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Opinión

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Burning Man: La ciudad que arde

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Cada agosto, sin falta, más de uno de mis pacientes llega al consultorio con un itinerario en la mano. Boleto comprado, campamento asignado, goggles y disfraces empacados:

Doctora, voy a Burning Man. ¿Qué debo cuidar antes de irme?

Los llamo peregrinos del polvo y cada año son más. Cruzan la frontera, vuelan a Reno y manejan dos horas hacia un desierto que, durante nueve días, deja de ser desierto para convertirse en una de las ciudades más extrañas del planeta. Y cada año me obligan a estudiar de nuevo un fenómeno que empezó como una fogata en una playa y terminó siendo un espejo de nuestra época.

El desierto que se vuelve ciudad

En 1986, un hombre llamado Larry Harvey y su amigo Jerry James levantaron una figura de madera en una playa de San Francisco y le prendieron fuego. Eran solo ellos y un puñado de curiosos. Cuatro años más tarde, la fogata se mudó al desierto de Black Rock, en Nevada, y desde entonces no ha dejado de arder. De unas cuatro mil personas a mediados de los noventa pasó a cincuenta mil en 2010 y a casi ochenta mil en los últimos años. Durante esa semana, Black Rock City se convierte en la tercera ciudad más poblada de todo Nevada.

No es un festival en el sentido habitual de la palabra. No hay escenario principal ni cartel de artistas. Todo lo construyen los propios asistentes: los campamentos, las esculturas que arden, los vehículos mutantes, la música que no se detiene. La ciudad se levanta, se habita y se desmonta hasta no dejar una sola huella en la arena. Ese último punto es, de hecho, uno de sus diez principios, junto con la inclusión radical, el obsequio, la autoexpresión y una idea que a los lectores de este diario les sonará casi a herejía: la descomercialización.

Porque dentro de Black Rock City no se vende casi nada. Solo hielo. Lo demás se regala. Un café, una comida, un abrazo. No hay precio, ni siquiera trueque: hay obsequio. Y, sin embargo, esa ciudad que expulsa el dinero es también una de las máquinas económicas más curiosas que conozco.

De los bohemios a Silicon Valley

Lo paradójico es que una ciudad que prohíbe el comercio deja tras de sí un impacto económico de al menos sesenta millones de dólares al año en Nevada: cincuenta millones de los asistentes y diez de la organización. Los hoteles de Reno se llenan, el aeropuerto recibe en esos días más pasajeros que en Navidad y, desde 2015, el Estado cobra un impuesto del nueve por ciento sobre cada boleto.

Y ese boleto ya no es como los de antaño. En 2012 costaba unos trescientos ochenta dólares. Este 2026 va desde quinientos cincuenta hasta tres mil dólares, más el pase vehicular y los impuestos. Todos otorgan el mismo acceso; no existe, al menos en el papel, una zona VIP. Pero un presupuesto realista para acampar ronda entre los mil quinientos y los dos mil quinientos dólares, sin contar el vuelo. El evento que nació como refugio de bohemios se ha convertido en destino de influencers, celebridades y la élite de Silicon Valley.

Lo cuento sin juzgarlo. Me interesa más la pregunta que se esconde debajo: ¿por qué tantas personas que lo tienen todo pagan una fortuna por pasar una semana en el polvo, sin lujos, regalándose cosas entre desconocidos? Volveré a ella al final.

El Mayan Warrior

No existe una cifra pública confiable de cuántos mexicanos asisten a Burning Man. El censo del propio evento registra el país de residencia apenas bajo la categoría de extranjeros, sin desglosar a México. Lo que sí sabemos es que en 2022 compraron boletos personas de 91 países y que alrededor de uno de cada seis asistentes llega de fuera de Estados Unidos. Poner un número exacto de mexicanos sería inventarlo.

Prefiero hablar del Mayan Warrior. Hace algunos años, un joven emprendedor mexicano Pablo González Vargas, creador del sistema de pagos Sr. Pago reunió a un colectivo de artistas para construir un vehículo mutante que fusionara el arte huichol y maya con la tecnología, los láseres y el sonido electrónico. El Mayan Warrior se convirtió en una de las atracciones más queridas de la playa, un pedazo de México rodando por el desierto de Nevada.En 2023 lo consumió un incendio; poco después renació con otro nombre. Esa capacidad de arder y volver a levantarse me parece, a estas alturas, casi una definición del fenómeno.

Y ahora existen más de ochenta eventos regionales oficiales al año, en comunidades de más de setenta y cinco países: AfrikaBurn, en Sudáfrica; Kiwiburn, en Nueva Zelanda; Nowhere, en España, que dejó de celebrarse en 2024. La cultura se ha globalizado, con todo lo hermoso y lo complicado que eso implica, un tema que ya rocé en aquella columna sobre a quién pertenece realmente una medicina, una planta, un rito.

El viaje y sus cuidados

Es sabido sería ingenuo fingir lo contrario que en estos festivales el consumo de sustancias ocurre de muchas maneras. Lo digo sin escándalo, como lo escribí en mi columna pasada sobre el menú de la noche: negarlo no protege a nadie; hablarlo con claridad, sí. Por eso, cuando un paciente me anuncia su viaje, mi primera respuesta nunca es un sermón. Es, sin embargo, una invitación a la honestidad. Prefiero que me lo cuenten a que se cuiden solos.

En Burning Man existe un modelo del que he aprendido mucho. El Zendo Project nació justamente allí, en 2012, como una iniciativa de reducción de daños. Ofrece lo que sus integrantes llaman primeros auxilios psicodélicos: un espacio tranquilo y personas entrenadas que acompañan a quien atraviesa una experiencia difícil, sin juzgarlo, bajo un principio que debería estar grabado en toda sala de urgencias: lo difícil no es lo mismo que lo malo. Sus fundadores observaron que a estos festivales les falta lo que las ceremonias indígenas sí tenían, un entendimiento cultural de cómo, cuándo y con quién se toma un sacramento y cómo cuidar a quien va en el viaje.

En mi consultorio, lo que reviso con mis pacientes antes de que partan cabe en unas cuantas ideas. Primero, un tamizaje honesto cardiovascular y psiquiátrico. El desierto suma calor extremo, deshidratación y esfuerzo físico; algunas sustancias elevan la temperatura corporal y el ritmo cardíaco, y esa combinación puede ser peligrosa para un corazón desprevenido. Segundo, las interacciones. Algunos antidepresivos serotoninérgicos y ciertos estabilizadores, como el litio, pueden presentar riesgos al combinarse con determinadas sustancias, desde la atenuación de sus efectos hasta complicaciones graves, como el síndrome serotoninérgico o las convulsiones. Tercero, el set and setting: el estado mental con el que uno llega y el entorno en el que se encuentra pueden pesar tanto como la molécula. Y cuarto, una conversación que dejo abierta a propósito, porque la ciencia aún la discute: hasta dónde un antecedente personal de psicosis, o incluso uno familiar, debe cerrar la puerta. No tengo un veredicto. Tengo cautela, y la comparto.

Un pequeño manual para el desierto

Como en el consultorio no siempre alcanza el tiempo, dejo aquí el mapa breve que reparto a mis pacientes antes de que se marchen.

Antes. El cuidado empieza semanas atrás. Duerma bien los días previos y revise con su médico sus medicamentos. Llegue hidratado y con electrolitos a la mano. En el terreno integrativo, el magnesio ayuda con la tensión muscular y el sueño, y los adaptógenos como la ashwagandha o la rhodiola pueden apuntalar la resistencia al estrés; conviene conocerlos de antemano, nunca estrenarlos en pleno viaje. Y algo que en México ya es posible: si va a consumir, analice su sustancia.

Beba agua, pero no en exceso: tan peligrosa es la deshidratación como la intoxicación por agua, que desploma el sodio y ha costado vidas en festivales. Acompañe el agua con sales y con comida. Cuide la temperatura sombra, pausas, descanso, porque varias sustancias elevan el calor del cuerpo y el desierto ya lo hace por su cuenta. No mezcle: el alcohol con estimulantes, o dos depresores juntos, multiplican el riesgo. Vaya con gente de confianza que sepa su nombre y sus alergias. Y localice desde el primer día el puesto médico y el espacio de acompañamiento el Zendo, en Burning Man.

Después. El cuerpo pide reponerse. Duerma, coma de verdad y rehidrátese con electrolitos. El magnesio y los antioxidantes acompañan la recuperación tras días de esfuerzo, calor y baile. Hay quien pregunta por el 5-HTP para el bajón anímico que sigue a algunas sustancias; le pido cautela, pues la evidencia es escasa y, combinado con antidepresivos, puede desencadenar un síndrome peligroso, de modo que jamás se automedique: pregunte primero. Y no descuide la parte que más se olvida, la integración: regálese días tranquilos para digerir lo vivido y, si aparecen ansiedad, insomnio o pensamientos que no ceden, busque ayuda profesional sin esperar.

Guarde también estos números, por si usted o alguien cerca los necesita: la Línea de la Vida, 800 911 2000, y SAPTEL, 55 5259 8121, ambas gratuitas y a toda hora.

Termino donde siempre termino, porque no sé cuidar de otra manera. Todo lo anterior cabe en una sola idea: prevenir no es prohibir, es preparar. La mejor reducción de daños ocurre mucho antes de pisar el polvo.

Y queda flotando aquella pregunta. ¿Por qué tantas personas viajan tan lejos, gastan tanto y renuncian a tanto confort para pasar una semana regalándose cosas en el polvo? Sospecho que van a buscar algo que el mundo del dinero, ese que llena las páginas de este diario, no siempre sabe dar. Arden una figura de madera para recordar, quizá, que todo lo que construimos es temporal, y que aun así vale la pena construirlo con belleza. No es poca cosa para traerse de vuelta a casa.

Cuídense mucho.

Dra. Carmen Amezcua

Si este texto despertó su curiosidad por el territorio de las sustancias que expanden la mente y por cómo acompañarlas con cuidado, encontrará más de este mapa en mi libro, Tu Viaje de Sanación Psicodélica.

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Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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