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¿Qué pasaría si México dejara de anunciar carne en la calle?
La decisión de Ámsterdam de prohibir la publicidad de carne en espacios públicos desde 2026 abre una pregunta incómoda para México.
Cuando Ámsterdam anunció que a partir del 1 de mayo de 2026 sacará la publicidad de carne del espacio público, el mensaje fue quirúrgico: no se prohíbe la carne, se prohíbe promoverla en la calle. Nada de espectaculares, paradas de transporte o pantallas urbanas. El consumo sigue siendo legal; lo que cambia es el escaparate.
Visto desde México, el anuncio deja de ser una rareza europea y se convierte en un espejo incómodo. Aquí, la carne no solo es alimento: es identidad cultural, motor económico y columna vertebral de buena parte del negocio restaurantero. Por qué en México el impacto sería mayor
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Por qué en México el impacto sería mayor
Los números explican la sensibilidad del tema. De acuerdo con datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural y del Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria Senasica, el consumo per cápita de carne en México ronda los 65 kilogramos anuales.
Producción de ganado de raza Limousin en Jalisco.
Por su parte, el Consejo Mexicano de la Carne (COMECARNE), en su Compendio Estadístico de 2024, eleva la cifra a 82.7 kilogramos por persona al año, cuando se consideran carne en corte y productos cárnicos procesados. La carne no es un nicho ni una moda; es un consumo cotidiano, masivo y transversal.
A ese peso alimentario se suma el tamaño de la industria restaurantera. Cifras de la CANIRAC dimensionan al sector en más de 680,000 establecimientos, alrededor de 3.8 millones de empleos directos y una contribución cercana a 3% del PIB nacional, sin contar su impacto indirecto en turismo y servicios. La calle como campo de batalla
La calle como campo de batalla
En México, la publicidad exterior no es paisaje: es negocio. De acuerdo con estimaciones de la IAB México y mediciones de Statista, el mercado de Out of Home (OOH y DOOH) supera los 10,000 millones de pesos anuales en inversión, consolidándose como uno de los canales más relevantes para marcas de consumo masivo, incluidos restaurantes, cadenas de comida rápida y conceptos cárnicos.
En ese contexto, una eventual limitación a la publicidad de carne en vía pública tendría dos efectos inmediatos:
- Pérdida de visibilidad para marcas que dependen del impacto visual masivo.
- Migración acelerada del gasto publicitario hacia redes sociales, plataformas de delivery, promociones internas y marketing digital de performance.
Foto: Especial
El argumento ambiental: el metano entra a la conversación
En Europa, el respaldo político a estas medidas es climático. En México, el punto de entrada sería el metano. Reportes de organismos internacionales y diagnósticos técnicos sobre emisiones nacionales coinciden en que el sector pecuario —en especial el ganado bovino— es una de las principales fuentes de emisiones agropecuarias, principalmente por fermentación entérica.
En el marco de los compromisos de México para reducir gases de efecto invernadero hacia 2030, la ganadería aparece de forma recurrente en hojas de ruta oficiales, aunque todavía no en el debate cotidiano del consumidor.
El matiz es clave: regular la publicidad no equivale a prohibir el producto. México ya recorrió ese camino con el etiquetado frontal y las restricciones a la publicidad dirigida a la infancia. No se dejó de vender refresco ni botanas; se reordenó el mensaje. Qué pasaría con restaurantes y gastronomía
Para las cadenas, el impacto sería directo al marketing tradicional: menos “doble carne” en espectaculares y más inversión en promociones digitales, precio y lealtad.
Para los restaurantes independientes, el reto sería narrativo: vender experiencia antes que volumen. Origen, técnica, sazón y contexto ganarían peso frente a la imagen del plato.
Para la industria organizada, la discusión sería inevitable. La CANIRAC pondría sobre la mesa empleo, inversión y la fragilidad financiera de un sector que aún no termina de recuperarse del golpe pandémico. El choque sería político y económico, no culinario. ¿Cambiaría lo que comen los mexicanos?
Descripción automática
En el corto plazo, no. Nadie dejaría de comer tacos porque desaparezca un espectacular. Pero el efecto de fondo es cultural. Lo que no se anuncia deja de parecer “normal”. El espacio público educa, aunque no lo notemos.
Eso es lo que Ámsterdam está poniendo a prueba: si la ciudad puede usar la calle como herramienta de política alimentaria. Para México, el debate apenas asoma, pero los ingredientes están ahí: alto consumo, industria poderosa, presión ambiental y marcos legales locales sobre publicidad exterior.