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¿Por qué la tecnología no educa por sí sola?
Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“Una riqueza de información crea una pobreza de atención”. Herbert Simon, premio Nobel de Economía.
En los últimos años, el debate sobre el papel de la tecnología en la educación se ha intensificado notablemente. La irrupción de la inteligencia artificial, la proliferación de materiales educativos disponibles en línea y la discusión sobre el uso de teléfonos celulares y otros dispositivos móviles en las aulas, han revivido la idea de que el acceso a más y mejores herramientas tecnológicas puede, por sí mismo, contribuir a resolver los rezagos educativos y a ampliar las oportunidades de aprendizaje para toda la población, particularmente la perteneciente a los grupos de menores ingresos. Sin embargo, la evidencia reciente hace necesario matizar esa expectativa.
En el reporte “Program Report: Economics of Education”, elaborado por Caroline Hoxby y publicado recientemente por el National Bureau of Economic Research (NBER), se reúnen decenas de investigaciones que comparten un hallazgo que es particularmente relevante desde la perspectiva de la economía conductual: Este hallazgo se puede resumir en que los resultados educativos dependen mucho menos de la herramienta tecnológica en sí misma, y mucho más de la forma en que ésta interactúa con la motivación, el autocontrol, la información y las creencias de cada estudiante. Dicho de otra manera, la tecnología no educa por sí sola; actúa como un multiplicador que amplifica las condiciones y capacidades ya presentes en los estudiantes.
El caso de la inteligencia artificial resulta particularmente ilustrativo. Cuando las universidades comenzaron a poner sus materiales a disposición permanente en línea, la distribución del aprovechamiento no se igualó, sino que tendió a polarizarse: los estudiantes más disciplinados aprovecharon el acceso continuo para reforzar su desempeño, mientras que aquellos con menor autocontrol encontraron nuevas oportunidades para posponer y diferir el cumplimiento de sus obligaciones académicas. Un experimento reciente citado en el propio reporte encontró que el uso de herramientas de inteligencia artificial mejora el desempeño en pruebas y ensayos en cerca de 0.25 desviaciones estándar, y que esas ganancias persisten semanas después; pero estas mejoras se concentran en los estudiantes con mejor promedio previo; no porque la herramienta sea injusta, sino porque quien ya sabe estudiar la utiliza para potenciar su esfuerzo, mientras que quien no lo sabe hacer, la emplea para reemplazarlo.
Este fenómeno se explica por lo que los investigadores denominan la lógica del “aprendizaje endógeno”: quien no domina los fundamentos del área de conocimiento que estudia obtiene un beneficio muy reducido del material más avanzado. Por ello, los programas más prometedores y con mejores resultados integrales no son los que simplemente distribuyen dispositivos, sino los que diagnostican el nivel real de cada estudiante y le ofrecen exactamente el contenido que necesita. El reporte documenta, por ejemplo, que la evaluación del programa “una laptop por niño” en Perú, seguida durante diez años, no encontró efectos significativos sobre el desempeño académico, la conclusión de estudios ni el acceso a la universidad. En este caso, los niños aprendieron a usar la computadora, pero no aprendieron más matemáticas. En contraste, la evidencia proveniente de estudios sobre intervenciones educativas de este tipo en la India muestra que, dentro de un mismo grado escolar, conviven estudiantes con niveles de habilidad que abarcan varios años de diferencia, de modo que enseñar a todos lo mismo y al mismo ritmo casi asegura que, en el proceso, se dejará atrás a una parte importante del grupo.
El reporte también aborda dos debates de actualidad. Respecto de la prohibición de teléfonos celulares en las escuelas, las investigaciones más recientes ofrecen resultados matizados: las restricciones tienden a incrementar los incidentes disciplinarios durante el primer año y sus efectos sobre las calificaciones son pequeños y aparecen, en todo caso, hasta el segundo año. En cuanto a la elección de carrera, la evidencia revela un sesgo notable; los estudiantes deciden guiados por estereotipos que tienen sobre el destino profesional de cada disciplina. De esta manera, mientras que el 63% de quienes estudian biología esperan convertirse en médicos, sólo el 23% lo logra. Cuando se les proporciona información precisa sobre las trayectorias laborales reales, dejan de apoyarse en estereotipos y modifican sus decisiones.
En el caso de México, la magnitud del reto obliga a dimensionar puntualmente los datos disponibles. En la prueba PISA 2022 de la OCDE, nuestro país obtuvo 395 puntos en matemáticas, frente a un promedio de 469 entre los países miembros, con una caída de 14 puntos respecto de 2018; el 45% de los estudiantes mexicanos no alcanzó el nivel mínimo de competencia en esta área, frente al 31% del promedio de la OCDE.
A lo anterior se suma que, de acuerdo con el Banco Mundial, la llamada pobreza de aprendizaje (que se refiere a la proporción de niños de diez años incapaces de leer y comprender un texto simple) se elevó en América Latina y el Caribe a cerca del 80% tras la pandemia, desde alrededor del 50% previo.
Es posible extraer tres conclusiones para el caso de México a partir de las del estudio.
La primera es que, si la tecnología amplifica las diferencias de origen, entonces saturar un sistema educativo tan desigual con dispositivos y plataformas puede ensanchar la brecha en lugar de cerrarla, particularmente considerando el rezago que la pandemia agravó.
La segunda es que potencialmente existe una oportunidad, porque la evidencia sugiere que el software de aprendizaje adaptativo, adecuadamente diseñado, puede lograr a bajo costo lo que la tutoría personalizada consigue de manera costosa: diagnosticar y ajustar el contenido al nivel de cada estudiante. Esto es una alternativa ante la carencia de maestros, las deficiencias en la formación pedagógica de una proporción de ellos y la heterogeneidad de los niveles de los alumnos en las aulas.
La tercera es una tarea de bajo costo y alto rendimiento. Es indispensable ofrecer a los jóvenes información certera sobre qué se estudia, cuánto se gana y en qué se trabaja realmente al egresar de cada carrera, todo ello orientado a mejorar sus decisiones e inducir hacia las áreas STEM, indispensables para la innovación y el crecimiento.
La tecnología se comporta como un espejo que amplifica lo que ya somos, de modo que nuestra tarea, tanto al interior de las familias como de los docentes, de las instituciones educativas y de la política pública, no consiste únicamente en repartir herramientas, sino en construir la estructura, la motivación y la información que determinan si esas herramientas nos elevan o nos rebasan. Sólo así la educación podrá seguir cumpliendo su función esencial como mecanismo de movilidad social y de mejora de las condiciones de vida de la población.