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Peregrinación y verdad
Foto: AFP
En estas fechas tan sensibles, cuando la empatía se acomoda a flor de piel y estamos más listos que nunca para dar, reunir, confiar y amar, debemos recordar que los peregrinos también son migrantes. Los movimientos humanos inspirados por la devoción no dejan de ser desplazamientos donde las renuncias se vuelven promesas y sueños de una nueva búsqueda.
José y María se vieron obligados a pedir posada por una orden del César. Ellos nunca decidieron aventurarse de Nazaret a Belén. Es complicado ponerse en los zapatos de estos venerables personajes, pero nadie en su sano juicio decide dejar la comodidad del hogar si no debe hacerlo. Y ellos debían hacerlo.
José y María obedecían una orden. Por eso, y por designio divino, Jesucristo nació en esas inclementes condiciones y si bien fue hallado y recibió las muestras de afecto, generosidad y devoción de los reyes magos, el niño Jesús vio la luz en plena dificultad y en condiciones similares a las de pequeños sirios nacidos al interior de los muy televisados botes rojos de las costas del Mediterráneo, o los hijos de tantas mujeres guatemaltecas, haitianas, nicaragüenses, hondureñas, africanas o salvadoreñas que dan a luz en albergues instalados por almas caritativas o en algún sitio seguro que les permite tomarse un respiro antes de retomar el camino.
La huida a Egipto entrañó circunstancias distintas. José tenía que asegurar la integridad de Jesús. El niño estaba en peligro y había que salvarlo. María es estoicismo puro, sigue a José guiada por un instintivo amor de madre.
No es de extrañar: ¿Sabemos cuánta gente migra para preservar a la familia? Algunos lo hacen a causa de los estragos de un Tsunami o un terremoto, otros por el hundimiento de su región. Hay quienes huyen para que sus hijos no sean reclutados por el crimen organizado o por las maras. Muchos porque en sus lugares de origen ya no tienen qué comer.
Dudo que la partida de la Sagrada familia haya sido cómoda. Escapar implica enfrentar lo inesperado. Continuar a pesar de los tropiezos, intentarlo todo para no claudicar. Eso es justamente lo que hacen los migrantes que cruzan la frontera sur de nuestro país con el propósito de llegar al norte. No se dejan vencer. No se dejan amedrentar por la violencia, por que la conocen muy bien. Tampoco se amilanan ante la corrupción, pues es a partir de ella que han logrado dar el primer paso hacia el sueño.
Lo único que los detiene es la muerte. La encuentran igual en tráiler sobrecargado que vuelca en Chiapas que en las carreteras dónde son atropellados. La muerte se les cruza en los caminos o cuando, después de ser brutalmente vejados, los despide en una de las muchas fosas clandestinas dispuestas a lo largo y ancho de nuestro país.
La fervorosa narrativa de estas fechas se inspira precisamente en los avatares de una familia de migrantes. Habla de lucha, fe y sufrimiento, también del lugar de su hijo en el camino de la redención. Reflexionar sobre esto puede ser comprometedor, pero a estas alturas del camino, ¿quiénes somos si no nos comprometemos?
¡Muy feliz Navidad!