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Opinión

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Romper los monopolios

Mucho tiene que aportar al debate que debe haber sobre la reforma en torno al derecho de la competencia el libro Break’em up, de Zephyr Teachout (All Points Books, 2020, Nueva York).

El libro recoge los efectos de la tendencia del derecho antitrust desde la época de la Ley Sherman hasta nuestros días. Evoca las épocas doradas del derecho de la competencia de finales del siglo XIX y el New Deal de Frank Delano Roosevelt y critica los efectos que el aflojamiento del derecho antimonopolios ha tenido en nuestra sociedad: la chickenización de nuestras vidas.

Gran desigualdad salarial; abuso de los granjeros y de los agricultores por parte de los grandes compradores de productos agrícolas y vendedores de fertilizantes, como Monsanto y Bayer;  empleos basura que han creado las grandes empresas; el abuso del pequeño empresario por parte de empresas como Walmart que les permite ofrecer precios bajos a los consumidores a costa del despellejamiento de los medianos empresarios; el descontento de los empleados por los trabajos rutinizados y mal pagados por parte de las grandes corporaciones; el alejamiento de los votantes de los partidos políticos; el gigantismo de las empresas de tecnología; la plutocracia en una palabra.

Una valiente defensa de la necesaria reforma al derecho antitrust. El derecho de la competencia debe volver a sus raíces, que incluye el rompimiento en pedazos de algunas grandes empresas, como cuando se partió el monopolio de la Standard Oil y la American Tobacco y el oligopolio de AT&T. Ésta no debe ser la única política antimonopolios, pero debe volver a ocupar un lugar preeminente en la lucha por la democracia económica. Partir monopolios, como en el pasado, ha tenido además efectos positivos para la economía, pues las empresas resultantes compiten entre sí y pronto vuelven a tener tamaños grandes. Además, tienen un efecto liberalizador de las energías sociales y nivelador de las clases sociales. Romper monopolios no debe ser la única medida antitrust, como en el pasado, pero debe jugar un papel toral en una nueva dinámica en pos de la igualdad y del capitalismo progresista que proponen Joseph Stiglitz en El capitalismo progresista y Tim Wu en The curse of bigness.

Tim Wu analiza además los riesgos de la existencia de las grandes empresas para la democracia: el surgimiento de los fascismos tiene mucho que ver con la existencia de titanes empresariales que se alían con el poder político en contra de la democracia, como sucedió en la Alemania nazi de mediados de los años treinta del siglo pasado. Es de seguridad nacional impedir gigantes como Google, Microsoft y en especial Facebook. Las autoridades de competencia deben ser mucho más duras con las adquisiciones de empresas por parte de las empresas dominantes que refuerzan su poder de mercado, son sus eventuales competidores y amplifican en radio de operación de las big tech, como la compra de WhatsApp e Instagram por parte de Facebook, que pasaron en blanco por los escritorios de estos grandes conglomerados. Lo más vergonzoso de las autoridades de competencia en casi todo el mundo en las últimas décadas ha sido permitir frente a sus propios ojos la creación de titanes empresariales con la luz verde de los gobiernos. No ha habido sector relevante en la economía, en la que bajo los auspicios de la Escuela de Chicago y el olvido de la Escuela estructuralista de Harvard y de los ordoliberales, no se haya consolidado en manos de unos pocos participantes: aerolíneas, petroleras, empresas consultoras. Y los beneficios para el bienestar de los consumidores no ha pasado de un superficial análisis de complicadas especulaciones econométricas, ausente de la realidad del mundo de los negocios.

Es una lástima que López Obrador haya considerado a la Comisión Federal de Competencia como una aliada de los neoliberales y conservadores, cuando podía haber jugado un papel indispensable en la separación del poder económico del político y a favor de la igualdad social. Será la paradoja de la actual Cuarta Transformación: un gobierno de pseudoizquierda que habrá dejado a los pobres en peor situación que antes de su implementación. ¡Es un error estar con Obrador!

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