Buscar
Arte e Ideas

Lectura 6:00 min

Salud: La estrategia de crecimiento más desaprovechada en América Latina

Aunque la esperanza de vida en la región aumentó de 51 a 77 años en el último siglo, las personas pasan cada vez más tiempo con mala salud (11 años en la actualidad y con proyección a 12 años para 2050), acumulando una deuda sanitaria que impacta directamente en la productividad. 

Brad Herbig, director de datos y analítica en el McKinsey Health Institute.Foto EE: Cortesía

San José, Costa Rica — Durante su participación en el Roche Press Day 2026, Brad Herbig, director de datos y analítica en el McKinsey Health Institute, expuso un diagnóstico urgente y revelador: la inversión en salud representa la estrategia de crecimiento socioeconómico más desaprovechada en América Latina.

A través de un análisis que evaluó más de 200 intervenciones sanitarias, 80 enfermedades y 25 factores de riesgo en 204 países, Herbig propuso un cambio estructural en la forma en que los gobiernos y los sistemas financieros abordan el sector: dejar de ver a la salud como un costo presupuestario inercial y empezar a gestionarla como una inversión estratégica de alto rendimiento.

El contexto regional: una oportunidad económica ignorada

En palabras del especialista, América Latina enfrenta una clara paradoja económica y social. Por un lado, la demanda de servicios médicos aumenta a un ritmo acelerado debido al envejecimiento demográfico y al incremento de las enfermedades crónicas; por el otro, el margen fiscal de las naciones se estrecha de forma constante y el crecimiento de la productividad laboral permanece estancado.

A pesar de esta coyuntura, la salud suele quedar relegada al ámbito estrictamente clínico o presupuestario de los ministerios del ramo, ignorando su papel clave en el desarrollo macroeconómico.

Herbig enfatizó que la salud constituye la oportunidad de crecimiento más desaprovechada de la región por tres factores principales: la profunda subevaluación del impacto productivo de la medicina preventiva —a la que los países latinoamericanos destinan apenas el 5 % de su gasto público en salud—; el fuerte golpe que sufre la población en edad laboral, ya que más del 70 % de los años vividos en mala salud ocurren durante la etapa más productiva de las personas debido a dolencias como la depresión crónica, el dolor lumbar o eventos cardiovasculares prematuros; y el elevado costo social del cuidado informal, que obliga a miles de familiares a abandonar sus empleos o reducir su jornada laboral para atender a enfermos crónicos sin el acompañamiento institucional adecuado.

La paradoja de la longevidad y los motores de la crisis

Al repasar la trayectoria demográfica de América Latina en el último siglo, el directivo de McKinsey expuso que, si bien la esperanza de vida se incrementó de forma notable al pasar de 51 a 77 años en los últimos 75 años —ganando más de un cuarto de siglo de longevidad—, la calidad de esos años adicionales se ha deteriorado.

La cantidad de tiempo que una persona vive con mala salud aumentó de 10 años en el año 2000 a 11 años en la actualidad, con proyecciones que prevén un alza hasta los 12 años para el 2050. Esta brecha creciente genera una deuda sanitaria acumulada que frena directamente el desarrollo económico de los países.

Detrás de este fenómeno convergen dos dinámicas aceleradoras. La primera es un proceso de envejecimiento acelerado en el que América Latina incrementa su población mayor de 65 años a una velocidad sin precedentes: mientras a Europa le tomó un siglo duplicar esa proporción demográfica, la región latinoamericana lo hará en tan solo 40 años, entre la actualidad y el año 2050.

La segunda dinámica es el auge vertiginoso de las enfermedades no transmisibles vinculadas al estilo de vida y a la edad, como la diabetes, las patologías cardiovasculares y los trastornos cerebrales, las cuales representarán el 83 % de la carga global de enfermedad en la región para mediados de siglo.

El retorno económico de la prevención

Frente a este escenario, las estimaciones presentadas por el McKinsey Health Institute revelan que escalar el acceso a intervenciones sanitarias conocidas y costo-efectivas permitiría reducir la carga global de enfermedad en un 30 % para 2050. En términos humanos, este avance se traduciría en evitar dos millones de muertes prematuras al año, reducir en 35 millones los años vividos en mala salud anualmente y otorgar a cada individuo un promedio de cinco años más de vida, de los cuales siete serían años adicionales en plena salud.

Desde el punto de vista financiero, el análisis demostró que más del 60 % del impacto potencial proviene de la prevención, combinando regulaciones poblacionales —como las políticas de etiquetado de alimentos— con intervenciones individuales en atención primaria mediante el uso de estatinas, antihipertensivos o terapias innovadoras como los agonistas GLP-1.

De llevarse a cabo estas medidas, el Producto Interno Bruto (PIB) regional podría experimentar un incremento superior a los 700 mil millones de dólares para el año 2050, lo que equivale aproximadamente al 7 % del PIB proyectado para esa fecha. Asimismo, el estudio calcula un retorno económico directo de 2.50 dólares por cada dólar invertido en estas intervenciones clave, impulsado por una mayor participación laboral, la disminución del ausentismo, la retención de cuidadores en la fuerza de trabajo y el mayor rendimiento educativo y de ingresos futuros en la niñez.

Brad Herbig, director de datos y analítica en el McKinsey Health Institute.Foto EE: Cortesía

Una hoja de ruta basada en tres acciones estratégicas

Para liberar este potencial de crecimiento dentro de las restricciones presupuestarias existentes, Herbig propuso implementar tres movimientos estratégicos en los sistemas de salud de la región.

En primer lugar, resulta indispensable alinear los incentivos hacia los resultados de salud y no hacia el volumen de servicios prestados, tal como lo demostró el programa SUMAR en Argentina, el cual aplicó financiamiento basado en resultados para la atención infantil y logró reducir en un 74% la probabilidad de mortalidad neonatal intrahospitalaria.

En segundo lugar, se requiere desplegar una acción multisectorial coordinada que posicione a la salud como un motor transversal de desarrollo; un caso ejemplar de esto se dio en Chile, donde la acción conjunta entre los ministerios de Salud, Agricultura, Educación y Economía impulsó leyes de etiquetado que motivaron a la industria a reformular sus productos, reduciendo en un 9 % el contenido de azúcar en los alimentos.

Por último, los gobiernos deben maximizar la eficiencia en la atención primaria y comunitaria para obtener el mayor retorno de salud por cada dólar invertido, tomando como referencia iniciativas como Salud Mesoamérica, que fortaleció la atención preventiva materna e infantil apoyándose en plataformas de datos integradas para medir el impacto real del gasto público.

A modo de conclusión, Herbig invitó a los líderes del sector público y privado a reconsiderar el papel de la medicina en las finanzas nacionales, recordando que destinar recursos a la salud no debe interpretarse como un sacrificio presupuestario, sino como la palanca de desarrollo económico más potente y desaprovechada con la que contará América Latina durante las próximas décadas.

nelly.toche@eleconomista.mx

Periodista de ciencia en la sección Arte, Ideas y Gente de El Economista. Cuenta con maestría en periodismo sobre Políticas Públicas por el CIDE y es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UVM.

Últimas noticias

Noticias Recomendadas