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No basta con abrir la puerta...

OpiniónEl Economista

No basta con abrir la puerta, jalar una silla a la mesa o creer que estamos creando un lugar para las mujeres. El desafío de la equidad no está en abrir a las mujeres los ámbitos público y privado; el verdadero reto está en crear espacios seguros que generen pertenencia, permanencia y desarrollo en las personas.

Hace unos días, en un encuentro convocado por inDrive en Mérida, participé en una conversación que, en apariencia, unía dos mundos muy distintos: el deporte y la movilidad. Frente a un grupo de niñas, una mujer con discapacidad que se gana la vida manejando les contó cómo llegó hasta ahí. Mientras hablábamos sobre mujeres conductoras y mujeres en el deporte, me di cuenta de que ambas esferas comparten el mismo estereotipo histórico: que la cancha y el volante son territorio de hombres. Y fue así que me surgió la duda, ¿qué es lo que necesitamos las mujeres para sentir que realmente pertenecemos a un espacio, un trabajo, un deporte, una profesión…?

Durante años hemos medido el avance de la equidad con indicadores relativamente sencillos: cuántas mujeres hay en la mesa, cuántas llegaron a puestos de liderazgo, cuántas comenzaron a practicar un deporte, cuántas encontraron una profesión en ser conductoras y se incorporaron a una plataforma digital. Estas son métricas importantes, pero a mi parecer insuficientes. Un estudio de EY y espnW encontró que 94% de las mujeres que llegan a la dirección general practicaron algún deporte: 52% a nivel universitario, frente a 39% en otros niveles gerenciales. Lo que las separa no fue haber empezado, sino haber seguido. Así, abrir la puerta nunca ha sido el final del camino; ese no puede ser el resultado final.

Abrir puertas es sencillo, lo complicado es construir entornos donde las mujeres puedan sentirse y estar seguras, sean asimiladas y puedan sentir pertenencia.

Lo he visto una y otra vez trabajando con niñas y jóvenes en distintas comunidades del país. Muchas llegan a las canchas por curiosidad. Otras porque las invitaron o bien su mamá las inscribió. Algunas porque quieren hacer amigas o ser parte de alguna actividad divertida. Ninguna de las razones por las que las niñas llegan a la cancha determina su permanencia en ella.

Y ojo, no es el talento, ni la disciplina, ni el estatus socioeconómico lo que determina su permanencia. Lo que mantiene a las niñas en una cancha es la experiencia que viven dentro de ella. ¿Se sienten escuchadas? ¿Se sienten seguras? ¿Se equivocan y aprenden sin ser juzgadas? ¿Existen modelos femeninos a quienes admirar? ¿Saben que alguien las respaldará si enfrentan violencia, discriminación o acoso? La permanencia depende mucho menos del esfuerzo individual de las mujeres que de la calidad de los entornos que construimos.

Como bien dicen, el deporte es solo el reflejo de nuestra sociedad. Lo mismo ocurre fuera de la cancha. Sucede en una empresa, en una universidad, en el transporte o detrás del volante de un automóvil. La agencia de las personas no consiste únicamente en tener acceso a un territorio; consiste en poder habitarlo con seguridad, confianza y posibilidades reales de desarrollo. Tener capacidad de acción y decisión para alcanzar logros.

Por eso creo que la conversación sobre equidad necesita cambiar de enfoque. Hemos dedicado años a discutir cómo incorporar más mujeres a sectores tradicionalmente masculinos, sin cuestionar si los mismos entornos deben transformarse. El tiempo nos ha demostrado que ni las profesiones, ni los deportes tienen género. Sin embargo, deberíamos preguntarnos cómo transformar esas estructuras para que las mujeres no tengan que adaptarse permanentemente a reglas que nunca fueron diseñadas pensando en ellas.

Ese cambio exige mucho más que campañas de comunicación. Requiere revisar políticas, incentivos, mecanismos de protección, procesos de formación y, sobre todo, la cultura cotidiana. Las organizaciones que realmente están generando impacto no son necesariamente las que hacen más ruido, sino las que entienden que la inclusión es una decisión de diseño, no un acto simbólico. En She Wins México lo trabajamos como una caja de herramientas: usar la voz, tomar el espacio propio, sostener una decisión, construir redes. Son las mismas herramientas que necesita una mujer detrás del volante.

Cada vez vemos más empresas que comprenden esta responsabilidad y diseñan iniciativas para reducir barreras de entrada y fortalecer redes de apoyo. No son actos aislados ni números que cumplen cuotas.

Ese día en Mérida, las niñas salieron a la cancha a aprender y a jugar. Esa es, probablemente, la lección más importante que el deporte me ha enseñado. Una cancha nunca transforma una vida por sí sola. Lo hace cuando alrededor de ella existe una comunidad que acompaña, escucha, adecua, protege, modifica y genera oportunidades para seguir creciendo.

Porque la inclusión y la equidad no se miden por las puertas que abrimos o las sillas que jalamos, sino por los espacios donde las personas finalmente se sienten bienvenidas y desarrollan un sentido de pertenencia.

*La autora es Directora y Fundadora de She Wins México

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