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Entre el T-MEC y el 1 de mayo
La economía mexicana sufre estancamiento y caída del consumo, mientras las exportaciones, ancladas al T-MEC, son un cimiento para el crecimiento y plantean retos clave para la política laboral y comercial de cara a la revisión del acuerdo trilateral.
La economía mexicana se ha frenado. El primer trimestre de 2026 el PIB cayó 0.8% (con cifras Inegi), afectando por igual a las actividades primarias, de servicios e industriales de punta a punta del país. Caídas de la inversión, restricciones financieras e incertidumbres de comercio exterior subyacen a este escenario económico que, de prolongarse en el segundo trimestre, colocara al país en franco ciclo de estancamiento.
Lo que es peor para el mundo del trabajo y las familias es que la caída del consumo ha sido más dramática. Es el resultado de que los empleos remunerados y las remesas no sólo no están creciendo, sino que se están perdiendo. Por eso las familias se están apretando el cinturón por enésima vez.
En contraste, las exportaciones hicieron toda la diferencia en estos meses. Crecieron en 17.3%, el mayor crecimiento anualizado en quince años. Se trata de la continuación de una tendencia que se visibilizó en 2025, cuando las exportaciones del país llegaron hasta 664,000 millones de dólares y México se colocó como el principal socio comercial de Estados Unidos.
El evento indica que las exportaciones no sólo representan el mayor motor de la economía, sino que se han convertido en el único motor que funciona y transmite dinamismo.
Conviene entender muy bien el mensaje de estas realidades económico-laborales en estos momentos en que, las penosas denuncias contra funcionarios públicos originadas en juzgados neoyorkinos han crispado los ánimos de la clase política. Deletreemos el mensaje implicado: sin la fuerza y autonomía que han cobrado las exportaciones, la economía mexicana y los empleos simplemente estarían hundidos en una crisis de pronóstico reservado. He aquí las leyes económicas y del trabajo sobre las que está montado el país.
Por eso es aconsejable repasar que 80.5% de aquellas exportaciones van precisamente a las fronteras de Estados Unidos; el país al que, en estas horas, la retórica nacionalista a modo de la clase política llama –de menos—injerencista. Luego jura que contendrá con el escudo de la soberanía que reside en el otro actor a modo. Esto es, el pueblo.
En medio como se encuentra del agobio y la sujeción del fuego cruzado de bandos opuestos por las revelaciones de Sinaloa, más estados y situaciones contiguas, el gobierno de la presidenta Sheinbaum no puede obviar las citadas leyes de la economía y el trabajo de las que depende México.
Situar que después del desahogo emocional y las dramatizaciones discursivas para la gradería pública, debe prevalecer la racionalidad administrativa. Tanto como la frialdad económica, la necesidad laboral y la certeza jurídica. Pues, por si fuera poco, se encara al país más poderoso de la tierra y a un presidente que –ante una afrenta o un desliz impensado– puede cerrar la frontera o cancelar Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), ahora que está abierta su negociación.
Bajo este contexto complejo y enrarecido transcurrió el 1 de mayo y los días que le han seguido, tanto que los festejos por el día y el mes del trabajo han quedado a un lado.
La pregunta fundamental ahora es qué y con qué pretende negociar el gobierno mexicano el tratado comercial y el acuerdo laboral contiguo del que está prendida la economía del país, cuando los yerros internos tienen postrado y expuesto el semblante nacional.