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El crepúsculo de una potencia

OpiniónEl Economista

Lo que cada año es la exhibición de poder y orgullo de una potencia mundial se ha convertido hoy en el funeral de sus propias ambiciones. Mientras Moscú se prepara para una celebración más del Día de la Victoria la atmósfera en la capital no es de triunfo, sino de humillación y temor. Rusia llega a esta fecha no como el vencedor sino como una nación desgastada por una guerra sin sentido e interminable.

El frente de batalla se ha convertido en el paredón que nadie puede ocultar. Con cementerios desbordados y miles de hogares sumidos en el luto, el costo humano es la prueba más fehaciente del desastre. Aunque no hay estadísticas oficiales, se estima que Rusia ha perdido más de 1,250,000 soldados en el frente, una cifra al menos dos veces superior a las bajas ucranianas. La “operación militar” ha pasado de ser una marcha triunfal de tres días a un estancamiento sangriento que ha diezmado a la juventud rusa, dejando tras de sí una sociedad mutilada emocional y demográficamente que arrastrará tristeza y pesar por varias generaciones.

Bajo la propaganda de una economía de guerra a plena capacidad, se esconde la agonía del ciudadano común que ve como el desarrollo y las aspiraciones de los últimos años se desvanecen. La población rusa ya no sueña con el progreso, sino con la supervivencia del sector real que se hunde en una recesión maquillada. Los aeropuertos de Moscú y San Petersburgo sufren de cierres continuos por el paso de los drones enemigos. La infraestructura asociada a la exportación de energéticos de Rusia es blanco de ataques diarios de drones ucranianos que procuran debilitar la fuente de recursos que financia el costo de la guerra.

En un intento desesperado por silenciar el descontento —y bajo el argumento de protegerse contra los drones enemigos—, el Kremlin ha levantado un muro digital, apagando intermitentemente el internet y persiguiendo implacablemente las VPN. Muchos de quienes apoyaron la guerra ahora se atreven a criticar públicamente al “Putinismo”, sin temor a las consecuencias severas que les esperan.

El modesto tejido empresarial es hoy una sombra de lo que fue. Las empresas nacionales, desconectadas del mundo, operan con tecnología obsoleta y componentes de contrabando. La economía rusa sobrevive como un “zombi”: sin crecimiento real, sin mano de obra disponible, asfixiada por una inflación desbocada y tipos de interés que impiden cualquier respiro. El presupuesto para defensa representa un exorbitante 30% del gasto público, relegando a un futuro incierto el gasto en educación, salud o el mantenimiento de infraestructura básica. Las sanciones han logrado su objetivo: estancamiento económico con inflación. Las reservas en divisas y oro han disminuido para financiar el déficit presupuestario y están alcanzando niveles de liquidez preocupantes. Suenan las alarmas en los equipos económicos del gobierno; ahora son los cuerpos de seguridad (FSB) quienes toman las decisiones, ya no los tecnócratas.

El Kremlin, que alguna vez se sentó en la mesa de los poderosos, hoy mendiga la atención de un círculo de aliados cada vez más reducido. El vacío en las tribunas de la Plaza Roja es el símbolo de una nación que ha perdido su prestigio, quedando relegada a un “eje de parias” donde la influencia rusa es más una carga que un activo. Se espera la presencia de algunos de sus pocos socios: Bielorrusia, China, Corea del Norte, Cuba, algunos países africanos y unos cuantos líderes de Asia Central que aún no se atreven a distanciarse.

La humillación final llegará este 9 de mayo. Las calles de Moscú acostumbradas al festivo estruendo de los modernos tanques y misiles intercontinentales, verán este año un patético desfile sin equipos que presumir y con un número limitado de cadetes marchando en la plaza roja. Los desfiles en otras ciudades han sido cancelados. Este día de la Victoria será un recordatorio de que Rusia ha sacrificado su juventud, quemado su arsenal, asfixiado su economía y denigrado su prestigio en una guerra sin sentido. Este 9 de mayo no es ya una celebración; es la antesala de un fracaso que marca el principio del final de una era.

Asociado COMEXI, Miembro de la UER Guerra Rusia Ucrania

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