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Opinión

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¿Por qué la caída de la fecundidad en México merece una segunda mirada?

Rafael Lozano | Columna Invitada

Saber cuántos hijos tiene, en promedio, una mujer a lo largo de su vida reproductiva va más allá de una curiosidad demográfica. De ese número depende, años después, cuántas vacunas habrá que comprar, cuántas aulas se necesitarán, cuántas maestras de primaria habrá que formar y cuántos trabajadores sostendrán las pensiones de los adultos mayores de entonces. Cada nacimiento de hoy es una fila que alguna institución tendrá que atender mañana. Calcular mal esas cifras —por exceso o por defecto— tiene a la larga, un costo.

Por eso, algunos resultados de la Encuesta Intercensal (EIC) 2025 provocan inquietud. Si la fecundidad mexicana hubiera descendido a 1.2 hijos por mujer, estaríamos ante un cambio muy rápido. Las preguntas aparecen de inmediato: qué ocurrirá con el envejecimiento, la fuerza de trabajo, las pensiones o el tamaño futuro de la población. Todas son preguntas legítimas. Pero antes de responderlas conviene formular otra, quizá más importante: ¿qué tan grande es realmente la caída que estamos observando?

La fecundidad mexicana está disminuyendo, eso no está en duda. Lo que merece una lectura más cuidadosa es su magnitud y, sobre todo, la velocidad del descenso. Cuando una cifra cambia rápido, es recomendable examinar cómo fue construida. La duda, en ese caso, se vuelve parte del resultado. Este texto pretende funcionar como una pequeña dosis de ansiolítico metodológico. Busca proponer algo más sencillo: antes de construir una narrativa un tanto alarmista sobre el futuro del país, hay que revisar qué está midiendo la EIC, cómo lo hizo y con qué método.

México dispone de distintas fuentes para medir la fecundidad. La Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) utiliza un método directo. A cada mujer se le pregunta su historia reproductiva: en qué mes y año nació cada uno de sus hijos. Con esas historias es posible reconstruir los nacimientos ocurridos en determinados años y calcular las tasas de fecundidad correspondientes a cada grupo de edad. La información procede, además, de la propia mujer.

El Censo y la Encuesta Intercensal utilizan un procedimiento diferente. Preguntan cuántos hijos ha tenido una mujer y cuándo nació el más reciente. A partir de esa información se estima indirectamente cómo se distribuyeron los nacimientos entre los distintos grupos de edad. Una fuente observa la historia reproductiva completa; la otra debe reconstruir una parte de ella. A esto se añade una segunda diferencia, independiente del método de estimación: quién proporciona la información.

En la ENADID cada mujer responde sobre su propia historia. En el Censo y la Encuesta Intercensal, una persona puede proporcionar la información de todos los integrantes de la vivienda. Puede conocer perfectamente la edad, escolaridad o parentesco de quienes viven allí y, sin embargo, no recordar con igual precisión cuántos hijos ha tenido otra mujer del hogar o cuándo ocurrió su nacimiento más reciente

Por tanto, se reconocen dos problemas: uno corresponde a la forma de estimar la fecundidad y otro al conocimiento que tiene quien responde. Ninguno invalida por sí mismo una encuesta. Pero ambos importan cuando queremos interpretar diferencias pequeñas o caídas extraordinariamente grandes.

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En la ENADID, la tasa global de fecundidad pasó de 2.07 hijos por mujer en 2016 a 1.60 en 2021. Es una reducción de 22.7% en cinco años. Si se compara, también a cinco años, el Censo de 2020 —cuya información sobre fecundidad corresponde aproximadamente a 2019— con la Encuesta Intercensal 2025, la estimación pasa de alrededor de 1.9 a 1.2 hijos por mujer: una caída cercana a 37%.

Ambas fuentes muestran un descenso, pero no la misma velocidad para un periodo similar. No sería razonable escoger una cifra simplemente porque resulta más tranquilizadora, como tampoco aceptar automáticamente la más espectacular. La pregunta es qué puede explicar la diferencia entre ambas trayectorias. Una primera posibilidad es que la fecundidad se haya acelerado realmente después de 2021. Es perfectamente posible y debe investigarse. Otra es que parte de la diferencia provenga de los instrumentos utilizados para observarla. Y ambas cosas pueden estar ocurriendo al mismo tiempo.

Por eso resulta útil mirar las tasas por edad. Entre 2016 y 2021, la ENADID muestra una disminución muy importante de la fecundidad adolescente. Ese descenso forma parte de una tendencia conocida y representa uno de los cambios más importantes ocurridos en la reproducción mexicana reciente. La Encuesta Intercensal muestra, además, caídas muy grandes en las edades donde se concentra buena parte de los nacimientos: entre 20 y 24 años y entre 25 y 29. Podría pensarse inmediatamente en una postergación de la maternidad: mujeres que tienen sus hijos más tarde. Pero para sostener esa interpretación tendríamos que observar con claridad el desplazamiento de los nacimientos hacia edades posteriores, particularmente después de los 35 años. Con los datos disponibles, ese movimiento todavía no aparece con la intensidad suficiente para explicar por sí solo la caída de las edades centrales. La disminución de la fecundidad entre los 20 y los 34 años debe quedar, por ahora, como una pregunta abierta y, precisamente por eso, como otro de los hallazgos que requieren investigación.

Habrá que explorar cambios en la formación de parejas y uniones, uso de anticonceptivos, escolaridad, participación laboral femenina, acceso a servicios de salud reproductiva y otros cambios ocurridos en las trayectorias de las mujeres. También habrá que considerar qué está ocurriendo con los hombres: edades al formar pareja, estabilidad de las uniones, inserción laboral, disposición a tener hijos y participación en las decisiones reproductivas. La fecundidad no depende sólo de lo que hacen las mujeres, aunque las encuestas la midan principalmente a través de ellas. También habrá que distinguir modificaciones permanentes del número de hijos de desplazamientos temporales en el momento de tenerlos.

Y habrá que contrastar las encuestas con otra fuente fundamental: los nacimientos registrados. El registro de nacimientos tiene sus propias dificultades para calcular tasas recientes. Los registros se completan con años de retraso y, paradójicamente, persiste el subregistro en áreas marginadas. Además, para construir tasas por edad necesitamos denominadores poblacionales adecuados. Pero precisamente por eso ninguna fuente debería cargar sola con toda la interpretación.

La Encuesta Intercensal tiene una enorme virtud: permite ver el territorio con un detalle difícilmente alcanzable con otras fuentes. Nos muestra estados, municipios y diferencias entre grupos sociales. La ENADID, por su diseño y por recoger directamente la historia reproductiva de cada mujer, ofrece mejores condiciones para reconstruir el nivel y la estructura por edad de la fecundidad. Los registros administrativos aportan, a su vez, otra observación independiente del fenómeno.

La fecundidad mexicana se encuentra por debajo del nivel de reemplazo. Eso tiene consecuencias demográficas importantes y sería absurdo ignorarlas. Pero entre reconocer una tendencia y aceptar sin contraste la cifra más reciente existe una diferencia fundamental. Si la fecundidad realmente ha llegado a 1.2 hijos por mujer, necesitamos comprender cómo ocurrió una transformación de semejante magnitud en tan poco tiempo. Y si parte de esa caída procede de la manera en que estamos observándola, también necesitamos saberlo.

Una cifra extraordinaria no exige incredulidad; exige contraste. Y cuando distintas fuentes observan velocidades diferentes de un mismo proceso, esa discrepancia no es simplemente ruido estadístico que deba eliminarse antes de contar la historia. Es parte de la historia.

La ansiedad demográfica puede ser comprensible ante la magnitud de la caída de la fecundidad reportada por la EIC. Pero antes de preguntarnos cuántos trabajadores sostendrán las pensiones dentro de treinta años, quizá convenga asegurarnos de cuántos niños están dejando realmente de nacer hoy.

Referencias para profundizar la lectura

  • INEGI. Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2023. ENADID. Marco de referencia. 2024. https://www.inegi.org.mx/app/biblioteca/ficha.html?upc=889463916703&utm_
  • INEGI. Encuesta Intercensal 2025. EIC. Síntesis metodológica y conceptual. 2026. https://www.inegi.org.mx/app/biblioteca/ficha.html?upc=889463931133&utm

*El autor es investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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