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La paradoja del legado
Opinión
¿Puede una decisión patrimonial tomada con las mejores intenciones convertirse en el origen de un desacuerdo familiar?
Basta imaginar a unos padres que, al estructurar la transmisión de su patrimonio, consideran un beneficio adicional a uno de sus hijos debido a su situación personal. A pesar de ello, la respuesta de este resulta inesperada: prefiere no recibir esa ventaja adicional ante la posibilidad de afectar la relación con sus hermanos en el presente y, con el paso del tiempo, entre las siguientes generaciones.
Este escenario revela una complejidad: una voluntad que busca proteger a un miembro de la familia podría, simultáneamente, deteriorar un activo socioemocional: la armonía familiar. Un activo que, si bien no es tangible y a pesar de no tener un valor económico, contribuye a la trascendencia, bienestar, unión y confianza de la familia.
En materia patrimonial, tratar a todos por igual no necesariamente significa atender sus necesidades de manera equitativa. Mientras que la igualdad contempla ofrecer un trato proporcional, la equidad permite valorar el contexto personal de cada persona. Aun así, decisiones tomadas para el bienestar de la familia pueden llegar a despertar distintas perspectivas dentro de la misma.
La clave no está en decidir si la igualdad es mejor que la equidad o viceversa, sino en identificar de manera oportuna las percepciones tanto del titular del patrimonio, así como de quienes lo reciben, y tener en cuenta que pueden llegar a ser muy distintas, sin que ello reste valor a las razones de cada uno.
Las decisiones patrimoniales suelen evaluarse considerando sus implicaciones financieras, jurídicas y fiscales. No obstante, existen consecuencias que difícilmente pueden cuantificarse. Las diferencias pueden llegar a afectar la continuidad de proyectos patrimoniales familiares o en su caso la operatividad de la empresa.
La armonía no debe entenderse como la ausencia de desacuerdos, o la omisión de abordar las pláticas incomodas, sino como la habilidad de gestionar dichos desacuerdos y poder entablar conversaciones sensibles, sin comprometer la cooperación y los objetivos compartidos de la familia.
En este contexto, surge la pregunta: ¿Cómo proteger el activo de la armonía familiar?
Al contemplar estas dinámicas se constituye la base fundamental para lograr estructurar de manera idónea la planeación patrimonial. Antes de determinar cómo se distribuirán o administrarán los activos, resulta conveniente comprender qué busca preservar el titular, cuáles son las necesidades particulares de quienes darán continuidad a su legado y qué escenarios podrían generar diferencias futuras.
Dicha planeación, permite integrar las distintas consideraciones dentro de una estrategia que contemple aspectos jurídicos, fiscales y financieros. Según las necesidades de cada familia, instrumentos como el fideicomiso, testamento, protocolo familiar, política de inversión, gobierno corporativo, family office, entre otros, ayudan a delimitar obligaciones, establecer reglas claras y facilitar la toma de decisiones.
Dichas herramientas no garantizan la armonía, pero pueden proporcionar mecanismos para administrar diferencias y favorecer la continuidad familiar-patrimonial de manera armoniosa.
La preservación del patrimonio no depende únicamente de los activos que se transmiten, sino también de las condiciones en las que las siguientes generaciones podrán administrarlos y tomar decisiones sobre ellos. La misión, visión y valores, no deberían de ser términos adoptados exclusivamente por las organizaciones, sino también por las familias que cuentan con patrimonio del cual derive atención y gestión, tanto para la generación que hoy en día está a cargo de dichas tareas, así como de las siguientes generaciones que llegarán a hacerlo.
El verdadero desafío no consiste en lograr que todos reciban lo mismo o piensen igual, sino en procurar que las decisiones patrimoniales permitan a la familia seguir construyendo, incluso cuando sus intereses sean diferentes.
*Wealth Planner, BBVA Global Wealth México