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El estrecho de Ormuz y el estrecho mental
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Hay líderes que abren canales de diálogo. Otros abren frentes diplomáticos. Y luego está Donald Trump, que abre la computadora y deja salir lo que encuentre primero: mayúsculas, amenazas y, de ser posible, una grosería con vocación de política exterior. Esta vez el escenario no es cualquier esquina del planeta, sino el estrecho de Ormuz, esa delgada vena por donde circula buena parte del petróleo del mundo y ahora también la bilis de Washington.
Porque hay que reconocerlo, no cualquiera logra convertir un paso estratégico del comercio global en un pleito de cantina. Trump lo consiguió con una frase que pasará a la historia de la diplomacia como ejemplo de lo que no debe hacerse ni siquiera sobrio: “Abran el chingado estrecho… o van a vivir en el infierno”. Uno supondría que después vendría el tradicional “atentamente”, pero no.
Luego, como quien pide otra ronda, el presidente dejó ver que si los iraníes no se apuran, él está dispuesto a “volar todo por los aires y apoderarse del petróleo”. Es decir, pasar de la geopolítica al saqueo sin escalas, como si el derecho internacional fuera una servilleta que uno arruga después de usar.
El estrecho de Ormuz no es una puerta de garaje que se abre con control remoto. Es una zona estratégica donde transita aproximadamente entre el 20 y 25% del petróleo mundial. Si se cierra, tiemblan los mercados, sube la gasolina, y medio planeta recuerda que depende de un pasillo marítimo más estrecho que la mente del inquilino de la Casa Blanca.
Lo notable no es la amenaza, sino el tono. Trump no habla como jefe de Estado, sino como ese vecino que, después de tres cervezas, decide que puede reorganizar la cuadra a gritos. Y si alguien le responde, amenaza con “romperlo todo”. El problema es que aquí no hablamos de vidrios ni macetas, sino de países.
Bernie Sanders, el senador demócrata de izquierda —“dentro de la Constitución”—quien a estas alturas ya no se sorprende de nada de lo que haga Trump pero aún se indigna, expresó: “Este es el discurso del presidente de Estados Unidos en Domingo de Resurrección (…) estos son los desvaríos de un individuo peligroso y desequilibrado mental. El Congreso debe actuar ya. Paremos esta guerra”.
Lo irónico —porque siempre hay ironía cuando Trump habla de petróleo— es que su amenaza de “apoderarse” de los recursos ajenos recuerda a esas películas donde el villano explica su plan antes de ejecutarlo. Cuando esto sucede recuerdo una conseja popular mexicana: “El pendejo cuenta lo que va a hacer, el inteligente lo hace, y el viejo cuenta lo que hizo”
Quizá el verdadero problema no sea el estrecho de Ormuz, sino la estrechez de miras desde la que se pretende gobernarlo. Porque una cosa es controlar el flujo del petróleo y otra muy distinta creer que el mundo funciona como una gasolinera donde el más gritón se sirve primero.
Trump insiste en que “la gente inteligente llega a acuerdos”. Lo dice mientras amenaza con bombardear, invadir y quedarse con lo ajeno, como si la inteligencia fuera un sinónimo elegante de la ley del más fuerte. Bajo esa lógica, la diplomacia no sería más que una pausa entre dos explosiones.
Mientras tanto, el mundo no sabe si reír, preocuparse o empezar a llenar garrafones. Porque cuando el hombre más poderoso del planeta confunde la política exterior con un arranque de furia, el riesgo no es que se cierre un estrecho, sino que se abra una guerra.
Según el calendario político del Orate Anaranjado, hoy es martes o campo de tiro, lo que ocurra primero. Si Irán no abre el estrecho, él abrirá el espectáculo: un reality bélico con patrocinadores petroleros y aplausos grabados. Porque en su mundo la diplomacia no navega: embiste. Y basta un cerillo desequilibrado e imprudente para incendiar al mundo entero sin pedir permiso.