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Arte e Ideas

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Un gabinete de curiosidades que retrata la pasión por el coleccionismo

Sergio Vela acompaña el recorrido por el Gabinete de Curiosidades de Ricardo y María Laura Salinas, cuya exhibición está vigente desde el 30 de junio y hasta el 25 de octubre.

Foto: Cortesía.

Entre los siglos XVI y XVIII, coleccionar no era acumular: era construir una imagen del mundo. En los Wunderkammern europeos —los gabinetes de curiosidades o cuartos de maravillas— convivían fósiles con mapas, instrumentos científicos con pintura, libros raros con especímenes naturales, todo bajo la convicción de que el conocimiento se ordena mejor cuando se mira en conjunto. Esa tradición es el punto de partida de Gabinete de Curiosidades de Ricardo y María Laura Salinas. Pasión por el coleccionismo y el conocimiento, la exposición que desde el 30 de junio y hasta el 25 de octubre puede visitarse en la recién inaugurada Galería de la Universidad de la Libertad.

Son más de 300 piezas —atlas del siglo XVI, fósiles de millones de años, documentos del virreinato, pintura mexicana del siglo XX— que Arte & Cultura del Centro Ricardo B. Salinas Pliego organizó en diez núcleos temáticos, en el marco de los 120 años de Grupo Salinas. Detrás de la curaduría está Sergio Vela: director de escena especializado en ópera, promotor cultural, director general de Arte & Cultura del Centro Ricardo B. Salinas Pliego desde 2018 y miembro del Seminario de Cultura Mexicana. Lo entrevistamos durante un desayuno para hablar de cómo se construyó esta muestra, de lo que quedó fuera, de la anécdota detrás del retrato de Moctezuma que cambió de gesto bajo los rayos X, y de por qué esta colección privada decidió, por primera vez y en esta magnitud, abrirse al público.

¿De cuántas piezas parte realmente la colección, y qué criterio usaste para decidir qué se queda fuera de las 300 que vemos en la muestra?

No hay una cifra exacta. Ni siquiera se ha hecho un recuento numérico de toda la colección, y honestamente no es tan relevante dado el volumen de libros y documentos que hay. El criterio fue otro: se trata de una muestra representativa de los intereses intelectuales de los coleccionistas. Yo llevo muchos años cerca de estas inquietudes, conozco las motivaciones de Ricardo y las de María Laura, y a partir de ahí hice una primera propuesta: qué rasgos distintivos permiten agrupar conceptualmente y construir módulos de presentación. Hay que entender algo importante: estas piezas normalmente no están dispuestas museográficamente, están en espacios habitados. Los Salinas conviven con lo que han reunido. Así que no vamos a encontrar ahí asuntos que no les conciernen, pero sí un interés constante por la historia natural, por la cartografía, por la historia de México.

¿Cómo se organiza esa curiosidad? Porque no es lo mismo un fósil que un documento firmado por Cortés.

El primer módulo es conceptual: el afán mismo de reunir y preservar objetos extraordinarios, que es lo que dio nombre a la exposición. De ahí pasamos a la naturaleza —fósiles, meteoritos— y a la cartografía, con piezas como un facsímil del mapa de Waldseemüller, el primero en el que aparece el continente con el nombre de América. Enfrente de eso está lo que yo llamo el teatro de la naturaleza: insectos, mariposas, colecciones que documentan lo que precede por millones de años a cualquier huella humana. Un meteorito tiene la edad de la Tierra o más, porque viene del espacio exterior; verlo pone en contexto nuestra propia huella, que en términos de escritura no tiene más de seis mil años.

Foto: Cortesía.

De ahí llegamos a uno de los grandes bloques: la historia de México. Ahí está un cuadro virreinal de Moctezuma junto a otro de Cortés, con la Malinche al centro, y pinturas de José María Velasco que reproducen códices de Coatlinchan. Después viene una sección costumbrista sobre la vida en las haciendas, el módulo de biblioteca —con incunables, entre ellos un ejemplar de la Summa de Luca Pacioli, el maestro de Leonardo da Vinci que postuló la partida doble en contabilidad— y, al final, arte mexicano del siglo XX: O'Gorman, Orozco, Rivera, Siqueiros, Tamayo, Pedro Coronel.

¿Hay algo que hayas peleado por incluir y no se pudo?

Sí, por razones prácticas más que de criterio. Algún mueble era demasiado delicado para moverse, alguna escultura pesaba más de lo que el piso de la galería podía sostener. Ricardo tiene, por ejemplo, una magnífica colección de marinas de Clausen que no está aquí; esa será otra exposición. Lo importante es tener claro que esta muestra no llega ni al 10% de lo que hay en esos acervos.

En el planteamiento original, ¿la exposición era más chica de lo que terminó siendo?

Mucho más chica. Debo confesar que teníamos por lo menos una tercera parte menos de piezas en la propuesta inicial. Pero el entusiasmo de los propietarios la fue enriqueciendo. Propuse que la exposición abriera justo antes del viaje de verano de los Salinas, para que sintieran menos la ausencia de las piezas que estaban prestando. Y entonces, en lugar de resistirse a ceder más obras, pasó lo contrario: quisieron meter más. Yo no quería abusar, pero si los propietarios se entusiasman así, no hay abuso, hay generosidad. María Laura, además, intervino directamente en el mejoramiento museográfico: tiene un ojo muy educado, buen gusto, y eso se nota en cómo está dispuesta cada pieza.

¿Hay alguna anécdota detrás de una pieza en particular que recuerdes con cariño?

Varias. Recuerdo la primera vez que Ricardo me mostró uno de los meteoritos; me hizo comprar tres o cuatro libros sobre el origen del universo y releer a Stephen Hawking. No soy científico, pero siempre he tenido un interés intelectual amplio.

Y hay una historia curiosa detrás del cuadro de Moctezuma que está en la muestra. Ese retrato fue reproducido en la portada de la primera grabación completa de la ópera Montezuma de Karl Heinrich, hecha en 1992 en colaboración con el Festival Cervantino —con libreto, curiosamente, de Federico el Grande de Prusia—. En esa época el cuadro no era propiedad de Ricardo; yo lo conocí por ese disco, mucho antes de que llegara a la colección.

Alguna vez me contaste que con rayos X descubrieron que el cuadro original mostraba otra cosa.

Así es. Los estudios de rayos X que se le practicaron al cuadro revelan que la versión original mostraba a Moctezuma de manera más altiva, más majestuosa. La que vemos hoy lo presenta con un gesto reverencial, ya consumada la conquista. La forma de representarlo cambió para mostrar sometimiento. Son datos que importan, porque nos dicen cómo se construyó visualmente esa historia.

Foto: Cortesía.

¿Por qué la Universidad de la Libertad y no un museo público ya consolidado?

Una de las convicciones más profundas de Ricardo y María Laura es la importancia de la educación. Desde hace años han apostado fuerte por eso, sobre todo con Plantel Azteca, que da educación media y media superior de alto nivel a jóvenes sin recursos, en varios estados del país. Hace tres años nació la Universidad de la Libertad, con una preparación larga y cuidada, y se buscó una sede: el edificio de Constituyentes 1100, donde atrás está el bachillerato y adelante, en distintos niveles por la barranca, la universidad. Siempre quedó abierto el propósito de tener un recinto cultural propio, porque depender de la programación de espacios ajenos siempre es complicado. Lo que hoy es la Galería de la Universidad de la Libertad era obra blanca; se equipó justamente a raíz de esta exposición. Me parece que no había mejor conjunción de proyectos que abrir esa galería con una muestra de este calibre.

Dices que la vocación de esta colección es de conservación, no de mercado. ¿Existe ya un plan formal, un fideicomiso, algo que garantice que esa vocación sobreviva más allá de esta generación?

No se ha definido ninguna figura jurídica todavía, y tampoco hay prisa. Pero es un tema presente en las reflexiones de Ricardo. Lo que sí puedo afirmar sin duda es que la preservación va a ocurrir. Él tiene muy clara la conciencia de que uno es depositario temporal de los bienes —lo ha dicho en varias ocasiones, incluso hablando de su hacienda de Almoloya, un ingenio azucarero jesuita del siglo XVI que él restauró desde principios de los 2000. Esa misma conciencia sobre lo efímero de nuestra existencia frente a lo que nos precede y nos sobrevive es la que aplica a las colecciones.

Foto: Cortesía.

Vienes del mundo de la ópera y la puesta en escena. ¿Tradujiste ese oficio al recorrido de la muestra? ¿Hay una obertura y un cierre pensados como estructura teatral?

Es inevitable cargar con las obsesiones propias, pero no se trataba de convertir la exposición en una puesta en escena de ópera; tiene otra naturaleza. Lo que sí tomé del teatro es la idea de que debe haber una secuencia: planteamiento, desarrollo, conclusión. El módulo introductorio funciona como un prólogo. Después viene lo que yo llamaría, forzando un poco el símil, un primer acto dedicado al teatro de la naturaleza y a la curiosidad humana. Justo antes de los retratos de Moctezuma y Cortés hay una especie de suspenso, y de ahí se abre un segundo acto dedicado a la identidad mexicana. Pasamos por la biblioteca y desembocamos en un tercer acto, casi un epílogo, con el arte mexicano del siglo XX —que termina, por decisión de Ricardo, con una pieza sobre el funcionamiento del bitcoin. Él es un defensor de protegernos de lo que hacen los bancos centrales con la inflación, y quiso que esa reflexión cerrara el recorrido. Es su biografía.

Hay algo más que no había considerado al inicio y que me entusiasmó mucho: fue idea de María Laura, durante el montaje, acompañar el recorrido con música. Elegí cien pistas distintas —nunca obras completas, solo movimientos— que cambian según el módulo, pensadas para no competir con las piezas ni volverse ilustración de fondo. Fue un ejercicio de un fin de semana completo, eligiendo con cuidado que nada tuviera demasiado protagonismo.

¿Esta exposición es un punto de llegada o el primer capítulo de algo más permanente?

Las dos cosas. El día de la inauguración les decía a los Salinas: hace años discutíamos la posibilidad de tener un recinto cultural propio, y hoy ya lo tenemos. Eso es un punto de llegada. Pero también es el comienzo de más actividades. Mucho de lo que hacemos en la vida tiene ese doble carácter: culminación e inicio.

Si tuvieras que resumir en una frase qué quieres que alguien se lleve de esta muestra, ¿cuál sería?

No sé si una frase le hace justicia, pero trato de ser sintético. Lo primero que hay es asombro: asombro por tanta belleza, por tanto amor detrás de cada pieza, por tanta curiosidad. Si logramos que esto despierte conciencia sobre nuestra identidad y estimule la reflexión de cada persona que entra, habremos hecho algo bueno.

Lo que queda después de hablar con Sergio Vela es que una colección nunca es solo el objeto: es la autobiografía intelectual de quien la reúne, y esa es la diferencia entre coleccionar y simplemente acumular. El Wunderkammer nunca fue un capricho decorativo, sino el primer intento de condensar el mundo entero en una sola mirada ordenada, y eso es justo lo que logra esta muestra: que los objetos conversen entre sí en lugar de exhibirse aislados. Abrir por primera vez una colección privada al público, con la sensibilidad estética de María Laura como parte constitutiva de esa curiosidad, es un acto de generosidad poco común, sostenido en la idea de que el conocimiento crece al compartirse. Me gusta pensar que el hambre por el conocimiento es, en el fondo, la misma hambre por ser libres: que la curiosidad sin miedo siempre ha sido una forma de libertad, y que esta colección, más que un tesoro privado, es hoy un patrimonio puesto al servicio de esa libertad de pensamiento que el público apenas empieza a descubrir.

La exposición puede visitarse, con registro previo y entrada gratuita, en Constituyentes 1100, Ciudad de México.

Licenciada en Artes por la Bond University, de Australia, cuenta con un programa de Emprendimiento por el MIT. Es socia de El Lion que Ruge Films, una compañía independiente de producción cinematográfica. Colabora y es consejera en diversos medios con temas relacionados al arte, la cultura y la innovación. Curadora y Co-Fundadora de Artists’ Container.

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