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Un juego de pelota llamado futbol
El juego de pelota en la sociedad mesoamericana, compuesta casi por los mismo países que integran la actual CONCACAF, se desarrolló de diversas maneras, pero siempre, y aún con la muerte como uno de sus elementos, con un sistema de reglas que castigaban la agresión al rival, por ejemplo, con la expulsión del jugador (no había tarjeta preventiva). La invasión de cancha se castigaba con la anulación de la jugada, lo que hacía perder puntos al equipo invasor. El golpe a la pelota con partes del cuerpo no permitidas también anulaba jugadas, lo mismo que rebasar la cancha para golpear la pelota. Los límites eran importantes, si la pelota salía del terreno de juego se perdía el partido. La muerte estaba presente, es verdad, pero por el deseo colectivo de ofrecer la vida de un miembro de la comunidad a los dioses y el personal de transitar a la perpetuidad.
Es importante señalar que el juego de pelota no era un deporte, ni mucho menos una actividad recreativa, como a menudo se suele denominar por desconocimiento, era un ritual político, religioso, simbólico, astral etc. Quizá en eso de verle como deporte tenga que ver la llegada de los españoles, pues inspiró, entre otros, la pelota vasca. Un deporte aún vigente.
Lo ocurrido en el estadio Corregidora de Querétaro el sábado pasado fue una barbarie que nada tiene qué ver con el deporte del fútbol. Cientos de años separan el ritual del juego de pelota, del que nos llegó de Inglaterra, si bien como entretenimiento, también con un sistema de reglas, espíritu de competencia, rivalidad, pasión, pero sin la muerte como parte del sistema de juego.
Lo ocurrido en Querétaro es una desgracia humana en la que, como toda desgracia humana mexicana, está involucrada la incompetencia de las autoridades, la voracidad empresarial, el incumplimiento de la ley, en una palabra: la corrupción.
La efervescencia emocional de quienes interactuaban en las redes sociales y algunas páginas carroñeras cuestionaban a los cronistas deportivos que no emitían una opinión al momento, que no se decantaran por la condena de los hechos. Querían, deseaban e imploraban hablar de muertos cuando no habia información virificable al respecto. Unos querían ver sangre, otros la mostraron en camisetas como trofeo, otros más exigían un conteo de muertos. La inmediatez coyuntural de los hechos, las deplorables imágenes y videos que circularon por redes sociales llevó a mucha gente a repudiar el fútbol, en especial a quienes odian este deporte tan convocante, de machos patriarcales que cobran más que las mujeres y un largo etcétera. Vinieron los ataques a las televisoras, a los directivos de los clubes, a los intereses económicos, a la Femexfut y al hecho de no haber muertos.
Es verdad que lo ocurrido es lamentablemente histórico, pero no por el saldo en sí (que aún no coconcemos), sino por la crueldad de los agresores, la inacción gubernamental y la impunidad manifiesta. Trágico e histórico sigue siendo el encuentro entre aficionados del América y Pumas en 1985, no solo por el número de muertos, sino también por los heridos y detenidos. A la fecha es una rivalidad latente. En ese sentido, las investigaciones habrán de considerar primero lo que ocasionó la barbarie, teniendo en cuenta el antecedente del descenso de Gallos en 2007 al perder contra Atlas, así como la invasión (así la llamaron Los Gallos), al estadio Jalisco una vez de regreso en 2010, a manera de respuesta. O bien, si hay otros motivos, incluso agentes externos como se ha comentado. Es decir, de lo particular a lo general. Del encuentro entre estos clubes y la rivalidad de sus barras (de sobra conocida), a la exigencia al gobierno para dar cabal atención a los heridos, asegurarnos de que no hay muertes y aplicar la ley a los responsables. De ahí a las sanciones disciplnarias por parte de la Femexfut. Después una suerte de ortopedia social temporal, donde la venta de alcohol a las barras, su presencia en los partidos de visitantes y el acceso preferente al boletaje, sean beneficios que habrán de ganarse nuevamente con el tiempo.
Y luego entonces, que vengan los planteamientos y abordajes antropológicos y sociológicos que en mucho pueden contribuir a mejorar el desempeño de la Liga MX. Así, por aproximaciones sucesivas. Entendiendo que estas valiosas aportaciones deben correr en otro momento, que tienen otro timing.
Por paradójico que parezca, el juego de pelota no era un deporte, sino un ritual en el que la muerte tenía lugar como acto simbólico y cultural. El fútbol mexicano no es un ritual, es un deporte que este fin de semana mostró su peor rostro, el del sacrificio humano.