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Opinión

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Desde la cubierta de un barco

Foto: Especial

Cuenta la leyenda que fue en la planta de arriba de su casa color mostaza, donde Herman Melville halló la inspiración definitiva para escribir una de las novelas más ambiciosas de la literatura universal. Mirando por la ventana que daba al norte y que enmarcaba la cumbre del Monte Greylock, la montaña más alta de Massachusetts, le sorprendió que “el ápice horizontal parecía como un enorme cachalote que se elevaba en la distancia. Fue entonces cuando se sentó a trabajar hasta que completó el manuscrito de “Moby-Dick” que se publicaría por primera vez en 1851 y cuya primera página —después de 80 epígrafes y terminando una canción ballenera—  dice así:

Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente—, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me

interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda.

Es así como esta narración suelta las anclas y comienza a navegar mientras cuenta la historia de una travesía en un barco ballenero cuyo narrador, Ismael, se parece mucho al joven escritor norteamericano Herman Mellville cuando buscaba embarcarse para conocer el mundo y escapar de la monotonía de la vida en tierra. Comienzan a aparecer los personajes: Ismael conoce al arponero polinesio Queequeg y a pesar de sus enormes diferencias culturales, entablan una amistad profunda y deciden enrolarse juntos en el Pequod, un navío comandado por el oscuro y enigmático capitán Ahab.

Al principio, el viaje parece una expedición comercial como tantas otras del siglo XIX. La tripulación navega por distintos mares en busca de ballenas, de cuya grasa se obtenía el aceite que entonces era uno de los productos más valiosos del mundo. Melville aprovecha el recorrido para describir con extraordinario detalle la vida de los marinos, las técnicas de caza, los océanos y las costumbres de una tripulación formada por hombres de muy diversos orígenes. Sin embargo, pronto se descubre el verdadero propósito del capitán. Ahab no está interesado en la riqueza ni en el éxito comercial del viaje. Su único objetivo es encontrar y matar a Moby Dick, una gigantesca ballena blanca que años atrás le había arrancado la pierna izquierda durante un enfrentamiento. Desde entonces, la persecución del animal se ha convertido en la razón absoluta de su existencia.

La novela narra cómo esa obsesión termina apoderándose de todo el barco. Ahab convence a la tripulación para seguirlo en una persecución que desafía la prudencia, la naturaleza y el destino. A medida que el Pequod avanza por los océanos, el viaje deja de ser una expedición marítima para convertirse en una lucha entre los deseos humanos y lo que no puede controlarse; en una saga que muchos han descrito como una lucha entre el bien y el mal, donde el capitán no tiene intención de detenerse, está poseído por su amarga sed de venganza, es capaz de arriesgarlo todo desde su barco, su vida y a la tripulación, para perseguir a Moby Dick por todos los mares del mundo y acabar con ella. Caiga quien caiga. Muera quien muera. (Ni siquiera Starbucks, el primer oficial del Pequod, prudente, religioso y responsable, logra convencerlo de abandonar sus malignas intenciones. Preocupado, nos comparte en un párrafo que Ahab “ya no ve el cielo negro y el mar encolerizado, no nota las tablas agitadas, y bien poco escucha ni atiende al lejano rumor de la poderosa ballena, que ya, con la boca abierta, también surca el mar persiguiéndolo”).

Por supuesto que a tales alturas de la novela, ya estamos embarcados en una emocionante aventura, pero también en una obra de una profundidad insólita. Al mismo tiempo, Melville ha convertido la navegación en una metáfora del conocimiento y profundiza en lo que significa emprender una travesía para, de paso ponerse a dialogar con la filosofía, la ciencia, la religión, la historia, el teatro de Shakespeare y hasta la tradición bíblica.

Si usted se anima, lector querido, a irse de vacaciones con Moby Dick se dará cuenta que está viajando con un acompañante que navega entre géneros con la misma libertad con la que un navío cruza los océanos, que no necesariamente en el mar la vida es más sabrosa y que Herman Melville, antes de la existencia de los vuelos transoceánicos, las guías de viaje y el turismo moderno nos regaló un excepcional recorrido por el mundo desde la cubierta de un barco. Muy entretenido pero que también nos obliga a decidir dónde queda el límite de perseguir nuestras obsesiones: ¿hasta que hunda al último hombre? ¿hasta que nos arrastre al fondo del mar?

Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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