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El diésel no es un problema de costos, sino un desafío de modelo de negocio

OpiniónEl Economista

Mover la infraestructura del país exige rigor en cada decisión operativa. En el sector de la construcción, donde la logística determina si un proyecto avanza o se detiene, la cadena de suministro es el núcleo del negocio. Y quienes la gestionamos hoy enfrentamos una pregunta que ya no podemos aplazar: ¿de verdad creemos que optimizar rutas en un mapa va a salvarnos del alza estructural de los energéticos?

El costo del diésel ha dejado de ser una variable de control operativo para convertirse en un desafío de supervivencia financiera. Insistir en soluciones tácticas para resolver un problema que es profundamente estructural, no es gestión de riesgo, es postergación del problema.

Según la Cámara Nacional del Autotransporte de Carga (CANACAR), el combustible representa hoy entre el 40% y el 50% de los costos operativos directos de las unidades de carga en México. Una proporción que comprime los márgenes de cualquier operación de suministro y deja poco margen para el error.

Asimismo, la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC) ha advertido cómo esta volatilidad energética impacta directamente en el Índice Nacional de Precios de la Construcción. El diésel alto en costo encarece la vivienda, las carreteras y las obras de conectividad que el país necesita para crecer. Es una transferencia de costos que termina afectando a toda la cadena, incluido el usuario final. La pregunta no es si esto nos afecta, sino qué decisiones estamos tomando al respecto.

El verdadero cambio no está en reducir consumo dentro del mismo modelo operativo, sino en cuestionar la arquitectura de las operaciones. Rediseñar estratégicamente las redes de distribución, acercar los hubs logísticos y centros de almacenamiento a los grandes polos de desarrollo, porque el kilómetro que más conviene en términos financieros y de huella ambiental, será el que no se recorre.

La transición hacia la movilidad sustentable y flotillas eléctricas es una dirección correcta. Pero la velocidad de esa transición depende de condiciones que aún no están resueltas. Como señala el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), México necesita expandir su infraestructura de recarga pesada y garantizar disponibilidad de energía limpia en la red nacional. Reconocer esa brecha lleva a una agenda más realista y ejecutable.

Es aquí donde la economía circular y el coprocesamiento de residuos marcan un punto de inflexión para el sector cementero. De acuerdo con la Agenda de Sustentabilidad de la Cámara Nacional del Cemento (CANACEM), alineada con la Global Cement and Concrete Association (GCCA), sustituir combustibles fósiles tradicionales por el aprovechamiento energético de residuos previamente tratados es una realidad viable.

Esta práctica no solo reduce emisiones, sino que protege la rentabilidad frente a la inestabilidad crónica de los mercados internacionales del petróleo. Al sustituir combustibles tradicionales por residuos, la industria deja de ser una espectadora de la inflación para convertirse en dueña de su propia estabilidad.

Este momento de presión económica exige algo más que ajustes operativos, exige revisar los supuestos sobre los que construimos nuestros modelos de negocio. La sostenibilidad y la resiliencia financiera han dejado de ser agendas paralelas y se gestionan juntas o no se gestionan bien. No resolveremos los desafíos logísticos del futuro con los mismos marcos de decisión con los que llegamos hasta aquí.

La eficiencia competitiva de una industria ya no se evalúa únicamente en tiempos de entrega, sino en su capacidad para transformar su matriz energética. La pregunta que debería estar sobre la mesa en los consejos de administración no es cuánto costará el diésel mañana, sino qué tan rápido estamos dispuestos a rediseñar el negocio para dejar de depender de él.

*La autora es directora Supply Chain en Holcim México.

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