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Finanzas Personales

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Determinantes conductuales del emprendimiento

Raúl Martínez Solares | Economía conductual

“El emprendedor siempre busca el cambio, responde a él y lo aprovecha como una oportunidad”. Peter Drucker, teórico de la administración.

Frecuentemente celebramos el nacimiento de una empresa como si fuera el final de una historia, de un camino de esfuerzo de una o varias personas; pero en realidad apenas es el comienzo. 

Buena parte del discurso público y de los distintos organismos de promoción del emprendimiento se centra en la decisión de arrancar un negocio, en el impulso, la idea y, en cierto sentido, la valentía de dar ese primer paso; pero poco se destaca el hecho de que fundar un negocio y lograr que sobreviva son dos hazañas distintas, que no necesariamente dependen de las mismas cualidades de quienes emprenden. 

En este sentido, resulta relevante preguntarnos, tanto para quien emprende como para quien diseña política pública, no solo qué lleva a una persona a iniciar un negocio, sino también qué le permite sostenerlo a lo largo del tiempo.

Desde la perspectiva de la economía conductual, el emprendimiento es, ante todo, una decisión tomada en condiciones de incertidumbre, en la que se ponen en juego no solo el capital y las habilidades de negocio o técnicas, sino también un conjunto de rasgos de personalidad y preferencias económicas que moldean la conducta de quien emprende.

Desde distintos enfoques se han realizado investigaciones que buscan identificar qué distingue a los emprendedores del resto; sin embargo, son poco frecuentes los estudios sobre los atributos que impulsan a alguien a emprender y si estos son los mismos que permiten que el emprendimiento sobreviva y crezca.

En el estudio “From entry to persistence: Socio-emotional skills and entrepreneurial profiles”, de Sinha, Magnani y Zhu, publicado este año en el Journal of Behavioral and Experimental Economics, se detalla un análisis basado en veinte años de datos de una encuesta longitudinal realizada en Australia. Se analiza cómo un amplio conjunto de habilidades socioemocionales (los denominados cinco grandes rasgos de la personalidad) influye no solo en la decisión de convertirse en emprendedor, sino también en la frecuencia y la continuidad con que las personas mantienen esa actividad a lo largo de su vida.

El hallazgo central es que, entre todos los rasgos analizados, la “preferencia por el riesgo” (entendida en este caso como la disposición a tolerar la incertidumbre financiera) es el predictor más significativo y consistente, tanto de la decisión de emprender como de la capacidad de persistir. Las personas con mayor tolerancia al riesgo no solo tienen mayor probabilidad de iniciar un negocio, sino también de mantenerlo activo durante periodos prolongados.

La “apertura a la experiencia” es el segundo factor relevante, especialmente en empresas formalmente constituidas y orientadas al crecimiento. Otros rasgos de personalidad que en la literatura se asocian habitualmente con el éxito (responsabilidad, estabilidad emocional o el locus de control) ejercen una influencia mucho menor y menos consistente de lo que suele asumirse.

La tolerancia al riesgo no solo ayuda a mantener la intención inicial de emprender, sino que también sostiene la intención y la decisión a lo largo del tiempo.

El estudio identifica algunos matices relevantes según el género. En el caso de las mujeres, la relación entre la tolerancia al riesgo y la continuidad del emprendimiento resulta incluso más fuerte que en los hombres, muy probablemente debido a que ellas enfrentan mayores barreras de entrada y de acceso al financiamiento, como lo señalan múltiples estudios. Quienes logran permanecer en la actividad emprendedora tienden a ser quienes tienen una disposición al riesgo particularmente elevada.

Se concluye que apoyar el emprendimiento no consiste únicamente en estimular la creación de nuevos negocios, ni en resaltar los rendimientos esperados, sino en cultivar una relación sana con el riesgo entre los emprendedores y en apoyarlos con herramientas conductuales para gestionarlo.

En el caso de México, estas ideas resultan especialmente relevantes porque nuestro país tiene un problema no en la creación de emprendimientos, sino en su persistencia. De acuerdo con el INEGI, un negocio nuevo en México tiene una esperanza de vida de apenas 7.7 años; solo el 64% sobrevive al primer año de operación y alrededor del 30% alcanza los cinco años de vida, de modo que siete de cada diez negocios desaparecen en ese lapso. A los veinte años, apenas sobrevive el 11%. El Global Entrepreneurship Monitor estimó en su reporte de 2024 que en México solo uno de cada treinta emprendimientos logra consolidarse.

La política de fomento no debe agotarse en programas centrados en el inicio de nuevos negocios, sino que debe orientarse a aquellos factores que permiten sostenerlos, como instrumentos que ayuden a los emprendedores a administrar el riesgo y no simplemente a evitarlo, como el acceso a crédito y a seguros adecuados, así como a la educación financiera y a esquemas que distingan con claridad entre apoyar la entrada y apoyar la supervivencia. En México, las micro, pequeñas y medianas empresas generan la mayor parte del empleo del país, por lo que su fragilidad no es un problema individual, sino una debilidad estructural de nuestra economía.

Destacar la creación de empresas es sencillo, pero acompañar su supervivencia es mucho más complejo, siendo ahí donde se potencian el empleo, la innovación y la generación de riqueza.

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El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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