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Opinión

Lectura 20:00 min

El costo de discriminar la diferencia

Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada

“La hegemonía mental es una barrera para regenerar la convivencia.”

¿En qué momento dejamos de comprender a las personas y comenzamos a corregirlas?

Hay niñas y niños que aprenden mirando por la ventana. Mientras el resto del salón copia apresuradamente del pizarrón, su atención se demora en el vuelo de un pájaro, en el movimiento de las hojas o en esa conversación silenciosa que sostienen el viento y los árboles. La maestra pronuncia su nombre y, por unos instantes, regresan al cuaderno. Poco después vuelven a alejarse.

Otros no dejan de mover las piernas, hacen preguntas que interrumpen la clase o necesitan levantarse para recuperar la concentración. También están quienes resuelven problemas complejos con sorprendente facilidad, pero olvidan dónde dejaron los lápices cinco veces en la misma mañana.

Muy pronto aparecen las primeras etiquetas: No pone atención, es un flojo, vive en otro mundo o si quisiera, podría concentrarse.

Los años transcurren, pero el juicio rara vez envejece. Aquellas niñas y aquellos niños llegan a la universidad, forman una familia, emprenden una empresa, dirigen equipos o trabajan con enorme compromiso. Sin embargo, continúan escuchando versiones adultas de las mismas sentencias. Ahora ya no son “niños distraídos”, sino personas desorganizadas, irresponsables, poco confiables o incapaces de administrar su tiempo.

Lo más doloroso es que, después de escuchar durante años esas descripciones, muchas terminan creyéndolas. Dejan de pensar que tienen dificultades para organizarse y comienzan a convencerse de que ellas mismas son el problema. La diferencia deja de ser una circunstancia y se convierte en identidad.

Quizá ahí comienza uno de los costos más altos que pagamos como sociedad. No el costo de una condición médica ni el de una diferencia neurológica. El verdadero costo aparece cuando confundimos una manera distinta de aprender, pensar o relacionarse con un defecto moral; cuando la diversidad humana deja de despertar curiosidad y comienza a provocar incomodidad; cuando, sin advertirlo, transformamos la diferencia en motivo de exclusión.

Durante décadas hemos aprendido a reconocer la discriminación cuando se dirige al color de la piel, al género, a la edad, a la condición económica o a una discapacidad visible. Hemos avanzado, aunque todavía de manera insuficiente, en comprender que ninguna persona merece menos oportunidades por ser distinta. Sin embargo, seguimos practicando otra forma de discriminación mucho más silenciosa: aquella que juzga la manera de pensar, castiga la forma de aprender, desprecia otros ritmos para organizarse e interpreta cualquier diferencia como falta de voluntad o de carácter.

No solemos llamarla discriminación. La escondemos anónima y cómodamente al llamarle disciplina, exigencia o normalidad.

Quizá por eso resulta tan difícil reconocerla.

Esta semana, en Liderazgo, Salud y Sociedad, conversaremos sobre el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, conocido como TDAH. La investigación científica ha permitido comprender que no se trata simplemente de niñas y niños inquietos ni de personas sin voluntad. Es una condición del neurodesarrollo que puede acompañar a alguien durante buena parte de su vida y cuya expresión cambia con la edad.

No todas las personas distraídas viven con TDAH, ni toda conducta distinta requiere un diagnóstico. Pero el tema abre una puerta mucho más amplia que la conversación clínica.

La verdadera pregunta no es cuántas personas mexicanas viven con TDAH. La pregunta que me inquieta es otra.

¿Cuánto le cuesta a México exigir que todas las personas aprendan, trabajen, sientan, lideren y vivan exactamente de la misma manera?

Vivimos una época que presume diversidad, pero continúa premiando la uniformidad. Es un pensamiento hegemónico inhumano porque hablamos de inclusión mientras seguimos construyendo escuelas excluyentes, para un solo tipo de estudiante, empresas para un único estilo de liderazgo y organizaciones que confunden adaptación con talento.

Decimos que valoramos la creatividad, pero desconfiamos de quien piensa diferente. Celebramos la innovación, pero castigamos a quien cuestiona los procedimientos establecidos. Promovemos el liderazgo, pero seguimos recompensando la obediencia.

Quizá la mayor paradoja de nuestro tiempo no sea la falta de diversidad, sino nuestra dificultad para convivir con ella.

Cuando dejamos de mirar personas y comenzamos a mirar etiquetas

Martin Buber, filósofo dedicado al diálogo y a las relaciones humanas, afirmaba que toda relación auténtica comienza cuando dejamos de mirar al otro como un objeto y aceptamos encontrarnos con él como un “Tú”. Cuando dejamos de encontrarnos con las personas y comenzamos a relacionarnos únicamente con las etiquetas que les imponemos, algo esencial se rompe. Ya no dialogamos con un ser humano, sino con la idea que construimos sobre él.

Eso ocurre con mucha más frecuencia de la que imaginamos.

Un estudiante deja de ser curioso para convertirse en “el distraído del salón”. Una colaboradora deja de ser creativa para transformarse en “la que nunca entrega a tiempo”. Una empresaria deja de ser visionaria para convertirse en “la desordenada”. Poco a poco, la etiqueta ocupa el lugar de la persona y desaparece nuestra disposición para comprenderla.

Edgar Morin, pensador y principal referente contemporáneo del pensamiento complejo, advirtió que uno de los grandes errores de la modernidad consiste en fragmentar aquello que forma parte de una realidad viva. Cuando reducimos a alguien a un rasgo de su comportamiento, dejamos de mirar la totalidad de su historia, sus relaciones y sus circunstancias. La persona desaparece detrás de una explicación demasiado simple para una experiencia profundamente humana.

Algo semejante ocurre cuando confundimos una diferencia con una identidad.

Durante décadas, el TDAH fue entendido casi exclusivamente como un problema de niñas y niños inquietos. Hoy sabemos que es mucho más complejo. Puede acompañar a la persona durante la vida adulta; expresarse de manera distinta en mujeres y hombres; afectar la planeación, la administración del tiempo, la regulación emocional y las relaciones; o permanecer sin diagnóstico durante años.

También sabemos que no toda dificultad para concentrarse corresponde a un TDAH. La falta de sueño, la ansiedad, la depresión, el estrés, algunos problemas de aprendizaje o las condiciones del entorno pueden producir manifestaciones semejantes. Reducir cualquier comportamiento distinto a un diagnóstico sería tan irresponsable como negar la existencia de la condición.

Ambos extremos producen daño. Convertimos cualquier diferencia en enfermedad. La otra persona transforma cualquier dificultad en culpa. Y entre ambos desaparece la persona.

Humberto Maturana, biólogo chileno creador de la teoría de la autopoiesis, sostenía que la realidad humana se construye en la relación. No vemos a las personas únicamente como son; las miramos desde la emoción con la que nos acercamos a ellas. Si nuestra primera emoción es el juicio, encontraremos defectos. Si es curiosidad, aparecerán preguntas. Si es el cuidado, comenzaremos a descubrir posibilidades.

Quizá ahí se encuentre la primera responsabilidad de una sociedad verdaderamente humanista. Antes de intentar corregir a quien piensa distinto, necesita aprender a comprenderlo.

La diferencia nunca viaja sola

La pregunta ya no consiste únicamente en comprender una condición del neurodesarrollo. También debemos preguntarnos qué revela esa condición sobre lo que somos como sociedad.

Una diferencia nunca existe en el vacío. Siempre encuentra un contexto que la acoge o la rechaza, que la comprende o la condena, que la acompaña o la convierte en motivo de vergüenza. Dos personas pueden compartir una misma condición y vivir historias profundamente distintas según la familia que las sostuvo, la escuela que las educó, la empresa que las contrató, los servicios de salud a los que tuvieron acceso o el liderazgo que encontraron.

Nos hemos acostumbrado a preguntar qué necesita cambiar la persona. Mucho menos frecuente resulta preguntarnos qué deben transformar nuestras instituciones para dejar de producir exclusión.

Reducir a una persona a un diagnóstico empobrece tanto como reducirla a un prejuicio. En ambos casos dejamos de mirar la totalidad de su historia. Dejamos de preguntarnos qué capacidades posee, qué obstáculos enfrenta, qué apoyos necesita y qué responsabilidad puede asumir para desarrollar su proyecto de vida.

México conoce bien las consecuencias de esa simplificación.

Durante generaciones llamamos flojera a lo que podía ser una dificultad para aprender. Confundimos sensibilidad con debilidad. Castigamos la curiosidad porque interrumpía el orden del salón de clases. Interpretamos el silencio como desinterés y la inquietud como falta de educación. No pocas personas crecieron convencidas de que tenían un defecto moral cuando, en realidad, nadie había aprendido a comprender su manera de relacionarse con el mundo.

Eso explica por qué esta conversación trasciende la salud mental. Habla también del tipo de ciudadanía que estamos formando.

Una escuela no discrimina únicamente cuando niega la inscripción de una persona. También puede hacerlo cuando supone que existe una sola forma legítima de aprender; cuando mide la inteligencia exclusivamente por la capacidad de permanecer inmóvil, memorizar contenidos o responder al mismo ritmo que el resto del grupo; cuando utiliza la vergüenza como método pedagógico o considera que cualquier ajuste constituye un privilegio.

La igualdad no consiste en exigir a todas las personas el mismo recorrido, sino en garantizar que se respeten sus derechos como seres humanos y la equidad en ofrecer condiciones justas, distribuir estratégicamente los recursos de acuerdo a las necesidades de cada quien  para que puedan aprender, participar y asumir responsabilidad y prosperar en comunidad.

Lo mismo ocurre en muchas organizaciones.

Decimos buscar innovación, pero diseñamos procesos para personas idénticas. Hablamos de liderazgo, aunque seguimos premiando comportamientos estandarizados. Pedimos pensamiento crítico, pero penalizamos a quien cuestiona la forma tradicional de hacer las cosas. No siempre excluimos deliberadamente. A veces basta con construir sistemas tan rígidos que solo prosperan quienes logran adaptarse a ellos sin dificultad.

El progreso nunca ha sido obra de personas idénticas. Las grandes transformaciones sociales, científicas, culturales y empresariales comenzaron cuando alguien se atrevió a mirar aquello que las demás personas todavía no alcanzaban a ver.

Eso no significa romantizar la diferencia.

Sería injusto convertir cualquier condición del neurodesarrollo en una especie de superpoder. También lo sería afirmar que toda persona neurodivergente será extraordinariamente creativa, innovadora o emprendedora. Algunas enfrentan dificultades profundas y requieren acompañamiento permanente. Otras desarrollan estrategias que les permiten desplegar sus capacidades. Muchas transitan entre ambas realidades en distintos momentos de su vida.

La diferencia no necesita ser extraordinaria para merecer dignidad.

Precisamente por eso conviene abandonar los extremos. Tan dañino resulta negar la existencia del TDAH como utilizarlo para explicar cualquier comportamiento cotidiano. Tan irresponsable es medicalizar toda diferencia como convertirla en una moda que vuelve innecesarios el diagnóstico y el tratamiento profesional.

El humanismo no sustituye a la medicina. La completa con contexto, conciencia, cuidado y responsabilidad.

Lo que puede ayudarnos es recuperar algo indispensable para el México que queremos construir: la dignidad.

No solamente la dignidad humana en su sentido más amplio, sino aquello que propongo llamar dignidad cognitiva.

La dignidad cognitiva es el reconocimiento de que toda persona merece respeto y oportunidades independientemente de la forma en que aprende, procesa la información, organiza su pensamiento, regula su atención o participa en la vida colectiva. No supone renunciar a las expectativas, justificar cualquier conducta ni cancelar la responsabilidad personal. Significa dejar de medir el valor de alguien por la facilidad con que logra adaptarse al molde que la sociedad considera normal.

Porque quizá el mayor daño de la discriminación no consiste únicamente en excluir a una persona.

Consiste en convencerla de que necesita dejar de ser quien es para poder pertenecer.

La dignidad también piensa diferente

Esta dignidad nos obliga a replantear la manera en que entendemos el liderazgo.

Durante demasiado tiempo hemos confundido dirigir personas con administrarlas. Hemos formado líderes capaces de controlar procesos, medir resultados y supervisar indicadores, pero pocas veces les hemos enseñado a comprender la diversidad humana que existe detrás de cada colaboradora o colaborador.

Quizá por eso muchas organizaciones siguen creyendo que liderar consiste en lograr que todas las personas trabajen igual, cuando el verdadero liderazgo consiste en ayudar a que personas profundamente distintas construyan un mismo propósito sin renunciar a quienes son.

Uniformar parece más sencillo que comprender. Controlar parece más eficiente que acompañar. Corregir parece más rápido que educar. Sin embargo, las organizaciones que producen uniformidad terminan perdiendo aquello que más necesitan para prosperar en un mundo complejo: su capacidad de aprender.

Aprender como organización supone escuchar perspectivas distintas, reconocer que ninguna persona posee toda la verdad y comprender que la diversidad no es un obstáculo para la inteligencia colectiva, sino una de sus fuentes.

Esa idea adquiere una enorme relevancia para México.

Nuestro país necesita innovación, productividad, mejores empresas, mejores instituciones y mejores gobiernos. Difícilmente lograremos construirlos si seguimos creyendo que todas las personas deben pensar, aprender y resolver problemas de la misma manera.

La prosperidad regenerativa no nace de la uniformidad. Nace de la complementariedad.

Empresas que educan o empresas que uniforman

La naturaleza ofrece una lección que rara vez trasladamos a nuestras organizaciones. Ningún ecosistema prospera gracias a la homogeneidad. Los bosques se sostienen porque distintas especies cumplen funciones diferentes y crean relaciones de interdependencia. La diversidad no debilita al sistema; lo vuelve más resiliente.

Las organizaciones humanas tampoco pueden prosperar mediante la repetición.

Una empresa donde todas las personas piensan igual probablemente tomará decisiones rápidas, pero difícilmente descubrirá aquello que nadie está viendo. La creatividad surge cuando distintas maneras de comprender la realidad logran dialogar. La innovación aparece cuando la diferencia deja de percibirse como amenaza y comienza a convertirse en posibilidad.

Esto resulta especialmente relevante para las empresas familiares.

Durante años he acompañado procesos de sucesión y desarrollo humano en familias empresarias. He observado que algunas tensiones atribuidas a la personalidad esconden, en realidad, formas muy distintas de procesar la realidad. Una hija necesita tiempo para reflexionar antes de decidir. Un hijo resuelve desde la intuición. Otra persona requiere estructura. Alguien más necesita explorar alternativas antes de comprometerse.

Ninguna de esas formas es, por sí misma, correcta o incorrecta. El conflicto aparece cuando una de ellas pretende convertirse en la única legítima.

Entonces comienza una competencia silenciosa por definir quién representa la normalidad. Dejamos de construir equipos complementarios y comenzamos a fabricar copias de quienes ocupan el poder.

Ahí pierde la familia, pierde la empresa, pierde el liderazgo… y pierde México.

Paulo Freire, pedagogo defensor de una educación crítica, liberadora y dialógica, afirmaba que educar no consiste en depositar conocimientos dentro de otra persona, sino en crear las condiciones para que comprenda el mundo y participe en su transformación.

Algo semejante ocurre con el liderazgo.

Liderar no debería significar moldear a otras personas para que piensen como nosotros. Liderar consiste en crear las condiciones para que cada integrante del equipo descubra y despliegue responsablemente aquello que puede aportar al bien común.

Esa palabra es indispensable. Responsablemente, porque  comprender nunca debe confundirse con justificar.

La neurodiversidad no elimina la responsabilidad personal. Puede hacerla más consciente. Quien descubre que vive con una condición del neurodesarrollo no recibe una autorización para dejar de crecer. Recibe una oportunidad para comprender mejor cómo funciona, qué necesita aprender, qué apoyos requiere y qué compromisos debe asumir frente a su propia vida.

Lo mismo sucede con la familia, la escuela y la empresa.

Comprender no significa disminuir las expectativas. Significa construir caminos más inteligentes y dignos para alcanzarlas.

Por eso me preocupa que la conversación pública oscile entre dos extremos igualmente estériles. Por un lado, quienes siguen creyendo que todo depende de la fuerza de voluntad. Por el otro, quienes reducen cualquier dificultad a una explicación clínica. Ambos olvidan que el ser humano no puede comprenderse únicamente desde la biología ni únicamente desde la cultura.

Somos historia, cuerpo, relaciones, decisiones, aprendizaje, contexto y posibilidad.

Ahí reside la riqueza del pensamiento humanista. No pregunta solamente qué le ocurre a una persona. Pregunta también qué está ocurriendo entre las personas y qué condiciones permiten o impiden su desarrollo.

El objetivo ya no consiste únicamente en adaptar a alguien al sistema. También exige preguntarnos qué debe transformar el sistema para dejar de desperdiciar personas.

La reconstrucción del tejido social comienza mucho antes de las grandes reformas. Comienza el día en que una maestra pregunta antes de etiquetar; cuando una madre o un padre sustituyen el juicio por la escucha; cuando una persona empresaria deja de buscar colaboradores idénticos y construye equipos complementarios; cuando alguien deja de avergonzarse de aquello que le hace diferente y asume, con responsabilidad, la tarea de conocerse mejor.

Quizá ahí comienza una nueva forma de comprender el liderazgo.

No como el arte de corregir personas, sino como la capacidad de crear las condiciones para que cada ser humano contribuya al bien común desde aquello que auténticamente es.

Regenerar México comienza por la mirada

La historia de un país también puede leerse a través de las palabras con las que decide nombrar a su gente.

Hay sociedades que reconocen ciudadanía en quienes piensan distinto. Otras prefieren llamarlos problemáticos. Algunas descubren posibilidades donde otras únicamente encuentran dificultades. Algunas construyen pertenencia. Otras convierten cualquier diferencia en motivo de sospecha.

No está en juego únicamente la vida de quienes viven con TDAH o con otra condición del neurodesarrollo. También está en juego la calidad humana de la sociedad que estamos construyendo.

Hannah Arendt, filósofa dedicada a comprender la pluralidad y la vida pública, afirmaba que el mundo común solo puede existir cuando somos capaces de compartirlo con personas diferentes. La pluralidad no es un accidente de la humanidad. Es una de sus condiciones esenciales.

México necesita reconciliarse con muchas cosas: con su historia, con sus instituciones, con la confianza, con la legalidad, con el civismo y con el bien común. Pero quizá también necesita reconciliarse con la diversidad humana que siempre ha existido entre nosotros y que durante demasiado tiempo hemos intentado normalizar, corregir o esconder.

No hablo únicamente de quienes viven con TDAH.

Hablo de cualquier persona que alguna vez sintió que debía parecerse a alguien más para ser aceptada. De quien aprendió a ocultar sus preguntas para no incomodar. De quien silenció su creatividad porque parecía más seguro repetir lo establecido. De quien dejó de levantar la mano por miedo a equivocarse. De quien terminó creyendo que el problema era ella misma, cuando quizá el verdadero problema era un entorno incapaz de comprender la diferencia.

Toda sociedad educa, incluso cuando no pretende hacerlo.

Educa cuando una familia escucha antes de juzgar. Educa cuando una escuela pregunta antes de etiquetar. Educa cuando una empresa reconoce que el talento también adopta formas inesperadas. Educa cuando un gobierno diseña políticas públicas que eliminan barreras en lugar de reproducirlas. Educa cuando una comunidad deja de preguntarse qué tiene de malo una persona y comienza a preguntarse qué necesita para desplegar su dignidad y contribuir al bien común.

Ahí comienza, en mi opinión, el verdadero liderazgo humanista. No en la capacidad de dirigir personas, sino en la disposición para descubrirlas.

Porque nadie puede acompañar aquello que primero no ha aprendido a mirar. Y nadie puede regenerar una sociedad mientras continúe creyendo que comprender la diferencia amenaza el orden.

Hace algunos años escribí que toda transformación social comienza cuando una persona decide hacerse cargo de sí misma. Hoy añadiría algo más: también comienza cuando decidimos hacernos cargo de la manera en que miramos a las demás personas.

El juicio educa, la  indiferencia educa, la exclusión educa… y la comprensión, quizá más que ninguna otra cosa, también educa.

El Humanismo Mexicano Regenerativo parte de una convicción sencilla. La dignidad no depende de la productividad, del éxito profesional, de la rapidez para aprender ni de la facilidad para adaptarse a un modelo dominante. Pertenece a toda persona por el hecho de serlo. Nuestra responsabilidad consiste en crear las condiciones para que pueda desplegarse con conciencia, disposición y responsabilidad en beneficio propio y del bien común.

Este desafío corresponde al primer sector cuando diseña políticas públicas incluyentes, genera información confiable y garantiza servicios de salud y educación oportunos. Corresponde al segundo sector cuando entiende que una empresa no solo produce riqueza, sino que también educa liderazgos, dignifica el trabajo, desarrolla personas y construye capital social. Corresponde al tercer sector cuando investiga, acompaña, sensibiliza y tiende puentes con quienes continúan invisibles.

La filantropía consciente también tiene una responsabilidad. No basta con financiar campañas aisladas o atender las consecuencias de la exclusión. Necesita contribuir a transformar las estructuras que la producen, fortalecer capacidades institucionales y acompañar soluciones duraderas.

Pero antes que al gobierno, a las empresas o a las organizaciones sociales, esta responsabilidad nos corresponde a cada una y cada uno de nosotros.

Ninguna ley puede sustituir la mirada con la que decidimos encontrarnos con otra persona.

Quizá nunca logremos construir una sociedad donde todas las personas piensen igual.

Y, francamente, espero que nunca ocurra. Aspiro a algo mucho mejor.

A un México donde nadie tenga que ocultar quién es para aprender, trabajar, liderar, emprender, formar una familia o participar en la comunidad.

Porque el costo de discriminar la diferencia nunca lo paga únicamente quien queda excluido.

Lo pagamos todos cuando desperdiciamos inteligencia, creatividad, sensibilidad, innovación, confianza y esperanza. Lo pagamos cuando una niña deja de creer en sí misma, cuando una persona joven abandona la escuela convencida de que no es suficiente, cuando una empresa pierde talento por no saber reconocerlo o cuando una familia rompe sus vínculos intentando corregir aquello que primero necesitaba comprender.

La pregunta, entonces, deja de ser cuántas personas viven con una condición del neurodesarrollo. La verdadera pregunta es otra.

¿Qué clase de país decidiremos ser cuando comprendamos que la diferencia no es el problema, sino una oportunidad para regenerar nuestra manera de educar, liderar y convivir?

Ojalá podamos seguir esta conversación el próximo martes y jueves en Liderazgo, Salud y Sociedad, por Radio Fórmula. Estoy convencido de que comprender mejor la diversidad humana puede transformar la vida de muchas personas y ayudarnos a reconstruir, una persona a la vez, el tejido social que México necesita.

Porque una sociedad verdaderamente desarrollada no será aquella donde todas las personas piensen igual.

Será aquella donde cada persona pueda ofrecer al bien común aquello que solamente ella puede aportar, sin tener que renunciar a quien es para ser digna de pertenecer.

*El autor es Doctor en Desarrollo Humano por la Universidad Motolinía del Pedregal; Maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana; Master Ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico por IE Business School y Licenciado en Comunicación Gráfica. Es desarrollista humano, empresario, docente, consejero sistémico y columnista en El Economista.

jaime.cervantes@liderality.com | 🌐 LinkedIn | Instagram

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El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de empresa, España.

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