exagerarlo: el opioide que más se usa mal en México no es el fentanilo del que todos hablamos, el del narcotráfico y la crisis estadounidense. Es uno que, hasta hace unas semanas, se compraba en muchas farmacias sin que nadie pidiera una receta.

Automedicarse —tomar por cuenta propia un remedio de venta libre para una molestia menor— es una forma legítima de autocuidado, tan vieja como el té de manzanilla. Autoprescribirse, sin embargo, implica adquirir, sin médico de por medio, un fármaco que la ley reserva a la receta. Lo primero es autonomía; lo segundo es saltarse un candado sanitario que existe por una razón.

México es, en ese segundo terreno, un país particularmente laxo. La automedicación con productos de prescripción es un fenómeno documentado en toda América Latina, donde diversos estudios muestran que, pese a la prohibición, en buena parte de los casos es posible conseguir hasta antibióticos sin receta. Las razones son humanas y conocidas: la consulta cuesta tiempo y dinero, la pastilla es barata y está a la vuelta de la esquina y, sobre todo, pesa el boca a boca —“a mí me funcionó”, “al vecino le fue muy bien con eso”—. Así construimos una farmacología doméstica basada en cómo le fue a otro en la feria y trasladamos al mostrador una decisión que debería tomarse en un consultorio.

Pero no es un problema sin solución. Cuando se empezó a exigir receta para vender antibióticos, el consumo cambió. La regulación, cuando se aplica, mueve la aguja. La pregunta es si estamos dispuestos a aplicarla también donde más incomoda.

La lista de la Encodat es, en el fondo, un mapa de esa laxitud. Detrás del tramadol vienen los tranquilizantes, encabezados por el clonazepam —el más reportado del grupo, con mucho—. Lo veo cada semana: pacientes cautivos de una benzodiacepina que alguien les recetó hace años para dormir o para los nervios, que nadie volvió a revisar y que resulta tan difícil de dejar como fácil fue empezar. Las benzodiacepinas no se abandonan de golpe: hacerlo por cuenta propia puede desencadenar una abstinencia peligrosa. Y combinadas con alcohol o con opioides deprimen la respiración —la razón por la que en otros países llevan la advertencia más severa que puede tener un medicamento—.

Después aparecen los estimulantes, y ahí el metilfenidato merece un matiz honesto: la cifra del estudio se basa en muy pocos casos y hay que tomarla con pinzas. Pero el fenómeno de fondo lo conozco de sobra por mi trabajo con adolescentes y jóvenes. Se trata del metilfenidato como “droga de estudio”, tomado para rendir en exámenes por quienes no tienen ni diagnóstico ni indicación. Algo revelador es que el metilfenidato sí requiere receta controlada. Que aun así circule nos dice que el problema no se arregla solo endureciendo el papel; se filtra por las redes sociales, por el amigo que comparte sus pastillas, por los mismos atajos de siempre.

Y hay una puerta más, la del cuerpo. Que en esa misma lista aparezcan la fentermina y el clobenzorex —el viejo Asenlix— delata la costumbre profundamente mexicana de las “clínicas de obesidad” y las pastillas anfetamínicas para adelgazar, derivados de la anfetamina que en Estados Unidos y Europa se retiraron hace años por su riesgo cardiovascular y su potencial adictivo, pero que aquí se siguen recetando y consiguiendo sin mayor problema. Como escribí en otra ocasión, a propósito de la gordura, la delgadez y el estigma, el juicio sobre el peso empuja a muchas personas a un terreno donde la vergüenza se termina tratando, literalmente, con una sustancia que crea dependencia. El Ozempic de los anuncios de la playa es apenas el capítulo más reciente —y más caro— de una historia que en México lleva décadas.

Conviene entender, entonces, cómo se supone que debe funcionar el sistema, porque casi nadie se lo explica al público. La ley reserva la facultad de recetar a médicos con cédula profesional —y, en su ámbito, a odontólogos y veterinarios—. Para los medicamentos controlados hay, además, candados adicionales. Los estupefacientes —morfina, fentanilo médico, oxicodona— solo pueden surtirse con una receta especial con código de barras, que el médico obtiene tras registrarse ante la Cofepris; esa receta se surte una sola vez, se retiene en la farmacia y queda anotada en un libro de control. Los psicotrópicos, como las benzodiacepinas, exigen una receta que también se retiene. Y el tramadol, precisamente por lo que muestra este estudio, dejó de ser de venta libre: hace unos meses quedó reclasificado como medicamento controlado y su venta ya exige receta. El sistema, sobre el papel, existe; hoy incluso avanza hacia la receta electrónica, con folio y firma digital que permiten rastrear cada prescripción.

El problema es que el candado sirve de poco cuando el marco de la puerta está podrido. Basta recordar el sonado caso de una falsa psiquiatra en Puebla, una mujer que durante años ejerció haciéndose pasar por especialista y que llegó a prescribir medicamentos controlados con cédulas y recetarios falsificados, hasta que la Cofepris clausuró su consultorio. Acumuló once denuncias por usurpación de profesión y hoy se encuentra en la cárcel. No es un caso aislado: circulan por redes sociales recetarios con códigos de barras apócrifos.

Reclasificar el tramadol fue un paso sensato, y probablemente haya que endurecer más los requisitos: verificar la cédula de quien nos atiende en el Registro Nacional de Profesionistas —un trámite de treinta segundos que casi nadie hace—, acelerar la receta electrónica con trazabilidad real y sancionar de verdad a las farmacias que despachan sin preguntar. Otros sistemas, como el estadounidense, hacen genuinamente difícil obtener un medicamento controlado sin prescripción y, aunque tiene sus propios excesos, en esto probablemente tenga razón.

Pero estamos regulando moléculas de una en una, mientras la puerta por la que entra el problema sigue abierta de par en par. El equilibrio delicado que no podemos perder de vista es que los mismos candados que frenan el uso indebido no pueden convertirse en un muro para quien sí necesita estos medicamentos —el paciente con dolor, con ansiedad genuina, en cuidados paliativos—. Endurecer sin abandonar es el arte fino de toda buena regulación.

Mientras eso se ordena, algunas cosas concretas sí están en nuestras manos. Todo psicofármaco tiene una dosis, una duración y una indicación, y fuera de eso es uso indebido, aunque venga en caja bonita. Las benzodiacepinas no se suspenden por cuenta propia. El tramadol interactúa con muchos antidepresivos y puede provocar convulsiones o un síndrome serotoninérgico. Las pastillas para adelgazar no son inocuas por venir de una “clínica de peso”. Verifique la cédula de quien lo trata y pregunte, desde el primer día, cuándo se supone que va a terminar un tratamiento: una buena prescripción incluye su propia fecha de salida. Si necesita orientación, la Línea de la Vida (800 911 2000) y SAPTEL (55 5259 8121) atienden las veinticuatro horas.

Vuelvo al mostrador de la playa, a esa transacción de tres segundos en la que un medicamento cambió de manos sin una sola pregunta. Podemos reclasificar el tramadol, blindar los recetarios, perseguir a los falsos médicos —y debemos hacerlo—. Pero también debemos preguntarnos por qué un país entero aprendió a tratar la farmacia como el lugar donde se autorreceta el dolor, el insomnio, la ansiedad y hasta la forma del cuerpo. La lista de la Encodat nos dice qué usamos mal. La siguiente pregunta, la que ninguna reforma responde por sí sola, es por qué llegamos a necesitarlo y qué haríamos distinto si atendiéramos el malestar que origina la receta, en lugar de perseguir uno por uno los medicamentos con los que lo callamos.

Cuídense mucho,

*La autora de Tu Viaje de Sanación Psicodélica (Editorial Planeta), disponible en formato impreso, digital y audiolibro.

Temas relacionados

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

Últimas noticias

Noticias Recomendadas