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Álbum de fotos
Alexia Bautista | Columna invitada
Hubo foto. Claudia Sheinbaum apareció junto a Donald Trump y Mark Carney en la final del Mundial, celebrada en Nueva Jersey. Los tres mandatarios de los países anfitriones compartieron el palco y la ceremonia de premiación, acompañados por Gianni Infantino y observados por millones de personas. Fue, quizás, la imagen de una Norteamérica unida por el futbol que el torneo había prometido, aunque dividida por casi todo lo demás.
No es el escenario natural de la presidenta. Sheinbaum decidió no asistir a la inauguración en la Ciudad de México y mantiene distancia frente a la parafernalia y los excesos que rodean estos grandes espectáculos. Esta vez, sin embargo, aceptó una invitación directa de Trump y justificó su presencia como muestra de la buena relación con el gobierno estadounidense.
Dos apuntes sobre la fotografía y las palabras de la presidenta.
El primero es que hizo bien en ir. Más allá de una vestimenta sobria y elegante, que hay que reconocerle, conviene recordar que la diplomacia también ocurre en los pasillos y en conversaciones de apenas unos minutos, capaces de construir confianza personal o, al menos, familiaridad. En el estadio MetLife estuvieron, además de Trump, funcionarios de su administración, incluidos Marco Rubio y Howard Lutnick. Es razonable suponer que hubo saludos e intercambios con ellos, aunque no sepamos qué se dijo. Mantener abiertos esos espacios es preferible a abandonarlos, sobre todo en momentos de tensión comercial y presión política sobre México.
El segundo apunte es menos amable, pues la fotografía no constituye, por sí misma, una muestra de buena coordinación con Estados Unidos. Sheinbaum publicó un mensaje en el que celebró que México, Estados Unidos y Canadá hubieran demostrado que, “unidos”, eran capaces de dejar un “legado de cooperación, amistad y esperanza”. Un lenguaje inevitable en una ceremonia deportiva. Difícilmente habría podido decir que los anfitriones terminan el torneo entre amenazas arancelarias, recriminaciones y sospechas mutuas.
La relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados en años y dos asuntos invitan a la cautela. El primero es el T-MEC. Esta semana comienza en la Ciudad de México una nueva ronda bilateral de negociaciones. Es cierto que la integración económica de América del Norte es profunda y difícil de desmontar, pero no está a salvo. Trump no necesita destruir el tratado para debilitarlo, basta con mantener abierta la incertidumbre sobre su futuro.
Canadá puede permitirse paciencia. Su posición parte de que ningún acuerdo es preferible a uno apresurado y desfavorable. México enfrenta una situación más vulnerable con una economía más dependiente y sectores, como el automotriz, que ya pagan el precio de la incertidumbre. Por eso, además de negociar, el gobierno necesita un plan de contingencia para sostener a los sectores productivos más expuestos. Esperar que la interdependencia resuelva por sí sola el conflicto es confundir una condición casi estructural con una garantía política.
El segundo asunto es la seguridad y los vínculos entre actores políticos y el crimen organizado. Este es el flanco más vulnerable de la administración de Sheinbaum. El trabajo de Omar García Harfuch ofrece resultados en distintos frentes. El problema es que esos esfuerzos conviven con la defensa automática de figuras como Rubén Rocha Moya o Marina del Pilar Ávila frente a señalamientos que, como mínimo, deberían provocar explicaciones más rigurosas y una distancia política prudente.
Visto en conjunto, el álbum de fotos de la presidenta en Nueva Jersey adquiere otro significado. Las imágenes proyectaron cortesía y protocolo. Pero fotografías que registran gestos diplomáticos, no corrigen el desequilibrio de poder ni disipan las tensiones que esperaban fuera del estadio. Porque la realidad simplemente se resiste a caber en el encuadre.