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Opinión

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La copa de Trump

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

Hay políticos que no soportan perder una elección. Donald Trump pertenece a una categoría superior: no soporta perderse una fotografía. Si pudiera, aparecería en la Última Cena preguntando quién pidió el vino. Su ego tiene tal vocación fotográfica que considera un desperdicio cualquier cámara que no lo enfoque.

La final de la Copa del Mundo dejó una imagen digna de estudio psiquiátrico. España conquistó el campeonato en la cancha, pero Trump intentó conquistar el podio. El presidente de Estados Unidos entregó el trofeo a los campeones y, una vez cumplido el protocolo, hizo exactamente lo contrario de lo que éste indica: quedarse en el escenario, justo en el centro, como si hubiera anotado el gol decisivo, detenido un penalti o inventado el fuera de lugar.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA y especialista en hacer reverencias diplomáticas de máximo nivel competitivo, descubrió que hasta la sumisión tiene límites. Con la delicadeza de quien intenta retirar un oso de una cristalería, comenzó a hacer discretas señas para que el mandatario abandonara el escenario. Pero Trump interpretó aquellas indicaciones como si fueran una invitación a ocupar el mejor lugar de la fotografía.

La vida tiene un sentido del humor de alto rendimiento. De pronto el orate anaranjado, tuvo que cumplir con una obligación soberana: entregar la Copa de campeón a España. Sí, a España. Al mismo país con cuyo gobierno mantiene una relación más fría que un gazpacho servido en Groenlandia. Recordarán que no hace mucho manifestó su molestia porque Pedro Sánchez se negó a incrementar el gasto destinado a respaldar las operaciones militares estadounidenses en Medio Oriente. Para Trump, los aliados ideales son los que dicen "yes, sir" antes incluso de escuchar la pregunta.

Pero el episodio todavía guardaba una escena memorable.

Cuando llegó el instante esperado por millones de aficionados, Trump seguía plantado frente al trofeo. Ni corto ni perezoso, ocupó el lugar reservado a los campeones, como ese invitado que aparece en todas las fotografías familiares pese a no pertenecer a la familia.

Los jugadores se miraban entre sí preguntándose, quizá, si el reglamento contemplaba la posibilidad de expulsar a un jefe de Estado por invasión indebida del área de celebración. Y ocurrió algo extraordinario. Los españoles no levantaron la Copa mientras Trump permanecía en medio. Esperaron, pacientemente. Como quien aguarda a que un turista distraído termine de tomarse la selfie frente a un monumento. Sólo cuando el mandatario abandonó, no sin cierta resistencia, el centro del escenario, el trofeo finalmente se elevó hacia el cielo.

Fue una escena fantástica y simbólica. España necesitó apartar un ego para poder levantar una Copa.

Rodri resolvió el problema con un toque en la espalda. Quizá alguien debería conservar ese gesto para la próxima cumbre internacional. Es bastante más barato que la diplomacia y, por lo visto, mucho más efectivo. El toque de espalda no fue una falta, ni una expulsión. Fue algo mucho más doloroso para Trump: recordarle que, por una vez en su vida, estaba de más. Al final entendió que la Copa del Mundo tiene dueño, aunque él ya debe estar preparando un decreto para declararse campeón honorario y ordenar que en la próxima edición el trofeo lleve grabado: "Made Great Again".

Trump abandonó el cuadro con la misma resignación con la que un actor secundario acepta que el Óscar se lo dieron al protagonista. Lo único que faltó fue que reclamara a la FIFA un VAR fotográfico para revisar si, por reglamento, había suficientes centímetros de su figura en la imagen oficial.

Rodri esperó a que el invitado incómodo desalojara el escenario para levantar la Copa. Fue un gesto de cortesía y también de profilaxis fotográfica. Porque una cosa es ganar un Mundial y otra muy distinta cargar, además del trofeo, con el ego de Donald Trump.

Punto final

Un presiente mexicano no necesitó ningún mundial para levantar la copa: Felipe Calderón.

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Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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