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Opinión

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CDMX (I)

El documento de la Constitución de la CDMX tiene características que lo convierten en invaluable tesoro.

Alos promotores, pensadores, redactores, revisores y firmantes del proyecto de la Constitución de la ciudad, hartos de 500 años de occidentalización y castellanización, no se les ocurrió mejor cosa que encabezarlo con un epígrafe en náhuatl.

El documento tiene características que lo convierten en invaluable tesoro para todo interesado en el buen decir y escribir: la invención de palabras y el apropiado uso de términos complejos, por ejemplo, sintiente, mandatar, civilizatorio, interculturalidad, visibilización, incorporación transversal, reformabilidad, justiciabilidad y discriminación multifactorial; la Real Academia Española, feliz y agradecida por esas y otras aportaciones a la riqueza del lenguaje. Otro rasgo, muy a tono con estos tiempos de genericidad igualitaria (concepto de mi exclusiva creación), es el uso de los artículos los, las, el y la, nada más que los autores, para evitar chocantes repeticiones, se refugian en el término personas, como personas son nuestros coterráneos afrodescendientes , ¿Cómo detectarlos aparte de los que viven en las costas?

Tercera cualidad: el escrito, largo como la Cuaresma, tiene un tono mayestático, prosopopéyico, afectado de gravedad y pompa, como cuando sostiene que el gobierno capitalino asume su responsabilidad en la solución de los problemas de la humanidad .

Cuarta: mi opinión, más que una Constitución, que debe exponer con claridad, sencillez y brevedad la estructura de gobierno, las aspiraciones y normas generales de una demarcación política, estamos frente a un tratado de sociología de la capital; no escapa al texto ni el más mínimo detalle, con ojo escrutador abarca los pormenores nimios y algunos estrictamente privados de la vida de los ciudadanos.

Quinta, aspectos truculentos, jalados de los pelos o simplemente simpáticos, v. gr. la plusvalía del suelo es parte de la riqueza pública (confiscatorio), el desarrollo económico es responsabilidad del gobierno (qué alivio para los productores de bienes y servicios) y el incitar al odio queda prohibido, feo defecto fácil de identificar en el sonrojo y los ojos de furia del sujeto.

Sexta: un solo capítulo, pequeño, dedicado a los deberes, destaca, curiosamente, el de ejercer los derechos reconocidos por esta Constitución , participar, ser solidario, tratar bien a los demás y conocer y cumplir esta Constitución y las leyes que de ella emanen , como si a los católicos nos fuera obligatorio zamparnos el Misal Diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre.

En mi próximo artículo trataré de dichos derechos, entre otros aspectos.

paveleyra@eleconomista.com.mx

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