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Colusión algorítmica
Javier Núñez Melgoza | Competencia y mercados
Hace varios años surgió la preocupación de que los programas de cómputo que fijan precios pudieran coordinarse entre sí, sin intervención directa de las personas, lo cual se denominó colusión algorítmica. Al inicio, la discusión parecía académica. Sin embargo, una proporción cada vez más amplia de los precios en diversos ámbitos es determinada con la intervención de un programa que observa el mercado y reacciona rápidamente. Un estudio sobre gasolineras alemanas encontró que los márgenes aumentan 28 por ciento cuando dos gasolineras competidoras adoptan algoritmos, pero no hay cambios cuando solo una de ellas lo hace. En los EE. UU. se litigan los primeros casos relacionados con el uso de algoritmos en precios.
Ezrachi y Stucke identifican cuatro modalidades de aplicación de algoritmos para definir precios. En la primera, el programa actúa como mensajero, es decir, los directivos acuerdan el precio y el algoritmo solo lo ejecuta y vigila que nadie se desvíe. En la segunda, llamada colusión tipo eje y radios (hub and spoke), varios competidores contratan por separado un mismo programa, que dispone de los datos de todos y alinea sus precios. Es el caso investigado en EE. UU. de RealPage, cuyo programa recomienda rentas a miles de arrendadores, y el de hoteles en Las Vegas y Atlantic City, demandados por usar el mismo programa de tarifas. En la tercera, denominada agente predecible, cada empresa diseña su propio algoritmo, que reacciona igual y de inmediato a los precios de los rivales, de modo que bajar el precio deja de ser rentable, es decir, se trata de una modalidad de colusión tácita. En la cuarta, llamada ojo digital, los algoritmos de aprendizaje descubren por ensayo y error que mantener precios altos es más redituable que competir, sin que nadie los programe para ello.
Para las autoridades el problema es probar la colusión. La teoría económica distingue entre la colusión explícita, que supone un acuerdo y comunicación entre competidores; la colusión tácita, que puede producir el mismo resultado, aunque sin acuerdo explícito, a partir de que cada empresa anticipa la reacción de las demás; y el paralelismo de precios, en el que se observan precios que se mueven juntos, como resultado de colusión oculta o de un aumento común de costos. Las leyes de competencia sancionan la colusión explícita y, con indicios suficientes, otras formas menos formales de coordinación. No sancionan la colusión tácita, pues equivaldría a castigar a las empresas por conocer su mercado, ni el paralelismo, que solo es un indicio.
La modalidad mensajero es un acto ilegal. La modalidad de eje y radios está en la frontera que define la colusión explícita. En ese ámbito se analizaron los casos de los hoteles. En 2025, un tribunal de apelaciones desechó la demanda contra los hoteles de Las Vegas porque no se acreditó que el programa usara datos confidenciales de un hotel para fijar los precios de los otros, ni que los hoteles debieran seguir sus recomendaciones. En julio de este año, otro tribunal permitió continuar con la demanda contra los hoteles de Atlantic City, porque ahí sí se alegaron ambas cosas. Por su parte, las modalidades de agente predecible y ojo digital podrían ser colusión tácita, que normalmente no es sancionable. A esa categoría corresponde el caso de las gasolineras alemanas.
Las autoridades enfrentan un reto doble. Requieren instrumentos tecnológicos para identificar patrones de precios que se ajustan rápidamente. Sin embargo, la detección de paralelismo no basta para establecer una conducta ilegal. Al parecer, en los casos de frontera las autoridades empiezan a adoptar un enfoque en el que la definición de la responsabilidad se basará en la conciencia de los ejecutivos sobre las repercusiones del uso de los programas. El riesgo es que ello traslade la discusión a un terreno que no estará exento de controversia o discrecionalidad.
*El autor es especialista en competencia económica y regulación. Socio Director de Ockham Economic Consulting.
X: @javiernunezmel