Buscar
Opinión

Lectura 5:00 min

Deuda, commodities y crecimiento económico

OpiniónEl Economista

Buenos días, buenas tardes, buenas noches. Siempre es un gusto saludarte. Quiero invitarte a la insoportable levedad de la incertidumbre.

Vayamos al Brasil que giraba a la derecha en la primera vuelta de la elección presidencial. La promesa de ese viraje resultó en miles de millones de dólares llegando a todo aquello que sonara a samba y supiera a caipirinha. Brasil potencia.

La segunda vuelta resultó en un giro a la izquierda y, así como ese capital entró, se fue. La razón no importa, lo que importa es la conducta. Brasil era el mismo antes de la elección que después de la elección; su conducción política llevaba años ahí. Desde la óptica del Ejecutivo actual, Brasil no cambió, y el éxodo económico que se dio no significó necesariamente que el capital abandonara Brasil en su totalidad.

El efecto de fondo que es propio para el análisis no fue la salida; el efecto de fondo es indagar por qué ese capital salió corriendo a poblar la primera oportunidad que encontró. Eso es lo que importa.

El capital en el mundo está intranquilo, los vehículos de inversión están comprometidos, llenos de riesgos, inseguros o saturados, según sea el sector.

El mundo debe tres veces lo que produce; sin embargo, no es trágico, por catastrófico que suene. La deuda del mundo es un problema de todos, no de un solo actor, y eso obliga a que el sistema lo reconozca no como un problema de solvencia, sino como uno de ingeniería.

El mundo debe buscar la manera de hacer que el juego de sillas musicales no se detenga. Destacando que, de vez en vez, pausa y elimina a uno que otro. Ese es el riesgo y, por ello, los capitales están en movimiento, dejando claro que lo que pasó en Brasil no fue el retorno a la evaluación del riesgo país de Brasil. Fue una de estas pausas donde la música para súbitamente, pero el juego sigue.

La operación de los mercados bajo la geopolítica actual crea oquedades y contrastes irreconocibles. En el pasado gustábamos de analizar fundamentales, oferta, demanda y esas cosas de toda la vida que hoy siguen ahí, pero que tristemente son temas más secundarios. Te voy a citar ejemplos puntuales.

Hoy en día, basta que dos enemigos acepten sentarse a conversar para que miles de millones de dólares cambien de manos, aunque no hayan resuelto nada. La semana pasada, el petróleo Brent llegó a perder cerca de 4%, rondando los 109 dólares por barril. La razón: nuevas conversaciones entre Irán y mediadores de Catar, que alimentan la posibilidad de una salida diplomática al conflicto con Estados Unidos e Israel.

Ello, en medio de un mar de dudas sobre la conducción política futura en Israel y frente a las elecciones intermedias de Estados Unidos.

La guerra no ha terminado. El Estrecho de Ormuz sigue enfrentando graves restricciones comerciales, los seguros marítimos continúan encarecidos y no existe un acuerdo firmado. Pero el mercado ya comenzó a descontar parte de la prima de riesgo que había incorporado al precio del petróleo.

Un barril puede perder 4 dólares en unas horas. Reabrir rutas marítimas, normalizar inventarios de fertilizantes, recuperar embarcaciones y restablecer cadenas de suministro puede tomar semanas o meses. Las expectativas viajan a la velocidad de una operación electrónica; la mercancía sigue necesitando barcos, puertos y alguien dispuesto a asegurarla.

Ello nos obliga a pensar en manejar dos relojes que van a tiempos distintos. Por un lado, los cambios de precio en cotizaciones bursátiles, tipos de cambio y anexos se estrellan en tus balances. Mientras eso sucede, un reloj alternativo está en operación, dándonos el impacto disruptivo que sentiremos más adelante.

Esos faltantes de energía, fertilizantes y materias primas impactan las cadenas de suministro y nos retumbarán en la cabeza cuando veamos, en el futuro, cómo cambian las intenciones de cultivo o la aplicación de capital de trabajo, una vez que cada disrupción lo reduce y el costo de servir la deuda a los precios actuales disminuye los márgenes operativos de las empresas.

Para México, esta diferencia tiene consecuencias concretas. Somos uno de los grandes compradores de granos estadounidenses, particularmente maíz amarillo, utilizado por la industria pecuaria y alimentaria. Dependemos de mercados internacionales de fertilizantes, energía y transporte. Una reducción del petróleo puede mejorar las perspectivas de costos, pero difícilmente borra los incrementos que ya absorbieron agricultores e industriales.

Mientras la energía intenta descontar una posible paz, ocurre algo distinto en el mercado agrícola. Estados Unidos enfrenta una cosecha abundante de maíz. El informe de octubre del Departamento de Agricultura elevó su estimación de producción a 16,034 millones de bushels, 407 millones de toneladas. La revisión del balance incorporó 407 millones de bushels adicionales de oferta, pero apenas 125 millones de mayor utilización.

La diferencia elevó los inventarios finales previstos en 282 millones de bushels, equivalentes a 7.2 millones de toneladas adicionales. La mercancía existe, o está por terminar de cosecharse. No necesita un acuerdo diplomático para aparecer.

Chicago ha respondido con cinco semanas consecutivas de pérdidas en el maíz, cuyo contrato de diciembre cerró el viernes en 4.48 dólares por bushel. El pequeño rebote de este lunes todavía parece insuficiente para modificar el panorama.

México enfrenta una paradoja: podríamos encontrar mejores oportunidades para adquirir granos mientras nuestros productores nacionales siguen enfrentando costos elevados de fertilización, financiamiento y comercialización.

Últimas noticias

Noticias Recomendadas