Lectura 5:00 min
Una derecha ambientalista es posible
Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio
Para todos es obvio que casi todas las causas ambientalistas o relacionadas con el desarrollo sustentable han sido, casi desde su origen, un subconjunto de reivindicaciones de la izquierda. Esto le ha dado a la izquierda una importante munición ideológica y de propuesta política, logrando articularlas con sus propios principios, ideología, críticas y propuestas. Hablo de los partidos socialistas, verdes y socialdemócratas que, sobre todo en Europa, fueron capaces de construir un discurso ambiental coherente con el resto de su agenda y visiones del mundo. Esto le dio credibilidad al ambientalismo y una pátina de seriedad ideológica y programática. Todo ello fue antecedido por pensadores radicales muy influyentes críticos del capitalismo (aunque también del socialismo industrial de la Unión Soviética), y que fueron fundadores de lo que en su época se llamó Ecología Política. Hablo, por ejemplo, de André Gorz, Rudolph Bahro (expulsado de Alemania Oriental), Murray Bookchin, Ivan Illich, e incluyo también a Ernest Schumacher, aunque inevitablemente omito a otros muchos. Surgieron, escribieron y actuaron fundamentalmente en las décadas de los 70 y 80, nutrieron intelectualmente a la llamada Economía Ecológica en sus inicios, y a los nacientes Partidos Verdes, sobre todo en Alemania y en Francia. El movimiento antinuclear –especialmente el alemán– catalizó y reforzó la agregación de ambientalistas, y les ofreció una causa concreta y llamativa para la acción directa. (Absurdamente la derecha alemana con Angela Merkel –CDU– se sometió a los caprichos del Partido Verde para cerrar todas sus centrales nucleares, lo que, hoy sabemos, equivalió no sólo a una verdadera traición y entrega de la soberanía energética alemana a Rusia, sino un enorme retroceso en la transición en la lucha contra el calentamiento global). El andamiaje teórico parecía sólido. El capitalismo no sólo explotaba y alienaba a las clases trabajadoras, sino que, en paralelo y en círculo perverso, explotaba y destruía la naturaleza en un proceso infinito de circulación de capital, crecimiento económico, y de imposición de la lógica de la maximización de ganancias a toda costa. La gran mayoría de los economistas neoclásicos o liberales (en el sentido europeo) suponían que la economía capitalista podía funcionar de manera indefinida, independiente y ajena al mundo físico y biológico. Así lo expresaban los modelos de crecimiento, por ejemplo, Harrod-Domar, Solow-Swan, Cobb-Douglas, etc. La Economía Ambiental (como hija legítima de la economía neoclásica) aún no alcanzaba madurez, a pesar de que Cecil Pigou acuñó el poderoso concepto de externalidades desde los años 20’s y Paul Samuelson en los 50’s la igualmente importante idea de bienes públicos. En aquel entonces, en general, los partidos liberales y conservadores, como las democracias cristianas, no alcanzaban ni a entender ni a procesar plenamente las nuevas banderas ambientales, y mucho menos, a incorporarlas en sus idearios y programas. La extrema derecha no existía. Años después se sumó una nueva militancia comunitarista e indigenista, que, decepcionada del proletariado como vanguardia de la revolución, abrazó a los pueblos y comunidades indígenas como nuevo sujeto de la historia, junto con sus míticos conocimientos ancestrales, cosmogonías, visiones del mundo, manejo colectivo de la tierra y sus recursos, “territorios”, y sitios sagrados supuestamente en sincronía con la naturaleza.
Pero en los años ochenta y noventa ya había alcanzado suficiente proyección la idea de la Tragedia de los Recursos Comunes (Tragedy of the Commons) de Garrett Hardin, o sea, la teoría del fracaso de los sistemas colectivos de manejo de la tierra y de recursos naturales. Por ello, intelectuales de izquierda de la época abrazaron “Managing the Commons” de Elinor Ostrom (Premio Nobel de Economía) que pareció ofrecer una crítica seria a Hardin con ejemplos muy específicos de manejo comunitario relativamente exitoso de recursos colectivos. En años recientes, el ambientalismo se mantuvo firmemente en la izquierda, pero derivando, para su descrédito, a lo largo de los años hasta entreverarse con causas “progresistas” de una izquierda hoy llamada Woke. Así, el ambientalismo se confunde con feministas, abortistas, defensorías selectivas de derechos humanos, grupos pro-Palestina, antisemitas, anarquistas, “antifascistas”, anticapitalistas, indigenistas, NIMBYS (Not in my Backyard) de todo tipo, islamófilos, y con militantes de ideologías de género LGBTTTTIQ+ y de “diversidad e inclusión”.
El descrédito de este ambientalismo Woke se profundizó con el ascenso de la extrema derecha y de un nuevo movimiento conservador en Estados Unidos, Europa y América Latina. Pero la derecha, en vez de aprovecharlo para rescatar un nuevo ambientalismo para sí misma, ha mantenido una reacción visceral contra este, sin intentar separarlo de la ideología Woke y de la izquierda en general. Mucho menos ha intentado una crítica y el desarrollo de una plataforma ambiental propia. Más aún, la derecha y la extrema derecha han ido recogiendo y reclutando presuntos agraviados por el ambientalismo, que hoy configuran importantes bases de apoyo. La derecha debe desafiar el monopolio ambiental de la izquierda, y construir un ambientalismo propio, coherente, serio y creíble. Tal vez de eso dependa que su ascenso vertiginoso en el mundo no sea efímero.