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Opinión

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Tierra de nadie

Con enorme preocupación enfrentamos en nuestro país una ola de violencia que cubre prácticamente todo el territorio nacional: 123 mil asesinatos tan solo en este sexenio, linchamientos, granjas de pollos —si, leyó usted bien, de pollos—atacadas a balazos (donde muere una niña de 14 años y cinco trabajadores), 20 contenedores de 30 toneladas cada uno robados tranquilamente sin que se mueva un dedo para impedirlo, colgados, decapitados, acribillados, cadáveres tirados en carreteras y, hace unos cuantos días, en el colmo del horror, una hermosa ciudad, San Cristóbal de las Casas, asolada por sicarios que disparan, asaltan y agreden ante (en este y en todos los casos antes mencionados) la parálisis total de las autoridades. ¿Vivimos en un Estado de derecho?

Peor aún, la autoridad explica a la ciudadanía que los estados de la república donde hay menos violencia, —donde no hay homicidios, dice el presidente— son aquellos donde no hay disputas entre varios cárteles de la droga y solo una organización criminal domina a las demás. Para decirlo claro, al parecer la pacificación del país, depende, según los que nos gobiernan, de que un solo cártel triunfe y sea dueño y señor de nuestra nación. Repito la pregunta ¿vivimos en un Estado de derecho?

Y fíjense que sí voy a salir con el cuento de que la ley es la ley. El Estado de derecho se da cuando personas, gobernantes e instituciones están sometidos a leyes acordadas por todos y que se hacen cumplir por igual al ser compatibles con el respeto a los derechos humanos. Como se dice mucho y se cumple poco en nuestro país: nadie puede estar por encima de la ley, absolutamente nadie. La claudicación frente a la delincuencia no cabe en una forma democrática de organización humana. Esto hay que decirlo fuerte y claro. 

El Estado, dice Max Weber, es la única entidad que debe ejercer la autoridad y que por lo tanto la que tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza. El crimen organizado o desorganizado, las milicias irregulares o los narcos tienen que ser combatidos con la ley en la mano y con los recursos y herramientas con que el Estado cuenta para efectivamente conseguir que se cumpla la ley. La violencia no se combate con violencia, de acuerdo, se combate con la ley en la mano. Para que tengamos certezas y seguridad como ciudadanos. Esto, no le demos más vueltas, no se está logrando.

Lo que me resulta tanto o más preocupante que lo anterior es la indiferencia generalizada de una ciudadanía desentendida ante lo que está sucediendo con los grupos delincuenciales en nuestro país. No preocupa seriamente la impunidad, las muertes, la pésima administración de justicia ni la falta de respeto a la ley en la estamos viviendo. 

Pocos reclamos, pocas exigencias, pasividad y por momentos hasta el atisbo de una sociedad autodestructiva que camina hipnotizada hacia el precipicio. Estamos llegando a la tierra de nadie y no nos lo podemos permitir.  

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