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La guerra de las burbujas
El champagne es psicología antes que bebida. Sus burbujas infinitas cobran vida en entornos de celebración.
Frente a los confinamientos por episodios, la sociedad global tiene mil motivos para celebrar el sorteo de la pandemia. La muerte súbita se ha logrado aproximar a círculos familiares, particularmente en Estados Unidos, Brasil, México, Reino Unido, España, Francia, Italia y Perú.
Pero como pensaba Borges, el azar suele ser generoso, solo hay que dejarlo actuar.
El fin de los confinamientos ha catalizado la exposición a la fiesta, y en muchos casos, al champagne.
El champagne y los vinos franceses también son política. Lo sabe el presidente ruso o, en su momento, George W. Bush o el mismísimo Donald Trump.
En 2002 el presidente Jacques Chirac se negó a ir a la guerra en contra de Irak. En Estados Unidos, grupos de fanáticos de la guerra decidieron abrir botellas de vinos y champagne para derramarlos en las coladeras a manera de venganza. Sin el apoyo de Francia, el Consejo de Seguridad impidió dar luz verde a la guerra. Bush y Blair decidieron ir por la libre. Se equivocaron.
El presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Dennis Hastert, pidió al Congreso que considerara prohibir las importaciones de queso y agua embotellada de Francia por razones de salud.
Hastert dijo que la sangre bovina era utilizada en el proceso de elaboración de ciertos vinos, y que los estadounidenses "podrían correr el riesgo de contraer" la enfermedad de la vacas locas.
El congresista Tom Lantos, demócrata del estado de California, dijo que estaba "especialmente asqueado por la intransigencia ciega y total ingratitud" de Francia, Alemania y Bélgica, por no apoyar la guerra contra Irak.
En diciembre de 2019 Donald Trump anunció la imposición de aranceles por valor de 2,400 millones de dólares, de hasta el 100% del valor de ciertos productos franceses, en respuesta a la imposición de una tasa del Ejecutivo de Emmanuel Macron sobre los ingresos de los servicios digitales de grandes tecnológicas de Estados Unidos., como Google, Apple, Amazon o Facebook.
"Anunciaremos una acción recíproca sustancial sobre la estupidez de Macron en breve", escribió Trump en Twitter. "¡Siempre he dicho que el vino estadounidense es mejor que el vino francés!", añadió, pese a que presume de ser abstemio.
Ahora es el presidente ruso quien le ha impuesto una barrera al champagne. Las botellas de champagne que se vendan en Rusia ya no podrán llevar el nombre de la bebida en ruso: shampanskoe. Solo los vinos espumosos rusos podrán denominarse shampanskoe.
“En Rusia, el término ‘champagne’ se utiliza desde hace mucho tiempo sin reparos para todo tipo de vinos burbujeantes. A finales de los años 30, Stalin hizo crear un ‘champagne soviético’ de producción masiva con el objetivo de ponerlo al alcance de todos”, recuerda Paul Gogo, corresponsal de Le Monde en Moscú.
Tras la caída de la URSS, este ‘champagne soviético’ se convirtió en una marca sinónimo de vino espumoso de baja gama, pero todavía popular en ocasiones especiales.
Por el contrario, el término Champagne está celosamente guardado por Francia, que señala que el vino debe proceder de una zona concreta de la región del mismo nombre para tener derecho a utilizarlo.
Rusia importa anualmente cerca de 50 millones de vinos espumosos y champagne, el 13% de los cuales proceden de Francia. De esa cantidad, a Moët Hennessy corresponde menos del 2 por ciento.
La decisión que ha tomado el presidente Putin ocurre en plena oleada de sanciones occidentales contra Moscú. Y así habrá dos espumosos: el imaginado por Stalin y el lujoso. Será la guerra de las burbujas.
@faustopretelin