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Opinión

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Barriga llena, corazón contento… y un país enfermo

Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada

“Barriga llena, corazón contento”.

Lo repetimos con orgullo, con ternura, con identidad. Es una frase que nace de nuestra historia, de la mesa compartida, del maíz que nos une como nación. Sin embargo, hoy esa expresión nos confronta con una ironía dolorosa, porque el corazón puede estar contento unos minutos, mientras el cuerpo se vuelve lento, inflamado y silenciosamente moribundo. Lo más delicado no es esa contradicción fisiológica, sino que ya nos parece normal.

El abandono de nuestra salud

Una nación no colapsa de golpe, se abandona poco a poco en sus hábitos cotidianos. México está viviendo una crisis profunda que no hemos querido mirar con la seriedad que exige nuestro presente. No es solo obesidad, no es solo anorexia, no es solo sedentarismo. Es un modelo de vida que está rompiendo el equilibrio entre cuerpo, mente y sociedad. Los datos ya no permiten evasión. La Organización Mundial de la Salud reporta que en 2022 el 43 por ciento de la población adulta mundial vivía con sobrepeso y el 16 por ciento con obesidad. En América Latina, la Organización Panamericana de la Salud documenta que el 67.5 por ciento de las personas adultas y el 37.6 por ciento de niñas, niños y adolescentes están en esa condición. En México, la ENSANUT confirma que cerca del 75 por ciento de las personas adultas viven con sobrepeso u obesidad y que uno de cada tres niñas y niños ya está en ese mismo camino. Esto no es una estadística, es una señal de quiebre estructural.

Y ese quiebre no es abstracto. Tiene consecuencias concretas y medibles. La obesidad hoy es uno de los principales detonadores de enfermedades no transmisibles en México. Está directamente asociada con diabetes tipo 2, hipertensión, enfermedades cardiovasculares —la principal causa de muerte en el país—, así como con ciertos tipos de cáncer, hígado graso y trastornos del sueño.

En términos de salud mental, la evidencia también es contundente. Las personas con obesidad presentan mayor riesgo de ansiedad y depresión, entrando en un ciclo donde el malestar emocional alimenta la compulsión, y la compulsión profundiza el malestar.

El impacto no es solo sanitario, es económico y estructural. Diversas estimaciones han señalado que el costo de la obesidad y sus comorbilidades puede representar hasta cerca del seis por ciento del Producto Interno Bruto en México, entre atención médica, pérdida de productividad y deterioro de la calidad de vida.

Dicho de otra manera, no estamos frente a un problema de peso, estamos frente a un problema de sostenibilidad nacional.

Reducir este fenómeno a una narrativa de exceso o de falta de disciplina sería un error ético y estratégico. No estamos frente a un problema de voluntad individual, sino frente a un problema sistémico y cultural. La forma en que comemos, nos movemos y habitamos el tiempo está profundamente condicionada por el entorno en el que vivimos. Basta observar con atención la vida cotidiana en México para comprenderlo.

Cuatro realidades:

1. Imagina una escena recurrente en cualquier periferia urbana. Una madre y un padre salen a trabajar antes de que amanezca, no por elección plena, sino por necesidad. La responsabilidad del cuidado recae en una abuela o un abuelo, como lo documenta el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. El tiempo escasea, la energía emocional también. La comida ya no se prepara con dedicación, se resuelve como se puede. En la esquina hay una tienda abierta todo el día y toda la noche. Ahí están los productos, listos, accesibles, diseñados para consumirse sin esfuerzo. Hoy ni siquiera es necesario caminar hacia ella, basta un teléfono para que la comida llegue hasta la puerta.En ese contexto, niñas, niños y personas adultas se acostumbran a comer frente a una pantalla, sin conciencia, sin conexión con el cuerpo, sin registro del límite interno. No se satisface el hambre, se intenta llenar un vacío.

2. Esta escena no es aislada. En el ámbito rural la paradoja es aún más compleja. La pobreza convive con la obesidad. La falta de acceso a alimentos frescos y la abundancia de productos ultraprocesados generan una dieta repetitiva, alta en calorías y baja en nutrientes. El cuerpo se inflama, la energía disminuye y la vida se limita. Aquí aparece una verdad incómoda que debemos asumir con responsabilidad colectiva, la desigualdad también se expresa en el cuerpo. Si queremos hablar de reconstrucción del tejido social, debemos empezar por reconocer que una base poblacional enferma compromete el futuro del país. Desde esta realidad emerge una convicción que como desarrollista humano sostengo con claridad. Invertir en educación, deporte, salud preventiva e infraestructura alimentaria saludable no es asistencialismo, es estrategia de supervivencia nacional. Cuando invertimos en la infancia, en hábitos y en cultura de cuidado, no solo reducimos obesidad, construimos ciudadanía. La pregunta es inevitable, ¿estamos invirtiendo donde más impacto generamos o seguimos reaccionando cuando el daño ya es irreversible?

3. Si trasladamos esta reflexión al ámbito empresarial, la escena también resulta reveladora. Jornadas largas, estrés constante, sedentarismo y acceso permanente a comida rápida configuran un entorno donde las personas producen mucho, pero se cuidan poco. Aquí el problema deja de ser exclusivamente alimentario y se vuelve existencial. No es solo lo que comemos, es cómo vivimos. El filósofo Byung-Chul Han advierte que vivimos en una sociedad del rendimiento donde las personas se autoexplotan creyendo que son libres. En ese proceso, el cuerpo paga la factura en forma de obesidad, ansiedad y trastornos alimentarios. No son fallas individuales, son síntomas de un sistema que exige más de lo que cuida.

En este punto, el empresariado mexicano, particularmente la empresa familiar, enfrenta una responsabilidad histórica. La empresa no solo produce bienes, produce condiciones de vida. Puede decidir formar personas o desgastarlas, dignificar el trabajo o normalizar el agotamiento. Puede invertir en bienestar o seguir absorbiendo los costos de una salud deteriorada. La pregunta es directa y profundamente ética, ¿tu empresa cuida la vida de las personas o la consume lentamente?

4. El tercer sector también tiene un papel relevante. Existen en México iniciativas comunitarias que promueven educación nutricional, actividad física y medición de impacto. Los resultados son alentadores, pero insuficientes frente a la magnitud del problema. Aquí es necesario entender que la filantropía consciente no es un acto de buena voluntad, es un mecanismo de transformación social. Cuando se articula, se mide y se escala, puede modificar territorios completos. La pregunta estratégica es clara, ¿estamos financiando ocurrencias o estamos construyendo soluciones que puedan sostenerse en el tiempo?

Ahora bien, todo este análisis sería incompleto si evitamos el núcleo del problema, la persona. Lo que no se atiende en la conciencia se manifiesta en el cuerpo. La obesidad y la anorexia no son solo condiciones clínicas, son expresiones de una desconexión profunda con el propio cuerpo, con la emoción y con el sentido de vida. La ENSANUT 2022 señala que el 1.6 por ciento de adolescentes está en riesgo de trastornos alimentarios, pero el malestar real es mucho más amplio. La compulsión no se mide únicamente en diagnósticos, se vive en silencio, en el atracón, en la restricción, en la culpa y en la repetición.

Siendo honestos, honestos, honestos…

De aquí surge la pregunta central que como país debemos responder con honestidad, ¿qué rinde más para reconstruir el tejido social y la sostenibilidad de la salud mexicana, la educación, el deporte, la regulación o la conciencia? La respuesta no está en elegir una, sino en integrarlas todas, comenzando por una.

La transformación comienza cuando una persona decide hacerse cargo de sí misma. La conciencia de autocuidado es el punto de partida. Sin ella, la educación no se incorpora, el deporte no se sostiene y la regulación no se respeta.

El liderazgo humanista inicia en el cuerpo, en la dignidad de reconocerse, en la disposición de cuidarse, en la conciencia de comprenderse y en la responsabilidad de actuar. No se trata de elegir entre comer o vivir bien, se trata de evitar el mal vivir que nace del abandono de uno mismo. El autocuidado no es un lujo, es una responsabilidad social, porque cada persona que se cuida reduce la carga del sistema, fortalece a su familia y aporta a su comunidad.

El Estado debe asumir su responsabilidad con mayor firmeza. La inversión en salud preventiva sigue siendo insuficiente, la infraestructura deportiva es limitada y la regulación alimentaria aún es débil. No basta con intención, se requiere visión, presupuesto y continuidad. El empresariado también debe revisar sus incentivos, especialmente aquel vinculado a la industria alimentaria. No se trata de señalar personas, sino de cuestionar modelos que privilegian el volumen sobre la salud. La sociedad, por su parte, debe dejar de normalizar el descuido. Hemos confundido comodidad con bienestar, y esa confusión nos está costando el futuro.

Una visión saludable…

Quiero cerrar con una imagen que sintetiza la aspiración. Una mesa mexicana. No la mesa apresurada, no la mesa dominada por productos ultraprocesados, no la mesa frente a una pantalla. Una mesa donde el alimento es vínculo, donde el cuerpo es respetado y donde la infancia aprende a cuidarse. Esa mesa es posible, pero exige decisión.

Cuidar la vida cotidiana es el acto más revolucionario de nuestro tiempo. Al empresariado familiar le corresponde liderar con ejemplo, al Estado regular con ética, al tercer sector escalar soluciones y a cada persona hacerse cargo de sí misma. La prosperidad es una construcción social y la dignidad no es negociable.

Desde el Humanismo Mexicano, esta no es solo una aspiración, es un deber histórico. Reconstruir el tejido social comienza en el cuerpo, se sostiene en la conciencia y se multiplica en comunidad. México no se va a reconstruir con discursos, se va a reconstruir con hábitos.

¿Qué estás consumiendo que te está consumiendo a ti y qué estás dispuesto a cambiar hoy para no heredar esta crisis a las siguientes generaciones?

Te invito a hacer dos cosas concretas. Una: come bien, haz deporte, auto cuídate para que en comunidad podamos construir un mejor tejido social saludable.

La otra: te invito a sintonizar el nuevo espacio radiofónico “Liderazgo, Salud y Sociedad. Pensar y decidir mejor para vivir mejor” que cada jueves, como el próximo 16 de abril, se transmitirá de las 15:00 a las 16:00 horas tiempo del centro de México. En la estación 1470 AM de Radio Fórmula. Lo conduciremos Rafael Balderas Ledezma y Maribel Ramírez Coronel en conjunto conmigo, Jaime Cervantes Covarrubias. Anhelamos que nuestras reflexiones sean un aliento que apoye a nuestros radioescuchas a florecer en su vida.

#LiderazgoHumanista #LiderazgoSaludSociedad #DesarrolloHumano #Obesidad #TrastornosAlimentarios

* El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México; Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de Empresa, España. Licenciado en Comunicación Gráfica y Columnista en El Economista.

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El autor es Doctorante en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de empresa, España.

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