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Opinión

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¿Dónde enchufamos la nube?

José F. Otero | TIC y Desarrollo

Hace apenas unos años la interacción con el mundo digital se daba de otra forma, era más parco y menos interactivo. La inteligencia artificial (IA) era algo estudiado en cursos especializados de las universidades o el tema preferido de las películas apocalípticas, donde la raza humana tiene que pelear y sobrevivir contra el Terminator de turno. Ahora, las plataformas de IA generativa se han ido apoderando de tareas que antiguamente eran potestad del ser humano. Incluso hay quienes alegan que, poco a poco, su impacto hace que las personas vayan perdiendo su capacidad analítica.

Independientemente de la óptica que se tenga, hay que recordar que cada vez que se le da un comando a una de estas plataformas de IA en algún lugar del planeta, se enciende un servidor. Ese servidor vive en un edificio enorme, lleno de máquinas que trabajan día y noche y consumen electricidad como un pequeño pueblo. La nube, por etérea que suene, tiene domicilio, transformador y recibo de electricidad. Si pensamos en México, ese recibo de luz está dirigido a Querétaro.

Esta situación obliga a plantear una pregunta que no es muy fácil de responder: ¿cuánta electricidad adicional necesitará México por la inteligencia artificial y la infraestructura digital que la sostiene de aquí a 2036, y está el sistema eléctrico en condiciones de proveerla?

La respuesta inmediata de quienes gustan de ver siempre el vaso medio lleno sería algo como: México probablemente puede generar esa energía, pero todavía no está listo para entregarla donde y cuando se necesite.

México consumió en 2024 unos 360 teravatios-hora (TWh) de electricidad. Hay estimaciones que indican que la IA y la infraestructura digital asociada sumarán entre 9 y 38 TWh al año para 2036, lo que representará entre el 2% y el 8% del consumo nacional. En un escenario intermedio, unos 22 TWh, alrededor del 4,5%: más o menos lo que crecería la demanda total del país en dos o tres años normales.

Dicho así, no parece alarmante. El problema no está en cuánta energía, sino en dónde, a qué hora y con qué combustible. Recordemos que cuando se habla de "la IA y la energía", se mezclan elementos con efectos muy diferentes sobre la red.

Casi toda la carga adicional, cerca del 85% en cualquier escenario, proviene de los centros de datos. Su capacidad operativa pasó de unos 115 MW a principios de 2024 a 279 MW en abril de 2026, y la Secretaría de Energía prevé una nueva demanda de 1,500 MW de centros de datos para 2030. En septiembre, la industria presentó a la CFE solicitudes por un total de 1,705 MW. Un solo campus de IA puede requerir 50 o 100 MW y opera las 24 horas del día, sin pausa.

Pero la nube no es lo único que incrementa el consumo. Otras piezas de la tecnología digital y de las telecomunicaciones también requieren más energía, aunque en proporciones mucho menores. La primera son las redes móviles de nueva generación. Una radiobase 5G puede consumir dos o tres veces la energía de una 4G, porque transporta mucho más tráfico, usa antenas más complejas y, durante años, convive con las tecnologías anteriores, que no se apagan de un día para otro. Para los operadores, esto es un asunto serio: la energía ya representa entre una cuarta y una quinta parte del costo de una red móvil.

La segunda es el uso de frecuencias más altas. Las bandas milimétricas tienen gran capacidad, pero no llegan lejos y atraviesan mal las paredes, por lo que se necesitan muchas más antenas pequeñas para cubrir la misma zona. En México, sin embargo, el programa de espectro de 2026 las orienta sobre todo a enlaces rurales y a redes privadas en parques industriales, no a llenar las ciudades de pequeñas celdas.

La tercera categoría son los dispositivos: teléfonos, computadoras y aparatos conectados que incorporan funciones de IA. Consumen algo más, pero ese consumo se reparte entre millones de hogares e incluso puede aliviar la carga de los centros de datos cuando un modelo se ejecuta directamente en el teléfono.

Sumadas, estas tres piezas pesan poco. Las redes móviles rondan hoy el 1% del consumo eléctrico nacional, y aun si duplicaran su demanda en una década seguirían siendo una fracción menor. Los dispositivos con IA añadirían entre 0.5 y 2 TWh al año. En conjunto, redes, nuevas frecuencias y dispositivos explicarían unos 3 o 4 TWh adicionales para 2036, apenas el 15% de la carga digital nueva y menos del 1% del consumo del país. En las casas mexicanas, el gran protagonista seguirá siendo el aire acondicionado. El reto eléctrico de la era digital tiene, en la práctica, un nombre: centros de datos.

México tiene más de 90 GW instalados frente a una demanda máxima de unos 55 GW. En el papel, sobra capacidad. En la práctica, no toda está disponible cuando más se necesita. Según el Centro Nacional de Control de Energía (CENACE), alrededor del 8% de la capacidad, principalmente la solar, deja de producir después de las seis de la tarde, justo cuando los hogares encienden las luces y el aire acondicionado. Para el verano de 2026, se esperaban reservas de apenas 7%, rozando el mínimo del 6%. En 2023 y 2024 cayeron por debajo del 3% y hubo apagones.

Ahí está el nudo: un centro de datos no se apaga de noche. No basta con que el país produzca suficiente energía en el año; hace falta que llegue a un transformador concreto a las nueve de la noche de un día de calor.

Un centro de datos se levanta en 10 a 24 meses; una nueva línea de transmisión tarda entre cuatro y ocho años. Esa diferencia de ritmos ya se nota. En Querétaro, que concentra cerca del 72% de la capacidad de centros de datos del país, hay instalaciones terminadas que han esperado hasta dos años para conectarse, y Microsoft obtuvo permiso para operar con generadores de gas mientras la CFE energiza su sitio, previsto para 2027.

El dinero tampoco alcanza. Según el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), el presupuesto de 2026 para inversión de la CFE quedó unos 43 mil millones de pesos por debajo de lo que exige el plan de expansión, y la transmisión, precisamente el cuello de botella, recibe alrededor del 38% de lo necesario.

Hay dos costos menos visibles. El primero es el combustible: más del 60% de la electricidad mexicana se genera con gas natural, y cerca de tres cuartas partes de ese gas proviene de Estados Unidos. Si la nueva demanda se cubre con plantas de ciclo combinado, lo más probable si nada cambia, la IA profundizará esa dependencia y sumará entre 6 y 7 millones de toneladas de CO₂ al año hacia 2036.

El segundo es el agua. Enfriar servidores consume electricidad o agua, y a menudo ambas, en un contexto en el que más del 90% del territorio estuvo en sequía en 2024–2025. Los operadores aseguran que sus diseños usan muy poca agua, y puede ser cierto. Pero no hay un registro público que permita verificarlo, y sin datos, la discusión se vuelve una cuestión de fe.

Sería injusto decir que el gobierno no ve el problema. Entre los esfuerzos realizados para incrementar la capacidad energética de México, cabe mencionar que la Ley del Sector Eléctrico de 2025 estableció un régimen de autoconsumo más claro. Mientras tanto, la Secretaría de Energía (SENER) y la Comisión Nacional de Energía publicaron un documento específico sobre centros de datos. Finalmente, CFE inauguró una planta de 800 MW junto al clúster de Querétaro; su acuerdo con la industria propone revisar las solicitudes caso por caso. El diseño es prometedor. La ejecución va detrás.

Hay tres medidas que cuestan poco y podrían arrancar en menos de un año. La primera es un registro público de grandes cargas por nodo de la red, que distinga entre lo anunciado, lo permitido, lo conectado y lo que realmente opera, porque hoy se planifica a partir de anuncios de prensa. La segunda, que quien detone la inversión la pague: las cargas muy grandes deberían financiar las ampliaciones de red que provocan, mediante reembolsos a medida que otros usuarios se conecten. Y la tercera, hacer de la flexibilidad una condición de conexión, con almacenamiento en sitio y consumo que pueda reducirse en emergencias, para que los centros de datos sostengan la red en las horas críticas en lugar de presionarla.

Desde las telecomunicaciones, se debe modificar la forma en que se planifica el sector y comenzar a planificar la asignación del espectro radioeléctrico junto con la del sector eléctrico. Las fábricas con 5G privado y los centros de datos se instalan en los mismos parques industriales del Bajío y del norte, y compiten por las mismas subestaciones, mientras cada regulador planifica por su lado.

La IA no va a tumbar la red eléctrica de México, pero sí la va a poner a prueba en lugares concretos. El riesgo más probable no son apagones provocados por la IA, sino algo más silencioso: inversiones que se van a Texas o a Brasil porque aquí no hay dónde conectarlas, y comunidades que cargan con la presión sobre la luz y el agua de los proyectos que sí llegan.

Si la transmisión, la energía limpia firme y la transparencia avanzan al ritmo de los centros de datos, la IA puede ser un cliente ancla que ayude a financiar una red más robusta para todos. Si no, habremos confundido otra vez anunciar con construir.

Las cifras no mienten. Entre lo prometido y lo ejecutado sigue habiendo un abismo. Desde la llegada de Morena al poder, el sector eléctrico ha recibido más promesas de amor que resultados concretos, y la meta del 35% de energía limpia, que debía cumplirse en 2024, apenas alcanza hoy el 21%.

La nube también necesita enchufe.

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La experiencia de José Felipe Otero Muñoz incluye un trabajo en más de 100 proyectos de investigación y escribir numerosos estudios sobre la industria de telecomunicaciones regional Consultar sobre cuestiones de política pública y tecnologías de telecomunicaciones para el Senado de la República de México, el Banco Mundial, la Inter-American Investment Corporation, la Casa Blanca y otras instituciones gubernamentales

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