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Arte e Ideas

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La red de nerd asesinos

The Following mantiene una popularidad alta a pesar de que es una serie policíaca de una sola premisa, más cercana al horror que al clásico thriller de procedimiento.

Hace dos semanas, el canal Warner estrenó la única serie que ha tenido éxito en EU en este inicio de año. Mientras en México es básicamente temporada de estrenos, en EU es la parte más floja del calendario. El midseason de las series de largo aliento, el estreno de aquellas que no eran lo suficientemente atractivas para la fuerte temporada de otoño o que se fraguan al vapor para rellenar algún hueco en la programación.

The Following mantiene una popularidad alta a pesar de que es una serie policíaca de una sola premisa, más cercana al horror que al clásico thriller de procedimiento. Más 24 que La ley y el orden.

Se trata de llevar una historia de asesinatos en serie al siguiente nivel, lo cual ya es mucho decir para el seguidor habitual de Criminal Minds. Lo hace de la mano de Kevin Williamson, un guionista que ha oscilado entre el melodrama adolescente (Dawson’s Creek) y algo parecido al metaterror (Scream), o sea el cine de terror que aterroriza con y sobre el cine de terror. The Following es su nuevo proyecto después de la exitosa adaptación de novelas juveniles de L.J. Smith: The Vampire Diaries.

A diferencia de Criminal Minds donde la unidad de análisis del comportamiento del FBI se enfrenta a uno de estos cada semana (con los más difíciles extendiendose a dos o tres episodios), la propuesta que busca Williamson es distinta, más cercana al cine y a la literatura que al formato cuadrado, semanal y episódico al que obliga la televisión.

Como muchos thrillers del género, The Following es un juego de gato y ratón, esta vez llevado al extremo. El asesino es Joe Carroll (James Purefoy), un profesor de literatura obsesionado con la obra de Edgar Allan Poe (pobre Poe, ¿que no conocen a otro?).

La primera variante es que Carroll ya está en prisión. Años atrás fue capturado por el agente del FBI Ryan Hardy (Kevin Bacon). El piloto inicia con Carroll fugándose para completar el crimen que Hardy interrumpió. Hardy ya es un alcohólico acabado en una espiral de autodestrucción, vivió un romance con la ex mujer de Carroll (Natalie Zea) y fue expulsado de la policía por su comportamiento errático y cuestionable.

Es el antihéroe perfecto del policíaco, un tipo marginal, herido, enfermo del corazón, incapaz de tener una vida normal, pero obsesionado y experto en una sola cosa: Carroll. En el violento inicio, Hardy es reclutado de nueva cuenta como consultor, y pronto es capaz de seguir el rastro de sangre y recapturar al peligroso Carroll. Momento perfecto para que Williamson revele su verdadero juego.

La publicidad de la serie nos repite aquello de que hay 300 asesinos seriales activos en EU en cualquier momento, después pretende vendernos que buena parte de ellos bailan bajo la batuta de Carroll, quien a base de guiños seductores y referencias literarias góticas, conecta y seduce a todos los que lo visitaron en prisión y crea una especie de culto religioso alrededor de Poe, sí mismo, y la idea de escribir una novela sanguinaria con Hardy de protagonista. La explicación que se nos ofrece, y hay que decir a su favor que no se complican demasiado, es la existencia del internet, las redes sociales, sitios clandestinos, etcétera.

Como en todo lo que escribe Williamson, a veces hay que dejar el cerebro en la entrada y otras aceptar que algunos personajes son demasiado hábiles, mientras otros encarnan el parangón de la incompetencia. Si las dos primeras entregas son un ejemplo, el lugar más peligroso del mundo debe ser una casa rodeada y custodiada, dentro y fuera, por policías.

La violencia en The Following es insólita en televisión abierta. Aprovecha el camino que abrieron series como CSI donde los cadáveres se exhiben como suerte de naturalezas muertas anatómicas dispuestas a ser descifradas por el forense en turno. También abreva de la estética de Saw y toda la nueva tradición del slasher intelectual.

El ritmo de la serie es ágil, recreando la desesperación de Hardy, y apenas dando tiempo para respirar y pensar un poco si no todo es quizá demasiado conveniente. El resultado es entretenido y un poco perturbador, pero adolece de una de las limitaciones inevitables del género: verse obligado a subir el tono para mantener el interés, para no adormecer la sensibilidad del espectador con más de lo mismo.

@rgarciamainou

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