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¿Agricultura orgánica o agricultura convencional?
Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio
¿Es verdad que la agricultura orgánica es mejor para el medio ambiente que la agricultura convencional? Mucha gente piensa que sí, pero la respuesta, sin ser obvia, parece apuntar a que es preferible la agricultura moderna convencional. No obstante, una proporción creciente de población orienta sus decisiones de alimentación con criterios de sostenibilidad, incluso si los alimentos orgánicos o “sostenibles” son más caros que los convencionales. Hay que reconocer de antemano que la agricultura y la ganadería son los sectores de actividad económica con los mayores impactos ambientales, sobre los ecosistemas y la biodiversidad, y que son una de las más importantes fuentes de emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Generalmente se asocia a la agricultura orgánica con prácticas que evitan fertilizantes y plaguicidas sintéticos, forrajes industriales, ganadería confinada, organismos transgénicos o edición del genoma a través de tecnologías de CRISPR. Pero la comparación entre agricultura orgánica y convencional debe darse con referencia a parámetros objetivos en un contexto de análisis serio del Ciclo de Vida completo de cada producto, incluyendo todas las etapas y procesos relevantes que conllevan su producción y consumo. Esto debe incluir cosas como tipo de insumos, uso de la tierra, transporte, energía, GEI, agua, y conservación del suelo. Obviamente, hay muchos tipos de alimentos con desempeño ambiental distinto, así como efectos ambientales diferenciados (mejores en un tema, peores en otro tema).
En materia de deforestación y uso de la tierra (¿cuánta tierra se requiere para producir una determinada cantidad de un cierto producto?) las modalidades orgánicas tienen un peor desempeño que las modalidades modernas convencionales. Es decir, producen menos por unidad de área y por tanto acaparan más tierra, causando más deforestación y efectos sobre la biodiversidad. Esto, aunque a nivel de parcela de producción agrícola, la agricultura orgánica observe menores impactos ecológicos que la agricultura convencional. Pero, si el mundo decidiera producir todos sus alimentos a través de agricultura orgánica, simplemente no habría tierra suficiente y todos los bosques y selvas del planeta desaparecerían. (Y la mayor parte de la gente no podría pagarlos). Tengamos en cuenta que casi la mitad de toda la superficie terrestre habitable del planeta está ocupada por usos agropecuarios.
Las cosas son a la inversa en el uso de la energía: la agricultura moderna de elevada productividad implica un más alto consumo energético. No obstante, las emisiones de GEI son aproximadamente similares en ambos sistemas, considerando emisiones por deforestación agrícola y ganadera, y el “costo de oportunidad” del CO2 que pudo haberse capturado si la tierra hubiera permanecido bajo cobertura de ecosistemas forestales naturales. Además, si bien la agricultura convencional echa mano de agroquímicos industriales intensivos en energía, la aplicación de fertilizantes biológicos (como estiércol) en la agricultura orgánica genera grandes volúmenes de Óxido Nitroso (un potente GEI). Lo anterior, independientemente de la contaminación, eutroficación y acidificación del agua por el flujo descontrolado de nitrógeno en aguas de retorno agrícola. En la utilización de agua para riego no hay grandes diferencias entre las dos modalidades. En lo que no hay duda es que la agricultura convencional es mucho peor en su eco-toxicidad por plaguicidas que tienen un tremendo impacto sobre poblaciones de insectos polinizadores o que son la base de cadenas ecológicas. Las consecuencias sobre plantas, aves y murciélagos pueden ser devastadoras. El colapso de muchas especies de insectos en el mundo se asocia al uso de agroquímicos tóxicos. (Indicadores anecdóticos de este drama es que los parabrisas de los vehículos ya no se salpican de insectos como antaño, ni tampoco estos revolotean en las noches en torno a las lámparas exteriores). Igualmente, el menor o nulo uso de agroquímicos tóxicos en la agricultura orgánica permite mayor biodiversidad de insectos y aves a nivel de parcela que la agricultura convencional. También, la contaminación de aguas de retorno agrícola en general por agroquímicos tiene fuertes consecuencias sobre cuerpos de agua continentales e incluso aguas costeras cercanas a la desembocadura de ríos. Adicionalmente, no olvidemos la crueldad y sufrimiento que significa la crianza de animales en granjas industriales, aunque su impacto en uso de la tierra sea menor.
Al final, lo que importa verdaderamente es qué comemos y no tanto cómo se produce. Por ejemplo, la utilización de tierra (deforestación y destrucción de la biodiversidad) por cada 100 gramos de proteína varía ampliamente dependiendo de cada tipo de alimento. Lo peor es la carne de res que requiere en promedio 163 m2 de superficie ocupada por 100 gramos de proteína; la leche 27 m2, la carne de cerdo 11 m2, las nueces 8 m2, el pollo 7 m2, los huevos 6 m2, los cereales 5 m2, y la pesca de acuacultura 4 m2. En cuanto a emisiones de GEI la prelación es muy similar. Pero es claro que, en todo caso, las proteínas de origen vegetal son mucho más benignas ambiental y climáticamente que las proteínas animales, en particular la carne de res. Ese es el mensaje incontestable.