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Opinión

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La desigualdad es menos peligrosa que la inmovilidad social

José Nery Pérez Trujillo | Estado, Mercado y Sociedad

Hace algunos años, un empresario y un taxista coincidieron en una sala de espera de aeropuerto. Durante una conversación casual descubrieron que ambos habían estudiado en la misma primaria pública. Uno había fundado una compañía exportadora; el otro había pasado décadas conduciendo un taxi. La diferencia entre sus ingresos era enorme, pero ninguno parecía escandalizado por ello. Lo que ambos valoraban era algo distinto: habían tenido la oportunidad de intentar llegar más lejos que sus padres.

Esa anécdota apunta a una distinción que suele perderse en el debate público. La desigualdad y la movilidad social no son lo mismo. Una sociedad puede ser relativamente desigual y, sin embargo, ofrecer oportunidades reales para ascender. También puede ser más igualitaria en apariencia, pero estar organizada como un sistema de castas donde el origen determina el destino. Lo primero genera tensiones. Lo segundo destruye la esperanza.

La evidencia internacional sugiere que el verdadero problema aparece cuando el llamado “ascensor social” deja de funcionar. Según la OCDE, en los países desarrollados una persona nacida en un hogar de bajos ingresos necesita en promedio 4.5 generaciones para alcanzar el ingreso medio de su sociedad; en algunos países la cifra es mucho mayor. Cuando la movilidad se estanca, la pobreza deja de ser una condición temporal y se convierte en una herencia.

Esto ayuda a entender por qué el debate obsesionado exclusivamente con la desigualdad puede ser incompleto. El economista John Rawls sostenía que las diferencias económicas son aceptables si mejoran las oportunidades de quienes están peor. Más recientemente, Raj Chetty ha demostrado que la disponibilidad de oportunidades de ascenso social tiene efectos profundos sobre la cohesión, la confianza y el crecimiento económico. La pregunta decisiva no es cuánta distancia existe entre ricos y pobres, sino qué tan fácil es recorrerla.

México ofrece una paradoja interesante. Durante las últimas décadas se registraron avances importantes en reducción de pobreza y expansión de la clase media en América Latina. El Banco Mundial destaca que la región redujo significativamente la pobreza y amplió el tamaño de su clase media, aunque persisten profundas barreras estructurales para el progreso económico. Sin embargo, el origen familiar sigue teniendo una influencia extraordinaria sobre los resultados educativos y laborales de las personas. La educación de los padres continúa siendo uno de los mejores predictores del ingreso de los hijos.

Eso significa que el riesgo no es solamente económico. Cuando los ciudadanos perciben que el mérito importa menos que los contactos, la herencia o el código postal, la legitimidad del mercado y de las instituciones comienza a erosionarse. Como observó Alexis de Tocqueville, las sociedades modernas toleran mejor las diferencias de riqueza que las diferencias de oportunidad. Las personas pueden aceptar que alguien gane más; aceptan mucho menos que las cartas estén marcadas desde el principio.

Por eso, la discusión central para México quizá no debería ser cómo hacer que todos terminen en el mismo punto, sino cómo garantizar que nadie quede atrapado en el lugar donde nació. Una sociedad verdaderamente justa no es aquella donde todos tienen resultados similares, sino aquella donde el futuro no viene determinado por el apellido.

Y ahí reside una verdad incómoda: la desigualdad irrita, pero la inmovilidad social corrompe el alma de una nación. Porque cuando una generación deja de creer que sus hijos vivirán mejor que ella, no sólo se rompe el ascensor social; se rompe también el contrato moral que mantiene unido a un país.

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José Nery Pérez es economista por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (Tec de Monterrey) y maestro en Política Pública por la Universidad de Chicago. Tiene 20 años de experiencia profesional en las materias de competencia y regulación, análisis de mercados, planeación y evaluación.

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